lunes, 27 de marzo de 2017

Una lágrima entre los escombros

La llamada del 112 era inespecífica y anodina: reunía todos los requisitos de imprececibilidad que se le presuponen a esas llamadas, ustedes acudan y ya veremos a ver por donde salta la liebre. Lo mejor para los nervios.
- Al parecer se trata de una mujer que lleva un tiempo sin comer.
Con los años aprendes que cuando la operadora te cuenta estas lindezas, no vas a ganar gran cosa con un exhaustivo interrogatorio. Y siguiendo la ley de Murphy imperante en estas situaciones, el móvil que te ofrecen de contacto es solo un elemento inútil más del absurdo imperante, sin cobertura, sin batería o sin ambas. 

Así que lanzarse animoso a la carretera es lo que nos queda, y allá que nos vamos. Es un camino largo pero la enfermera y el médico tiene años de convivencia a sus espaldas, la familiaridad que da haber conocido a los hijos mocetones cuando son bebés, así que la charla es fluida y cariñosa. Al acercarse a la dirección, la enfermera empieza a reconocer las calles y con ese olfato de sabuesa que se ha dejado durante años las suelas haciendo domicilios en su pueblo, le pone cara al nombre que llevamos escrito en el informe. 

Entonces se produce ese volcado de datos blandos que en realidad conforman los cimientos más sólidos de quienes somos, ese acúmulo de información que nunca encontrará acomodo en la fría codificación, pero que nos permiten a los Sherlocks sanitarios esbozar el retrato de cabecera de nuestro paciente. Esos momentos mágicos que se asemejan a cortinas corridas involuntariamente dejándonos asomar por unos breves y curiosos momentos a otras vidas. 

El chalet está situado en medio de una urbanización bonita, con calles amplias y limpias, muros altos, porches, árboles y coches aparcados en las puertas. Pero con sus ventanas desvencijadas y sin cristales parece un sin hogar sonriendo con la boca desdentada, avergonzando a sus vecinos pudientes. La puerta principal está soldada. Hay un cuatro por cuatro de lujo en la entrada del garaje. Junto a su puerta, un señor nos indica que ese es el lugar donde nos esperan. 

La enfermera no se explica cómo ella ha vuelto a esa casa. Llevaba un par de años en una residencia asistida en un pueblo cercano. Allí se dejaba cuidar, recibía su medicación, le daban techo, comida y aseo. Lleva toda la vida autodestruyéndose, desde que en los años setenta empezó a experimentar por caminos que no tenían salida. Bueno, la tenian pero a ella no le tocó en suerte, mala o buena, nunca se sabe. Siempre llevando la destrucción al límite de lo razonable, al límite de lo posible, al límite de lo humano. Al parecer al menos en tres ocasiones la enfermera había estado presente en ese límite, un límite de rescates en UVI móvil, de intubaciones y antídotos intravenosos. 

Ahora entrábamos esquivando las ramas salvajes de un almendro, iluminándonos con las linternas de los móviles, pisando los escombros, la chatarra y la basura acumulada en la cocina, en el pasillo. Hace muchísimo frío. En la habitación hay una cama enorme sobresaliendo entre los cascotes y la porquería. Hay bricks de leche y zumo en el suelo, y paquetes de tabaco junto a la cabecera. La persiana bajada apenas sujeta las ráfagas del frío de la noche. Ella está metida bajo las mantas en camisón, tan desdentada como su casa.



La enfermera la llama por su nombre y al iluminarse con la linterna, ella la reconoce y sonríe enseñando las encías vergonzantes. Entonces le pregunta por su marido, que había sido su médico de cabecera durante tanto tiempo. Los tres largos años de larga y dura enfermedad vividos entre quienes habían sido sus pacientes toda la vida generaron esa corriente subterránea de cariño y simpatía que circulaba continuamente bajo el pueblo, siempre dispuesta a salir como géiseres humeantes y sonoros. La enfermera recibía ese cariño con un gesto agradecido, con un comentario intrascendente
y poco comprometido con la verdad, lo justo para devolver una sonrisa que maquillara un tanto la pena de todos. 

- Ya no está con nosotros. 

Entonces aquella caricatura de la mujer que fue algún día, aquella persona durmiendo en una casa sin ventanas, sobre montones de escombros y basura, aquel ser humano al que ya no le quedaban asideros a los que agarrarse, con la capacidad de un arsenal atómico para destruirse y destruir lo que crecía a su alrededor, aquella paciente que querían pasarse como una pelota de playa del 112 a urgencias, de allí a Psiquiatría y de allí al vacío, aquella mujer, lloró desconsoladamente durante varios minutos, con una pena honda y negra, como la que sólo puede sentirse en lo más profundo del alma. 










lunes, 20 de marzo de 2017

El buen rolllista

Podía haber tomado cualquier otro camino en la Medicina: los había visto de todos los colores en los veinticinco años que llevaba con el fonendo colgado del cuello. Podía haber escogido la senda de los elefantes cabreados con su sino, que ven en la señora y el señor sentados al otro lado de la mesa el enemigo que busca sus puntos débiles para torpedear bajo la línea de flotación al sistema sanitario. 

Podía haber optado por la búsqueda de El Dorado de las dietas hipohuracanadas y ultramineralizadas, de las espaldas agujereadas como acericos orientales buscando las líneas electromagnéticas que se alineen con el Yang hepatico, de las bolitas azucaradas con la memoria de la memoria de la memoria de los primeros apóstoles. 

Podía haber recorrido las moquetas mullidas, allá donde las batas sirven de pretexto a conciencias que no quieren olvidar orígenes que no consiguen recordar. Podía haber pasado por este mundo de los sufrimientos y alegrías de la vida completamente desapercibido, como la cara del cobrador del recibo del gas, como la lluvia sobre los bancos del parque. 

Pero él no. El había tomado la decisión de ser el adalid del buen rollismo, un profeta del humanismo, un gurú de la bondad primigenia, al que se le queda cara de gilipollas si la maldad decide asomar las narices por su consulta. Había decidido sonreír, acercarse, tocar, comprender, empatizar y epatizar al mismo tiempo. Había decidido no ser lluvia en el parque, sino ser tsunami acaparador y hasta empalagoso. Lo que decíamos, un buen rolllista. 

Y como tal, llegaba cada mañanas sonriendo en su coche que todo el mundo en el pueblo conocía, saludaba, sonreía, bromeaba, alborotaba el pelo de los niños, piropeaba a las nonagenarias y le faltaba dar un salto lateral y entrechocar sus talones para ser el jodido Bob Esponja después de comerse una cangreburguer. 

Pero, ay, el buen rolllista olvida que la vida es machacona e impertinente, como Calamardo, y que cualquiera puede tener un mal día. Así que aquella mañana se levanta hasta la puerta de la consulta inquieto, con esa rara inquietud que al resto de los mortales nos hace presagiar el desastre, y que él, desde su nido del águila Zen, confunde con gases matutinos. 

Entonces se sienta junto al primer paciente, que cruza sus brazos sobre sus ciento veinte kilos que contienen unos bronquios de usar y tirar, y le escucha decir:

-Algo tiene que hacer para quitarme esta tos y esta mucosidad que tengo por la mañana. Póngame penicilina o lo que sea pero algo tiene que hacer para quitármela. 

El buen rolllista procesa el speech a través de su filtro de colores pastel, pero un pequeño tic en el ojo le dice que algo no está tan bien engrasado en la máquina de buen rollo como suele ser habitual. Sin embargo hace dos suspiros profundos con efecto de patada sobre máquina atascada, y el buen rollo vuelve a fluir, quizás un pelín distorsionado, para explicar el concepto de cronicidad, tan de moda en estos tiempos, y los peligros del mal uso del arsenal antimicrobiano. La consulta se resuelve con un tiro al poste y dos palmaditas acompañantes hasta la puerta, y deja paso al caballero emigrante de las tierras centroeuropeas, que entre patadas al diccionario y circunloquios, intenta hacer cuadrar su vulgar lumbalgia con unos "reumáticos" muy altos que tuvo a los veinte años y una hermana a la que una poliartritis la llevó a una toracotomia abierta en busca de un cáncer pulmonar que quedó en unos agujeros en los pulmones. 

El buen rolllista ve palmariamente como la máquina de buen rollo echa humo como la locomotora de Buster Keaton, y a falta de espejo en la consulta, trata de imaginarse la cara de gilipollas que se le debe estar quedando con el discurso. El tic del ojo amenaza con parecerse al de Encalna de Noche y el batiburrillo se resuelve con una cita para hacerse una analítica que valore si de aquellos "reumáticos" vienen estos lodos. 

Esta vez se toma unos minutos antes de volver a abrir la puerta. El humo y el olor a quemado de la máquina del buen rollo empiezan a llenar la atmósfera y la puerta se da ya un cierto aire a la de chiqueros de Las Ventas. El tercer paciente y su querida señora se sientan muy formales junto a él, tras haberse dado todos elegantes apretones de manos. El buen rolllista está inquieto en el sillón. 

-Ayer estuve en el urólogo. Me ha dicho que de mi próstata estoy fenomenal, pero que cree que 156 de colesterol malo es un poco alto para tomar solo 10 miligramos de Simvastatina. Me ha dicho que te lo comente para que me pongas algo más fuerte. 

El buen rolllista definitivamente está de una mala leche que alucina. En su fuero interno se está acordando de los muertos de todos los emperadores de la dinastía Ming, de los de la tía política del que inventó el mindfulness y hasta de los del jodido doctor Sachs. Advierte que los temblores son ilusorios porque si no lo fueran los pacientes creerían que le estaba dando un ataque epiléptico, y no puede evitar soltar un par de recuerdos cariñosos hacia el amable compañero tan preocupado por la prevención primaria de eventos cardiovasculares del portador de aquella próstata tan saludable, y se vuelve a enzarzar en el discurso de las decisiones compartidas, los beneficios y riesgos y etcétera, etcétera, interrumpidos por un par de formales "no, si yo hago lo que tú me digas, que para eso eres mi médico", que terminan por llevarse por el desagüe los restos de buen rollismo para aquel día, un día que, como muy bien definiría en su momento el bueno de Murphy, siempre podría ser susceptible de empeorar. 


Y es que hay días. 













lunes, 13 de marzo de 2017

Cuidar

- No sabes lo que es que suene el timbre, vayas a la habitación y te pidan algo tan absolutamente normal como que les rasques la frente. 

La enfermera lleva un par de semanas habituándose a su nuevo destino. Ha llegado como un bálsamo para curar ásperas heridas, las que empezaban a dejar cicatrices en la vocación y en el ánimo. Un clavo ardiente para salir de una ciénaga donde alguien la habia empujado sin comerlo ni beberlo. Ha pasado unos meses mordiéndose los labios de rabia por la sensación de fracaso, de derrota inaceptable para un espíritu como el suyo. Pero finalmente se ha sentido como esos náufragos que, agotados, deciden dejar de mover los brazos aunque ello suponga hundirse sin remedio: aliviada. 

Aun así sabe que es una persona afortunada, al menos tiene la opción de volver a sacar la cabeza del agua. A otras muchas compañeras solo les resta dejarse llevar por la corriente e intentar sobrevivir. 

Los principios guardan siempre terrores nocturnos y horas de insomnio. Así ha sido y será siempre. Y ella el insomnio lo lleva fatal, tan mal que le cuesta no caer en la tentación de los lorazepanes. Pero los caminos parecen menos aterradores cuando empiezan a recorrerse. Los primeros días son de tanteo, con un deje de frustración, un querer llegar a todo y una desagradable sensación de torpeza que no es más que el desconocimiento de las rutinas y las convulsiones del día a día. 

No es fácil entendernos a los sanitarios. Hacen falta dosis veterinarias de comprensión y empatía. Llegar a casa agotada y con ganas de hablar, buscando en la escucha el truco de magia que ayude a parar el temblor de las piernas. No es fácil entendernos, no. Las historias se precipitan una de tras de la otra, cada cual más absurda, cada cual más terrible, cada cual más ridículamente normal: una caída de la cama, un accidente de tráfico, una caída de la silla. Una madre, un joven, un abuelo, una hippie, un ejecutivo. 

La razón sujeta al corazón y le pide algo de sosiego. Los relatos superan a las personas y eso es un error a corregir. Y la enfermera se propone hacerlo, porque lo que hay allí, en esas habitaciones, esperando sentir sus dedos rascando sus frentes, son personas. 

-  Dos veces en semana les damos un baño completo en la bañera. Yo me encargo de lavarles el pelo. Les enjabono y les froto la cabeza dándoles un masaje y siento cómo les gusta y les relaja. Es un momento increíble. 

¡Qué difícil es entender a los sanitarios! El que escucha a la enfermera tiene un nudo en la garganta y los malditos ojos de tierno irredento a punto de delatarle, aunque ya le quedan pocos recovecos que mostrarla. Entonces ambos hablan de lo hermosas que pueden llegar a ser sus profesiones, de lo místico en que puede convertirse cuidar, de la fortuna que manejan entre los dos, auténticas megaestrellas de Wall Street que nunca sufrirán una OPA hostil. 


Los días seguirán religiosamente a las noches, como está mandado. Las camas se irán llenando y con el paso del tiempo, vaciando, para volver a llenarse en la ruleta loca y azarosa en la que se mueven nuestras vidas, todas las vidas. La mucosidad atascará las traqueos, las úlceras amenazaran con devorar los sacros. El ánimo subirá y bajará como el Dragón Khan y a los veranos seguirán las navidades, y a la vida, la muerte, faltaría más. Y allí, en esas plantas donde, como en un museo, se concentran en pocos metros y en pocos meses, retazos, muestras de todas esas verdades inevitables de la vida, allí seguirán cuidando todas esas raras personas tan difíciles de entender por el común de los mortales. 

¡Qué orgullosa estaría de ti Florence Nightingale! 









lunes, 6 de marzo de 2017

Yasmine

Yasmine tiene catorce. Está sentada en la sala de espera de las consultas junto a una de las maestras del instituto. Hace unos minutos estaban ambas ante las mesas de la administrativas solicitando ser atendidas por alguno de los médicos. Ya saben que no le corresponde; aunque va al instituto del pueblo donde está el centro de salud, ella vive en el pueblo de al lado. Pero no puede llamar a sus padres para que vengan a recogerla, ahora no, no después de haberse decidido por fin a contarlo todo. En las sillas aún hay mucha gente, sobre todo gente mayor. Algunos le lanzan miradas de reojo. Ella mantiene las manos sobre las rodillas y la vista fija en el suelo. Lleva vaqueros desgastados, unas zapatillas deportivas blancas y un jersey de cuello alto de lana gruesa. Se siente a gusto con el hijab, aunque nota que capta la atención de los aburridos pacientes. Es lo habitual. 


Las cabezas se giran al unísono hacia la médica que se asoma por la puerta con la lista en la mano. Pronuncia un nombre y como solo consigue que se miren unos a otros, canta el nombre de un segundo agraciado que, esta vez sí, se levanta presuroso entre la envidia de la concurrencia que retorna a sus cuchicheos, sus móviles y sus cotilleos de salón. 


Yasmine llegó hace cuatro años. Sus dos tíos se habían adelantado a su padre y en cuanto estuvieron medio instalados, convencieron a su hermano pequeño para que se les uniera. Le encontraron un trabajo y una casa en el mismo pueblo que ellos, y la familia volvió a reunirse con la pena de dejar atrás a sus padres, que se negaban en redondo a abandonar su aldea y sus vecinos. Pero ellos eran jóvenes y emprendedores y es demasiado lo que ofrece la vieja Europa como para negarse a intentarlo. 

Los dos primeros años de colegio fueron duros, pero los niños son camaleónicos y logran, con ese mimetismo infantil, adaptarse a la lengua, las costumbres, las risas y los juegos. Yasmine no era la primera niña inmigrante del pueblo ni del colegio, y no le costó hacerse amigas. Pero a los doce años tenía que empezar el instituto, y las cosas cambiaron de la noche a la mañana. Se convirtió en una mujer. Y ahora por fin estaba allí, en la sala de espera, con su profesora sentada junto a ella en un silencio bastante incómodo y opresivo. 


La puerta vuelve a abrirse y cerrarse, a abrirse y cerrarse, y las sillas van vaciándose, hasta que ya solo quedan ellas dos frente a la puerta cerrada. Está nerviosa sin poder evitarlo. En realidad lleva unos meses dándole vueltas a la cabeza. No ha sido fácil. Hasta hace poco jamás se le hubiera pasado por la imaginación. Hasta que conoció a Emma. En realidad habían estado juntas en la misma clase desde que empezaron el instituto, pero el primer año es raro, un paso forzado de la infancia a la adolescencia, doce años tiernos y atemorizados, descolocados lejos de sus colegios, de sus profesores, de sus pueblos. Las clases se conforman en grupos cerrados que garantizan cierto sentido de protección. Pero el segundo año los miedos se van diluyendo, los grupos se funden y dispersan como si estuvieran hechos de barro y cayera sobre ellos un aguacero. Y en aquella mezcla, descubrió a Emma, una niña esbelta, risueña, con una enorme rareza impropia de aquella edad, una sobrenatural capacidad para escuchar. Es imposible resistirse a quien es capaz de escucharte. Y Yasmine tampoco estaba dispuesta a oponer mucha resistencia. 


Las confesiones generan vínculos profundos, y las revelaciones de Yasmine provocaron lágrimas en Emma de rabia y de una enorme y amarga frustración. Las cosas no siguieron un plan premeditado, simplemente fluyeron en los pensamientos de ambas hasta que aquella mañana por fin habían
reventado y juntas habían pedido ir a hablar con la directora. Y después el relato allá en el despacho casi sin respirar, mientras Emma la miraba en silencio, ejerciendo su don de escuchante con plenas capacidades. 


La médica vuelve a salir y la última paciente se despide de ella en la puerta con una mirada breve había la adolescente del velo y la cabeza gacha. La profesora se pone en pie y Yasmine la imita, pero se acerca a la puerta permaneciendo detrás de ella. Cuando pasa junto a la médica, alza la vista y ve que la está sonriendo. Entonces le devuelve la sonrisa y con ella se desprende una losa de granito de encima del pecho. 

Yasmine deletrea su apellido como está acostumbrada a hacer en los últimos cuatro años. Observa teclear a la médica y espera sus preguntas mientras advierte cómo repasa su historial. No hay gran cosa, no tiene mucho tiempo para pensar en enfermedades. No sabe cómo lo contará, pero sabe que ya no está dispuesta a callar ni un minuto más. Le gusta que le pregunte ¿en qué puedo ayudarte? Sonríe con timidez y simplemente empieza a hablar. Cuenta el infierno en el que se ha convertido su vida en los últimos dos años, relata las palizas de su padre y sus hermanos, los golpes en la espalda y en las piernas con los cables, el miedo a no prepar bien la comida, a no haber limpiado lo suficiente la casa, a disgustar de cualquiera de las maneras imaginables a los cuatro hombres a los que está obligada a atender. 

Detrás de una cortina, enseña a la médica las marcas moradas atravesando los muslos y la espalda, y llora de dolor y de vergüenza cuando ella palpa los verdugones suavemente con sus dedos.  Su madre esta enferma, pero la enfermedad la ha vuelto egoísta y cruel, y pasa el día ordenándola cosas, reprochándola su torpeza, justificando las palizas. 

No queda mucho más que contar. Se da cuenta de que la atmósfera que se ha creado en la consulta parece la de un día plomizo de invierno, como si estuviera a punto de ponerse a llover, como si las 
tres desearan que se pusiera a diluviar y poder así llorar desconsoladamente para quedarse a gusto, y es que no sabemos por qué, pero la pena parece digerirse mejor cuando puede materializarse aunque sea solo en lágrimas. 

Yasmine sabe que no hay vuelta atrás. Sabe que nunca volverá a ser como antes. Tendrá que esperar a que la lleven a algún otro lugar, a cualquier otro lugar. Puede que tarde un tiempo en volver a ver a Emma, en realidad es la única persona a la que querría seguir viendo. Pero ambas se despidieron cuando salieron del despacho de la directora, con la inevitabilidad de la separación, sabiendo, aunque odiaran la idea, que podría ser para siempre. 

Las fotos pertenecen a la campaña "Algunas marcas nunca se quitan" de la organización Innocence in danger, contra el maltrato infantil. 











lunes, 27 de febrero de 2017

Contradicciones

Somos esclavos de nuestras contradicciones. Unos esclavos gordos y bien cebados, pero esclavos al fin y al cabo. Vivimos con ellas y las amamantamos con delicadeza porque nos escudamos a sus espaldas a la mínima ocasión. Y en ningún sitio resaltan tan claramente como en las consultas de los médicos de cabecera.

Ella había llevado una vida larga y feliz, una vida de serie nostálgica de televisión española. Se había casado joven, con la juventud con la que terminaban sus estudios las maestras de entonces, con un aspirante a ingeniero industrial enviado a la capital a formarse para gestionar el patrimonio familiar. Y, enamorado de ella hasta los terceros molares, le había permitido ejercer de maestra en el colegio público del pueblo vecino, lo cual era mucho permitir para una época en la que las mujeres se peinaban con tupé arriba España y la foto del generalísimo coronaba las pizarras y los gobiernos civiles. 

Seis hijos educados en el nacionalcatolicismo y la comunión dominical habían formado seis hermosas familias con nietos y nietas que venían a alborotar el caserón del pueblo los fines de semana mientras a la abuela el cardado se le tintaba en gris perla y los antiguos alumnos le brindaban un homenaje por su merecida jubilación bajo la atenta mirada de un joven Juan Carlos de pelo rubio y rizado que había sustituido al anterior inquilino de la pared del aula. Después los años le echaron peso a los hombros y a los discos íntervertebrales y ella se fue encogiendo al compás de un par de divorcios de sus pequeñuelos, cosas de las modernidades, que aprendió a digerir leyendo con fervor los libros del papa polaco y rezando el rosario cada tarde en su cuartito de estar. 

Pero la vida no pasa sola, lleva siempre del brazo a la muerte, que resulta una compañía mucho más molesta. Y un día pasó por su casa y entre ambas se llevaron a su marido, dejándole el caserón silencioso y vacío. Los años pasaban al ralentí salpicados de lecturas, visitas aisladas de nietos, llamadas de hijos atareados, paseos al sol, que es bueno para las huesos, y brasero de invierno para evitar los catarros. Y el ralentí trajo la vejez sin que se diera cuenta, como trajo una compañera desde los Andes que la incorporaba de la cama y la preparaba caldos de gallina, como trajo una máquina de oxígeno que hacía un ruido infernal al que le costaba acostumbrarse por la noche, pero sin el que parecía una trucha recién pescada, como le trajo tres vértebras aplastadas y una úlcera en el sacro que la enfermera le cuidaba con mimo un día sí y otro no, mientras ella apretaba los ojos para que no se le escaparan las lágrimas de dolor y de rabia. 


Y las visitas de su médico de cabecera, a veces por sorpresa, otras al llamado de conciencias culpables de hijos atareados, algunas por miedo, otras por necesidad, aunque fuera solo necesidad de consuelo. El médico le apretaba la mano, volvía a escuchar sus bronquios sibilantes y su corazón descompasado, presionaba suavemente sus piernas dejando una fóvea resultona y dolorosa. Había más palabras que medicinas. Corre las cortinas, deja entrar la luz, levántate al sillón, como lo que te apetezca. 

El último invierno estaba siendo duro. Los pómulos, los hombros, las clavículas, parecían los últimos vestigios de un edificio en ruinas amenazando derrumbe. Las charlas se habían esfumado entre monosílabos murmurados con resoplidos. Y al final de cada una de las visitas las últimas fuerzas se reservaban para una frase de cuatro palabras: No quiero vivir así. 

El número de cuidadoras se duplicó, el número de especialistas privados consultados por los hijos se triplicó, cada uno de ellos con sus brillantes tratamientos, y el número de llamadas al médico de cabecera alcanzó un número exponencial impronunciable. Y una mañana, en la puerta de la casa, la cuidadora se disculpa con su suave acento andino porque pensaba que alguien le habría avisado de
que la señora fue llevada al hospital la pasada tarde y ha quedado allí ingresada en estado muy grave porque al parecer, algo de comida se le fue por mal sitio y le infectó un pulmón. 

El médico cada mañana, antes de empezar la consulta, lee las anotaciones del hospital con la impotencia del actor de telenovela al que han asesinado los guionistas. Repasa las analíticas extraídas, las radiografías, el escáner y la ecografia, deletrea el nombre del antibiótico endovenoso, sin quitarse de la cabeza la frase de cuatro palabras que la oía decir en cada visita. El día que lee gastrostomía suelta un rotundo No me jodas que hace que los parroquianos de la sala de espera se miren extrañados. Aquel día pasa encabronado todo la mañana y le cuesta coger el sueño por la noche. 

El día del alta le activa electrónicamente los batidos porque el médico del hospital le ha rellenado mal la receta y no querían sellárselos en la inspección. Dicen en los comentarios que se ha acostumbrado a la alimentación por la sonda y que fue ella misma la que solicitó el procedimiento tras ser adecuadamente informada. La paciente se encuentra estable por lo que se decide alta domiciliaria y control por su médico de cabecera. 

El médico vuelve a fijarse en las fotos en blanco y negro de la hermosa mujer con su tupé arriba España y los labios de gris oscuro frambuesa del brazo de su galán paseando por el Retiro. En su imaginación de novelista frustrado escucha hasta una canción de Renato Carosone de música de fondo. En la cama quedan los restos de esa mujer en una boca abierta, agrietada y reseca, con una respiración extenuante, un pequeño tubo sobresaliendo de un apósito entre huesos y pellejo, y un brillo triste en unos ojos incapaces de soportar ya sus propias contradicciones. 







lunes, 20 de febrero de 2017

La carta

La ha leído ya cuatrocientas veces. Está encima de la mesa que hay frente a los sillones. manoseada, arrugada. Desde lejos tiene localizadas las palabras terribles, sabe dónde se encuentran, en qué párrafo, a qué altura. Se pregunta cómo puede ser el lenguaje tan frío, él, que tanto lo ha amado durante toda su vida, todos aquellos años enseñando literatura a generaciones y generaciones de cabestros asilvestrados, en la esperanza de que alguna frase de un poema se tatuara en sus cerebros en barbecho. Esperaba tal vez de tanto amor un poco de correspondencia, una guiño romántico por los años pasados juntos. Nada. Frialdad y dolor. ¡Qué putas pueden ser a veces las palabras!

Su mujer ha ido a misa de siete. No tardará en volver. Siempre le hizo gracia la paradoja del ateo irredento enamorado hasta las trancas de la beata de rosario nocturno, pero un tipo con su sentido del humor no puede dejar de apreciar los momentos en que la vida se pone cachonda con uno.  Apúntate una, destino sinvergüenza y socarrón. Pero entre tú y yo. Mi mujer preferirá apuntarle el tanto a San Antonio o cualquier otro santo. 

Cuando regrese tendrá que explicárselo. No es que no quisiera ahorrarla el disgusto, es que es incapaz de ocultarle nada a la capacidad deductiva de su Holmes particular. Cuando no ganas nunca,  el juego deja de tener gracia, así que él dejó de jugar enseguida: las verdades, como motas de polvo o como puños, por delante. En cualquier caso ambos llevan un par de semanas esperando la dichosa cartita, desde que le hicieron la biopsia de la próstata. El procedimiento había sido breve y aséptico, como no podía ser de otra manera, faltaría. Aunque a veces no estaría de más un pelín menos de asepsia en el trato, que eso tampoco va a contaminar ningún bicho multirresistente, piensa. Una tarde un poco nervioso saliendo de una habitación empujado en una silla de ruedas, con el pijama clásico de culo al aire y máxima vergüenza, un pinchazo en el brazo, la mesa de un quirófano. Unos gorros verdes y unas mascarillas asomándose y retirándose y un sueño feliz inducido por el líquido transparente que depositó una jeringuilla en un tubo de plástico. Después un despertar parlanchín y para casa con un cierto dolor en zonas delicadas y pudendas, que se amortiguó con una capsulita roja. 


De todo eso han pasado unos días, días en los que se mira dentro del buzón sin la indiferencia habitual, con nerviosísimos similares a aquellos que se sentían cuando esperabas la carta del amor que había durado lo que duraron las vacaciones en la playa. Aunque ahora deseas secretamente que la carta no llegue nunca, que las muestras se hayan enviado a un laboratorio de Hong-Kong, que se hayan eliminado por error al confundirlas con las de un caso ya resuelto la semana anterior, que el punch nunca hubiera agujereado esa próstata, que la consulta con el urólogo se hubiese suspendido, que nunca hubiera visto aquel programa de la tele, que le hubiese hecho caso a su sobrino el médico de pueblo y hubiese elegido la seguridad social y un buen médico de cabecera, en vez de Muface, que Sergio Ramos no hubiera rematado aquel córner en Lisboa. En fin. Que la vida fuera un Cine-Exin en el que la manivela pudiera girarse hacia atrás. 


Pero la triste realidad es que la carta está allí, en las manos de su mujer que acaba de llegar con el cuerpo de Cristo en su estómago y cara de no tener ni puta idea de qué significa la palabra neoplasia porque esa palabra no aparece en los libros que a ella le gusta leer, esos que escriben los Papas y que se compran en la librería diocesana. Y la amarga realidad es que las lágrimas en su cara se parecen a las de la imagen de la Dolorosa y él no ha podido soportarlas nunca sin que le entraran ganas de romper algo, aunque fuera dentro de sí mismo. 


Y aquella noche los dos hacen agujeros en el techo de la habitación de tanto clavar en el las miradas, y la carta sigue abandonada en la mesita frente a los sillones, con las arrugas estratégicamente situadas para que las palabras cabronas resalten como los anuncios fluorescentes de Picadilly. 

Durante dos días hablan poco, y duermen todavía menos. Ninguno de los dos reúne coraje suficiente como para meter la carta en un cajón, y la muy chula sigue pavoneándose en el mismo sitio donde se quedó. Los chicos han llamado por teléfono para preguntar si había llegado el resultado, pero las miradas de ambos se cruzaron y la verdad se aprovechó de la pobreza sensorial de las ondas electromagnéticas. El tercer día, por la tarde, de repente, asusta a su mujer con un gesto con el que parece querer desprenderse de la parálisis del miedo, y levantándose del sillón, coge la carta en una mano y el teléfono en otro. Marca el número de su sobrino. Ella le ve leerle al aparato uno a uno los párrafos de la carta: de las doce muestras recogidas... apenas toma aliento entre frase y frase... cinco corresponden a...

Cuando termina, ella permanece atenta a la expresión de su cara, como si estuviera presenciando el alzamiento del cáliz y la hostia tras la consagración. Y nota como los surcos de preocupación que se habían apoderado de él van lentamente diluyéndose, como el terror cede terreno en sus ojos, se rinde aunque lo haga de mala gana. Anda, cuéntaselo a tu tía, por favor. 

Entonces le pasa a ella el teléfono y mientras escucha sus interjecciones de asentimiento y los audibles resoplidos de alivio, dobla la carta, rematando los dobleces con la pinza de sus uñas, y la guarda en el cajón de la cómoda, permitiéndose esa pequeña y momentánea victoria, como si hubiese  resuelto la ordenación final del universo. 












lunes, 13 de febrero de 2017

El club de la lucha

Buenas noches damas y caballeros, y bienvenidos al mayor espectáculo del mundo, el espectáculo que entretiene a las masas, el show que les hará estremecerse, morderse las uñas, sufrir, reír y llorar. Bienvenidas una vez más todas aquellas personas amantes del riesgo, todas aquellas gentes dispuestas a drogarse con la adrenalina que rezuman dos monstruos frente a frente, en una batalla final en la que solo puede quedar uno. Bienvenidos todos a... ¡El cluuuuuub deeeeee laaaaa luchaaaaaa!


Esta noche, en una de las esquinas del cuadrilátero tenemos a una mujer fajada en innumerables refriegas, la campeona del cuerpo a cuerpo. Una mujer cuya mirada podría elevar dos grados la temperatura del círculo polar ártico. Madre de tres hijos, ha tenido que lidiar con otorrinos, traumatológos, digestólogos y hasta con psiquiatras infantiles. Una mujer que se ha merendado con patatas tres pediatras diferentes. Es la campeona de las amigdalectomía, los drenajes timpánicos y las radiografías para vigilar la escoliosis. La azitromicina no tiene secretos para ella. Es capaz de recitar de memoria los miligramos por kilo de peso del Ibuprofeno y transformarlos sin pestañear en los centímetros cúbicos correspondientes en su dos concentraciones de veinte y cuarenta. Recibamos todos con una fuerte ovación a la merienda-residentes, el terror de las consultas sin cita, la reina de las Urgenciasssss... ¡La Augmentinesssss!


En la esquina opuesta, un veterano del club de la lucha, un hueso duro de roer, que aunque haya perdido la cintura de la juventud, ha endurecido su mandíbula y se ha convertido en alguien a quien es muy difícil mandar a la lona. Sin duda este enfrentamiento será todo un espectáculo. Abrónquenle si lo desean, grítenle, ódienle si lo prefieren, pero al menos reconózcanle su valentía. Con todos ustedesssss... ¡El doctor evidenciassss!



La Augmentines es, sin duda la favorita del público, su heroína. Es fácil identificarse con esa madre entregada capaz de echarse al mochuelo a los lomos arropado con una manta zamorana y afrontar la sensación térmica de menos cuatro y la lluvia helada rancheada para llegar a las urgencias del centro de salud a las dos de la mañana para que le miren al niño la garganta. Tiene un porte casi majestuoso con el niño en sus brazos asegurándose de que no se le caiga el termómetro, la barbilla desafiante esperando que empiece la lucha. Años de combates y victorias, una figura a quien los espectadores adoran.


En la esquina opuesta, su adversario es el centro del abucheo la concurrencia. A él parece no importarle y, consciente de la dimensión del enfrentamiento que le espera, se mantiene en silencio, cabizbajo, concentrado. Con su camisa amarilla con el velcro en la espalda de médico, y los pantalones azules con tiras fosforescentes, mantiene las manos sobre el teclado sin responder a las miradas retadoras de su adversaria. Poco a poco se impone el silencio expectante. Lleva veinticinco años sentado en esa silla y tiene el culo pelado de haberlas visto de todos los colores, pero sabe que el enfrentamiento será cruel, sin cuartel, y él es una roca.


El inicio del combate sigue el guión esperado. Los preliminares en los que ambos contendientes se miden, sopesan sus fuerzas, exploran las debilidades del contrario.

El Doctor Evidencias ha robado la iniciativa a La Augmentines, que quería demostrar su poderío con un torrente descontrolado de síntomas y sospechas preocupantes, pero la sangría de datos ha sido detenida por Evidencias, que, demostrando que es un perro viejo, se ha hecho con el control del primer asalto colocando en la misma mandíbula de su adversaria una serie contundente de cortas preguntas que apenas han permitido ningún lucimiento a La Augmentines. Podríamos decir que el primer asalto no ha sido especialmente sangriento, pero ha tenido un bonito intercambio de golpes. A los puntos, el Doctor Evidencias ha sido claro vencedor.

El público se levanta de sus asientos aullando para demostrar a La Augmentines su apoyo, mientras ésta coloca a su hijo sobre la camilla, colocándose ella junto a la esquina superior derecha. Es una retirada táctica porque sabe que está en terreno hostil, pero es una zona segura, donde sabe que aun se mantiene en el juego demostrando su influencia, y no termina de permitir el lucimiento completo del adversario. Una posición estratégica soberbia.

El Doctor Evidencias ha intentado sacar tajada de pelear en su terreno, pero sentía la incómoda presencia y sin duda, estuvo mucho menos suelto de lo que le hubiera gustado. Ambos contendientes regresan a sus rincones, pero ella vuelve a tener a la criaturita en brazos y el rugido del público enfervorizado le devuelve la confianza en la victoria. Sentados frente a frente, comienza el asalto final. Se huele la sangre.

La Augmentines quiere golpear primero y abre la veda con un arrogante ¿Y bien, qué le pasa? con aires de examen de reválida, coreado por la multitud. Pero Evidencias no es un pusilánime y aguanta el chorreo con un largo silencio que contribuye a encrespar a su rival. Recurre al truco del tecleteo como si estuviera transcribiendo los rollos del Mar Muerto porque sabe que su contendiente es de sangre caliente y que si consigue alterarla puede cometer errores. La respeta porque conoce su potencial y su fuerza, y no está seguro de la victoria. Quizás quince años atrás, pero los años se notan.

Por fin se decide a lanzar el ataque. Lo hace por la vía de los mocos en la garganta y la inflamación de la faringe. Concede que es importante pero al final saca el golpe de la ausencia de placas y las pocas horas de evolución. La Augmentines es rápida y esperaba ese ataque. Con una finta de cintura pone sobre la mesa su experiencia como madre de la criatura y de dos hermanos mayores que ella. Pretende así contrarrestar definitivamente la carta de la madre excesivamente ansiosa y el público le responde con una ovación cerrada que demuestra lo hartos que están de ese argumento tan despectivo. Evidencias siente debilitarse su posición pero ya hemos dicho que es un fajador, así que intenta gestionar una prórroga de setenta y dos horas para revaluar la situación, pero su contraria se siente ganadora y golpea el hígado del médico con dos casos documentados cercanos a ella que terminaron con desenlaces horrorosos que le cortan el resuello y le hacen tambalearse.

Sabiéndose muy tocado, lanza con desesperación el uppercut de los virus y el crochet de la resistencia de los antibióticos, pero nota que no han hecho ninguna mella en La Augmentines, que con un pie en su cuello, empieza a jalear a unas gradas enfervorecidas que piden la cabeza del Doctor Evidencias. No obstante, es difícil hacerle besar la lona, y, ya sobre la campana, decide jugársela con la pérdida de la flora intestinal. la alteración de la absorción de nutrientes y la posible influencia en el desarrollo de la criaturita. Nota como su oponente encaja el golpe inesperado y en el brevísimo tambaleo de incertidumbre, cierra definitivamente el combate con una prescripción diferida de una simple Amoxicilina.

Señoras y señores, damas y caballeros, ¡qué espectáculo tan fascinante! ¡qué dos contendientes, qué coraje, qué valentía, qué cantidad de recursos! Una vez más, hemos tenido el privilegio de asistir al enfrentamiento de dos fuerzas poderosas, dos titanes que lo han dado todo en el ring. Muchas gracias por su atención y no se pierdan el próximo combate. les mantendremos informados.