lunes, 15 de enero de 2018

Carta al director

Se sienta en la mesa de su despacho, frente a la pantalla del ordenador. Coloca con cuidado el teclado mientras el cacharro suelta sus beep-beep de rigor, y hace ejercicios con los dedos, doblándolos y estirándolos como si se prepara para escribir de una sentada La Iliada.

Intenta tranquilizase: sabe que no le debe poder la indignación, porque si soltara por sus manos todo lo que tiene retenido en su boca, lo que lleva retahilando a su mujer cuando le ha querido escuchar mientras preparaba la cena y no podía escabullirse porque se quemaban las croquetas, si escribiera todo ese veneno que le corroe, seguro que ningún periódico le publicaría la carta. Además, qué narices, que él tiene muy buena prosa, que todo el mundo se lo ha dicho siempre, y hay que mantener la cabeza sobre los hombros para que nos se perjudique el estilo.

Ha sido una semana de perros. La mojada por sorpresa del domingo al volver del fútbol ya sabía él que no le traería nada bueno. Los años que no pasan en balde, aunque uno esté como un roble y se meta unos paseos por los montes entre pecho y espalda a un ritmo que pocos chavales de veinte años podrían mantener. Pero el lunes amaneció con la nariz congestionada y roja como un pimiento morrón, y una tos que retumbaba en las cavernas del pecho como la de un minero jubilado.

Su mujer le dio los restos de un jarabe con pulmones dibujados en la caja, que eso siempre da mucha confianza, y unas pastillitas de esas mágicas de paracetamol que lo mismo valen para un roto que para un costipado, nunca mejor dicho, y le mandó para el trabajo con las entrañas abrasadas por un vaso de leche a temperatura de ebullición y medio bote de La Granja San Francisco que a saber cómo le dejaría a él su azúcar, con el cuidado que tenía para no volverse diabético como su madre.

Pero al volver a casa la tos se empeñaba en martirizarle y los pulmones del cartón nunca habían parecido tan falsos e inútiles, así que decidió encaminarse a la farmacia del barrio, de paso para el súper, porque su mujer no perdía la oportunidad de encargarle algún remiendo olvidado a ultima hora.   En la farmacia le tosió tres veces a la joven que atendía tras el mostrador, para demostrarle que aquello se estaba empezando a ir de madre, y respondió sí a todas sus preguntas aunque para algunas un tanto escatológicas, relacionadas con las calidades de la moquera, no había hecho observación suficientes y para otras, que hubieran requerido aparataje de medición axilar, tampoco había tenido tiempo.

Salió de allí con tres cajas diferentes que abarcaban un amplio espectro de formulaciones, porque había sobres efervescentes, cápsulas y un jarabe en cajas de vivos colores y con profusión de la palabra stop en sus envolturas, lo que ya de por sí es un plus de garantía. También se llevó el consuelo de tontos de saber que estaba así medio barrio, por no decir media ciudad, y de que las consultas y las urgencias se abarrotaban como las playas de Benidorm en verano.

La mezcla de potingues le dejó en la cama medio zombi, como si viniese de una despedida de soltero salvaje, debajo de cuatro mantas que se ponía y se quitaba al compás de los sudores y la tiriteras, con su mujer roncando como una bendita desde el otro lado del pasillo. Cuando pasó la noche de perros, la tos y el dolor de cabeza no habían decidido detenerse a pesar de tantos stop. Así que decidió perseverar en el dopaje, aunque llamó a su jefe para decirle que si salía de ésta, le invitaría al día siguiente a la salida del curro a unas cañas para celebrarlo, pero que hoy no contara con él.

Fue un día de hospital de campaña de la guerra de Secesión. Todo eran ayes, toses de perros, kleenex poblando la mesilla de noche, tazas de caldo de gallina con un chorrito de coñac abrasa-esófagos, y vasos de agua para diluir sobres, tragar píldoras y aliviar los sabores de los jarabes.

A última hora intentó pedir cita para su médico de cabecera con la aplicación del móvil. Para tecnológico él. No encontró hueco hasta el jueves. La auxiliar de la farmacia no mentía, al parecer. Se preparó para intentar sobrevivir en su particular vía crucis, aunque se reservaba en su interior la posibilidad de asaltar los servicios de urgencias si empezaba a ver una luz al final del túnel (y no en e sentido optimista, precisamente)

La visita al médico fue decepcionante. Ahí sí que llevaba datos para ser exhaustivo: temperaturas axilares horarias, calidad, color y consistencia de la mucosidad, y su evolución a lo largo del día, características de la tos y su relación con la expectoración y con su posición en la cama, zonas craneales más afectadas por el dolor de cabeza, sus inicios y sus posteriores migraciones... Pero le pareció que pasaba por encima de toda esa precisión con cierta indiferencia, la exploración no fue muy allá, abra la boca, diga aaaaa, respire profundamente con la boca abierta, cinco, seis toques con el fonendoscopio y fuera, de vuelta a la calle con una receta de paracetamol, y encima de seiscientos cincuenta, que ya ni los coches los hacían de tan poca cilindrada, y a su pregunta razonable, pausada, preocupada, sobre la necesidad de un antibiótico, una medio sonrisa despreciativa y sin abandonar el tecleteo, un no hace falta, esto es un virus, que era mejor que lo grabara en el dintel de la puerta de la consulta como en las fotos de los campos de concentración nazi, porque era la frase más repetida por todos los que habían salido de allí en la hora que había pasado esperando pacientemente a que le llegara su turno.

Así que ahora todos esos medicuchos de cabecera iban a probar la agudeza de su pluma, se iban a enterar de lo que vale un peine. La gente descubriría el por qué de la saturación de los servicios sanitarios, los pasillos repletos de las urgencias de los hospitales que saca el Fariñas en La Sexta, esos dinerales perdidos por culpa de la gente que no puede ir a trabajar y que están descabalándole las cuentas al Montoro, todo quedará de manifiesto cuando le de forma con su verbo agudo e inmisericorde. No, señores médicos de cabecera, perrillos obedientes de esos amos oscuros que os impiden recetar medicinas más caras y seguro que mejores, que lo barato sale siempre caro. No, creídos que os pensáis que tenéis la sartén por el mango porque en la farmacia ya no nos pueden dar el Clamoxyl sin vuestras recetas, y nos obligáis a ir al hospital a que nos los manden, u otros mucho más modernos de esos que solo hay que tomar una vez al día, que esos sí que acaban con todos los gérmenes, como el Fairy con la grasa. No, nunca más, señores de los paracetamoles de seiscientos cincuenta.

Ahora sí que vais a conocer mi furia.
























lunes, 8 de enero de 2018

La guardia de la gripe

La gripe les estaba pegando una soberana paliza. Un año más casi podía uno oír descojonarse al virus B del linaje Yamagata en las narices del cuerpo de guardia, que soportaba el chaparrón como podía, básicamente sin levantarse de las sillas y poniendo a prueba la elasticidad de sus vejigas urinarias.

Los había de todos los colores: los asombrados de encontrarse tan rematadamente mal, los que llevaban cuatro días sudando más que un corredor de maratón y se sostenían a base de leche con miel,  los empeñados en luchar contra el termómetro digital, obstinados en ver el treinta y seis y medio a cualquier precio, los que seguían convencidos que el único remedio era el Clamoxyl pero se lo negaban en las farmacias, los que no se tomaban un Gelocatil si no se lo ha recetado algún afamado internista y los que han utilizado todo el arsenal almacenado en sus botiquines y los de la vecina del sexto.

El residente recién aterrizado, se lanzaba a la exploración mientras el viejo médico conducía el interrogatorio como un sabueso olfateando complicaciones, aun a sabiendas de que el bucle de la normalidad se empeñaba en repetir como un gazpacho verbemero. 

La guardia estaba resultando un auténtico coñazo.

El día había sido frío, lluvioso, rematado con ráfagas de viento de esas que convierten en inútiles los paraguas. Y la noche había seguido el mismo camino, era de las que pedían cama, mantas y un buen sueño. El cuerpo de guardia aguantó estoicamente a que se desvanecieran los rescoldos de las últimas fiebres trasnochadoras y los postreros "no quiero meterme en la noche", antes de responder a la llamada del canto de las sirenas que se dejaba oír claramente desde las camas de sus habitaciones. Se despidieron unos de otros con ese falso optimismo que resulta una tradición imprescindible en cualquiera que haya echado noches a sus espaldas haciendo cualquier tipo de guardia.

La urticaria del adolescente solo sacó de su sueño al médico. Una hora y media que le había sabido a gloria y del que despertó absolutamente desorientado. Despachó los intentos maternos de investigar las causas probables en semejante momento con dos bostezos y un par de frases hechas que hicieron notar a la preocupada señora que aquel no era momento ni lugar para convertirse en un Sherlock de los alérgenos.

Recuperar el ritmo fue bastante más difícil. Nunca había sido un tipo de esos que parecen inhalar propofol cuando apoyan la cara en la almohada. Pero la fisiología termina por vencer a cualquiera.

El segundo timbrazo había parado el cronómetro otra vez a los noventa minutos. Sería porque el médico era muy futbolero, o porque la vida es una gamberra irredenta. Esta vez sacó de sus rolletes con Morfeo también a la enfermera. La buena mujer se disculpó hasta tres veces por levantarles a esas horas antes de llegar a la consulta. Cuando sacó su tarjeta de la Comunidad Autónoma vecina y les explicó que había estado dos días antes allí mismo  por el mismo dolor de garganta, pero que no podía soportarlo mas, al médico las tres disculpas se le hicieron pocas. Vale, sí, no hay empatía y buen rollo que soporte la depravación de sueño, que se lo digan a la KGB.


La vuelta a las habitaciones estuvo trufada de pensamientos políticamente incorrectísimos, alguno de ellos pensado con tanta fuerza que es posible que pudiese ser detectado por el oído humano.

Cuando sonó el teléfono, no había pasado ni medio tiempo del último partido contra el sueño más duro. 

- Por favor, que si puede venir a ver a mi marido que está pasando una noche fatal. Y dice que se traiga usted algo para que pueda respirar.

Siguiendo la lógica que llevaba la hijaputa de la guardia, salir en aquella noche de perros era de obligado cumplimiento, y el médico ya hacía mucho tiempo que se resignaba a cumplir las obligaciones del destino puñetero. Llamó a las puertas de enfermera y residente y mientras esperaba a que se desperezaran, repasó el historial del buen señor que reclamaba algo para respirar.

En el coche fue relatando la historia del caballero, sus últimos ingresos por cuadros de anemia secundarios a una enfermedad que se empeñaba en fastidiar a su médula ósea y le habían obligado en un par de ocasiones a entregarse a la draculización de las bolsas de banco para tirar para delante.

Entraron los tres en la casa envueltos en sus chaquetones de bandas fluorescentes, siguiendo a una mujer que les abría paso y les llevó a una habitación con muebles de matrimonio de los años cincuenta. A la luz mortecina de las lamparillas de las mesillas de noche, vieron a un hombre tumbado muy quieto boca arriba, con algo en la boca que no alcanzaban a distinguir. 

-¿Cómo se encuentra, caballero? - le preguntó el médico mientras tomaban posiciones alrededor de la cama como si quisieran bloquearle las salidas.

- Estoy muerto-. La sentencia pilló de sorpresa a todos los presentes. Para hablar, el hombre se había quitado de la boca lo que mordía. Entonces se dieron cuenta de que se trataba de un tubo de Guedel que sujetaba entre los dientes al revés, como si se tratara de un tubo de buceo. El médico tenía demasiado sueño encima como para darse cuenta de lo que ocurría.

- Pero, ¿qué es lo que le pasa?¿Por qué se pone ese tubo en la boca?

- Para poder respirar. Gracias a ésto he podido respirar toda la noche. Ya me pasó hace tiempo y tuve que pasar la noche con un corcho de una botella en la boca para no ahogarme. ¡Es que no habrá algo para que no se ahogue un hombre!-. Al médico sólo le faltaba pellizcarse para cerciorarse de que estaba en fase de vigilia. Se sentía incapaz de procesar todo aquel surrealismo. Necesitaba unas certezas mínimas de que seguía en la realidad, así que echó mano de su fonendo y esperó a que el pulsi revelara un magnífico noventa y tantos que por otro lado era de esperar dado el cabreo con el que el hombrecillo se quejaba de que ningún médico hacía nunca nada por él, y que ya no podía ir a su huerta a cavar sin asfixiarse, y cómo era posible que nadie le diera una solución, y cómo iba a dormir toda su vida con eso en la boca, y...

Los roncus que escuchó en el hemitórax derecho justificaron una faena de aliño que les permitió ponerle nombre y apellido de bronquitis aguda a la demanda nocturna, y salieron de allí asegurándole al caballero que con esos sobrecitos y el inhalador que le habían dejado en la mesilla de noche seguro que se encontraría mucho mejor. 

En el camino de vuelta se disolvieron los restos de sueño que quedaban en ellos, entre comentarios del caso y el recordatorio de ese tubo de Guedel que el pobre hombre mordía como si de verdad le fuera la vida en ello. El médico decidió derrumbarse en la cama convencido de ser incapaz de dormir en los pocos minutos que le quedaban a la noche. Lo peculiares que podemos llegar a ser los seres humanos y lo surrealistas que son a veces las guardias fueron sus últimos pensamientos conscientes en aquella terrible y fría guardia de la festividad de Nuestra Señora la Gripe. 


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domingo, 31 de diciembre de 2017

La carta

1 de enero de 2028.

El médico echa alcohol sobre el parabrisas congelado, mientras deja el motor al ralentí para que se espabile de la helada con que ha llegado el año nuevo. Lleva el abrigo amarillo abrochado hasta arriba y entierra la nariz, la cara sin afeitar y las ojeras como puede en el cuello tieso y frío. Conduce despacio de vuelta a casa, volviendo a mirar los campos escarchados como si no llevara ya mas de veinte años viéndolos amanecer al salir de las guardias.

Hace ya cinco años que cumplió los mágicos cincuenta y cinco que prometían liberarle de la condena, justo cuando su hijo mayor iba a cumplir la veintena y los gastos de estudiar Medicina en la capital amenazaban con comerse los pobretones ahorros de un médico de pueblo, con otro hijo a punto de unirse al carro universitario y dos más creciendo a ritmo que imposibilita que los zapatos, las camisas y los pantalones lleguen a viejos. Así que los cincuenta y cinco pasaron sin pena ni gloria y él siguió admirando la simple belleza de esos campos de trigo helados a las ocho de la mañana.

Las guardias como las de la pasada noche son un pobre consuelo para el agujero negro que amenaza la cuenta corriente, pero son trescientos palos en las costillas de un médico sesentón. Además, le rondaba por la cabeza que aquella podría ser la última Nochevieja que pasaran los seis juntos en bastante tiempo: la plácida vida de su primogénito estudiante se esfumaría para siempre, transformándose en la áspera vida del residente, portador de todas las papeletas para pasar las fiestas navideñas en un servicio de urgencias. Y eso por no hablar de esa prórroga de inevitabilidad kármika llamada perra precariedad que le aseguraba algunos años oyendo las campanadas vestido con el pijama blanco, o con el uniforme amarillo chillón.

Así que aquella guardia le había jodido sobremanera. Aunque no había sido horrible y hasta había brindado con champán con una jovencísima enfermera y su novio que, gentilmente, les había acompañado en las celebraciones. La vida no había cambiado tanto, o las gentes seguían teniendo los mismos miedos, la misma confianza infantil en que les quitarían los mocos de sus catarros, los niños dejarían de vomitar antes de la cena de Nochevieja, y que a lo mejor el corazón cascado y agotado del abuelo aun era capaz de presumir de fracción de eyección sin tener que tomarse las uvas en la sala de espera de Urgencias mientras trabajaba la bomba de Seguril.

Es verdad que ahora atendía en cada guardia ocho o diez personas a los que sus relojes inteligentes les habían detectado cifras imposibles de tensión arterial, o niveles de azúcar incompatibles con la vida, o que las viejas llamadas de auricular y teléfono de ruleta eran de museo al lado de las videollamadas que contestaba ahora y que le permitían hacerse una idea de la situación, pero al final seguía saliendo al frío de las carreteras comarcales, aunque su fonendo registrara y analizara los latidos en una aplicación del móvil y las venas se rebelaran a la luz ultravioleta de la pantalla como se se tratara de los dibujos de un tratado de anatomía.

Es acojonante la capacidad que tiene la vida para parecer que nada cambia, incluso cuando hay tantas cosas que cambian.

Llegó a casa atravesando el silencio de las calles cuando han trasnochado. La luz se colaba por las rendijas de las persianas bajadas, tan impertinente y difícil de controlar como siempre. Al médico le bastaba esa mínima claridad. Procurando no hacer ruido, rebuscó en sus papeles hasta que encontró un sobre que llevaba escrito solamente una fecha: 1 de enero de 2018. Lo abrió y se sentó en un sillón. Se puso las gafas que guardaba en el bolsillo de la camisa.

Querido hijo:
No es fácil escribir una carta que entregarás diez años después. Corre un riesgo enorme de quedarse sin entregar, simplemente porque no sabemos de qué hilo tirará el destino. Quizás cuando leas esta carta ya seas médico. Puede que lo que ha sido mi gran sueño también se haya convertido en el tuyo. Desde niños os he hablado a ti y a tus hermanos de lo absolutamente afortunado que soy por haber sido médico. Me cuidé muy mucho de que me vierais deprimido, quemado, abrumado por el trabajo. Recuerdo mil y un día de una dureza extrema, física y psicológica, y sin embargo siempre encontraba la forma de contaros algo divertido, emocionante, entrañable de mi día. Y siempre había algo. Eso, que puede parecer falsear la realidad, era en cierta manera una fórmula mágica que me permitía descubrir tantas y tantas cosas maravillosas que en el fragor de la batalla me habrían pasado desapercibidas si no las hubiera buscado para vosotros.
Así que, en cierto modo, los cables que, poco a poco, os atraían a vosotros hacia la Medicina, eran los mismos que me permitían a mi seguir adelante sintiéndome, como te decía, absolutamente afortunado. Nunca sabremos si quería influiros o todas aquellas palabras iban dirigidas a mi mismo. Un interesante dilema.
La vida no cambiará tanto como crees en estos años, las personas seguirán viajando por sus vidas enfermando y sanando, y envejecerán y morirán al fin, aunque seguramente todo a su alrededor será mucho más moderno y tecnológico. Pero seguirán necesitando alguien que les escuche, les ayude a soportar toda esa enfermedad y también toda esa salud que les ofrecerá una sociedad  donde enfermar o envejecer estará cada vez peor visto. Y donde morirse será el gran pecado. 
La sociedad en la que serás médico será seguramente más asustadiza porque le habrán hecho promesas que antes solo correspondían a los dioses, y a las que se negaran a renunciar. Y hará falta gente valiente capaz de explicarles que no somos dioses, afortunadamente, solo simples y maravillosos seres humanos.
Así que  espero que, seas el médico que seas después de ese horrible MIR que lleva camino de volverse tan viejo como la Constitución de Cádiz, consigas ser un excelente ser humano.

El médico se levanta resoplando por el esfuerzo de mover el cuerpo apaleado. Dobla la carta y la guarda en el sobre. Sube las escaleras. Las habitaciones están más oscuras pero el silencio se siente a gusto en las respiraciones acompasadas de los chicos. Con cuidado quirúrgico, deja bajo la almohada del mayor el sobre, sin poder evitar recordarse escondiendo los pequeños regalos del ratoncito Pérez.

Han pasado mil años de aquello por encima de sus costillas.

A TODAS, A TODOS: FELIZ, FELIZ AÑO NUEVO

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lunes, 25 de diciembre de 2017

Luchar

Hay consultas que se recuerdan como si no hubieran pasado cien años. Consultas que desconocen la continuidad temporal y se han quedado congeladas en los recuerdos esos que siempre encuentran el momento para colocarse en primera fila.

Fue el primer día que la vi con peluca. Era una peluca muy buena, de un pelo negro azabache tan natural que escupía su artificialidad. Me dijo que estaba muy guapa con ella con una sonrisa que tampoco consigo borrar del disco duro de imágenes. Tampoco es que ponga mucho empeño en ello. Yo le devolví la sonrisa y le dije que por supuesto. 

Acababan de meterle por las venas el segundo ciclo, una mezcla de potingues que le achicharraban las venas, le daban la vuelta al estómago como a un calcetín y le dejaban la cabeza como una bola de billar. Claro que todos confiábamos en que de paso se cargaran una buena parte de las células de ese cáncer cabrón que llevaba en las entrañas, faltaría más.

Sólo la había visto una vez antes de aquella, al poco de salir del hospital, aún con su pelo negro, tan parecido al de la peluca y al mismo tiempo tan diferente. La naturaleza mantiene siempre ese orgullo chulesco de hacerse la inimitable. Ella quería una cita breve, de pasillo, pero yo la arrastré dentro y la senté junto a mi simplemente porque me apetecía abrazarla y decirle que la vida a veces se empeña en ser una hijaputa. Pero ella mantenía una actitud de película de Tom Hanks y Meg Ryan, de esas de “me voy a curar sí o sí, voy a ser la tipa más dura del mundo”, que ya había visto tantas veces y que me provocaban una enorme compasión, no porque creyera que fuera una mala actitud ante todo aquel desastre, no. Simplemente por lo que sabía que había detrás: el miedo, el miedo terrible a ser débil, el miedo a tener miedo, el miedo al cuadrado.

Así que cuando volví a verla, aquel día de la peluca, cuando me senté junto a ella y me enseñó su preciosa peluca, el miedo ya no sabía como ocultarse. Y cuando algo ya no sabe cómo ocultarse, cuando sale del armario, ya lo inunda todo, es una corriente embravecida de terror que te ahoga porque no hay quien sea capaz de nadar en ese torrente. 

Pero no se, tiene algo de liberador, o mucho. Y cualquier cosa que provenga de la palabra libertad debe de ser buena por narices. Cuesta convencerles de que nadie debe convertirse en un soldado, de que no se trata e ir a la guerra cada mañana cuando estas agarrada a la tapa del váter echando las tripas, de que no hay que poner cara de Rambo delante de tu marido para que él no haga un pucherito, con lo machote que es, de que si no te apetece ver a la vecina, por cariñosa y amable que sea, no pasa ni gota.

Cuesta convencerles de que, simplemente, están enfermas. Decir simplemente cuando algo es tan complejo, sólo demuestra lo intelectualmente pobre que soy. Pero sí tengo claro que no tienen que tener todo el día el fusil al hombro, que no tienen por qué tener valor cada minuto del día, que se permite la cobardía y el pánico, como se permite estar vivo, porque sí, sin tener que dar razones ni motivos. Porque sí.


Así que aquel día de la preciosa peluca inolvidable, sentado el uno junto al otro, ella me dijo que todo aquello era una mierda mientras se secaba, al fin, las lágrimas que le había apetecido llorar hacía tiempo, y mientras yo la intenta explicar con mis torpes palabras que se le permitía algo mucho mejor que ser una soldado: que se le permitía ser un ser humano. 

Y esa consulta ya no se me olvidó nunca.


Para todos aquellos que alguna vez quisieron encontrar un médico al que explicarle que tienen miedo y no fueron capaces de hallarlo. Para todos aquellos que alguna vez quisieron buscarme a mi para decirme que tenían miedo y fui incapaz de darme cuenta.


A todos aquellos que pacientemente han leído mis historias.

Feliz Navidad

Y gracias a mi amiga Mónica por permitirme usar su preciosa felicitación de Navidad 

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lunes, 18 de diciembre de 2017

No me conoces

Sobrevive.

Sobrevive y basta.

Al menos eso es lo que le parece a su médico cada vez que la ve sentada en la sala de espera. Delgada hasta el extremo, con una mirada nerviosa incapaz de reposar en ningún punto más de unas décimas de segundo, como si tuviera miedo de rebelar algún secreto.

Sobrevive milagrosamente.

La conoce hace años. La ha visto otras mil veces sentada en esas mismas sillas, la misma delgadez caquética desafiando los parámetros de viabilidad de la especie humana. La misma ansiedad en los ojos. La conoce parlanchina y explícita, y taciturna y entregada a los silencios largos.

La ha visto allí con una enorme bufanda de lana como una pitón enroscada a un palo, un gorro calado hasta la sesera, perdido el esqueleto dentro de un jersey de abuela, frotándose las manos tratando de que no se rompieran como carámbanos sus partes acras. Y la ha visto con una camiseta de Los Ramones sin mangas transpirando los sudores del verano, caricatura cadavérica de una rockera que se desencuadernaría con los primeros compases de Blitzkrieg Bop.

Sobrevive.

La recuerda sentada junto a su madre, rezumando el fastidio inmenso de tenerla cerca, responsable primera de dejarla sobre este mundo. Mientras, la mujer oculta tras una sonrisa enmarcada en sus arrugas de campo un deje de vergüenza por la desalmada retoña, que no se puede pasar por alto a poco que uno observe.

La recuerda sentada junto a su hermana, que se llevó la parte del león en el reparto de la vitalidad y el empuje, y que mezcla hábilmente en su perfume el aroma de la culpa por no haber sabido cambiar a su hermana, con el del fastidio eterno de tener que cargar con una primogenitura de las de antes, que vendería con gusto por un plato de lentejas a cualquier postor, pero que nadie quiere comprar.

Y la recuerda, sobre todo, de verla una y mil veces sentada junto al tipo calllado,  desaliñado y de expresión bobalicona que sin embargo tiene el efecto gravitacional para ella de un planeta gigante, a pesar de parecer apenas algo más que polvo galáctico.


Sobrevive, lo cual no deja de asombrar a su médico cada vez que la ve en la sala de espera.

El médico es capaz de reproducir sus estados de ánimo con ella. Se ve en largas charlas con afanes comprensivos, de las que te dejan sólo interrogantes y una hora de retraso en la consulta. Se ve agotado de proponer salidas rechazadas por inviables, irrealizables, inausimbles, y un largo etcétera de prefijos negativos. Se ve suspirando de alivio cuando cree que serán los psicólogos y psiquiatras que reclaman la madre y la hermana los que se estrellarán contra ese rompeolas de treinta y cinco kilos de empeño en la autodestrucción. Y se ve, por último, soltando blasfemias audibles sólo para su córtex cerebral cuando vuelve a verla sentada allá afuera, porque sabía que volvería con la astronómica perfección de una órbita celeste.


Sobrevive, sí, sobrevive.

Y allí está, de nuevo. Y han pasado suficientes días como para que el médico ponga su contador a cero y tire de humanismo para tratar de dejar  los apriorismos esperando con los otros diez o doce pacientes que, está seguro, acumularán un retraso de sanidad low-cost. Un momento, se le coló un apriorismo. Y sin apenas notarlo. Pues por donde cabe uno caben todos.

Y efectivamente, con la desesperante rutina de una gota malaya, vuelven a repetirse todos los clichés, y las ideas preconcebidas se descojonan en la cara del médico, señalándole y gritándole te lo dije en un tono lo suficientemente alto como para hacerse oír por encima de las blasfemias que ya campan por sus respetos en el interior de su cabeza.

Aquella vez toca su versión explicativa, una perorata que mezcla rollo culpabilizador versión ventilador-difusor universal de culpables, con aceptación resignada de un sino bastante cabrón.  Y en medio de aquel batiburrillo ilusorio, con el médico depositando todas sus armas a sus pies en gesto de absoluta y total rendición, ella introduce una apostilla en su discurso.

- Es que tú no me conoces.

Y entonces el médico sonríe con cuidado para que no se mal interprete el gesto y contesta:

- No, claro, no te conozco.













lunes, 11 de diciembre de 2017

Elegía al hombre que lloró

Cada dos meses nos sentábamos los tres alrededor del pico de la mesa. Yo salía a llamarles al pasillo y solía tocarle delicadamente la espalda mientras les dejaba pasar. Era invariablemente nuestro primer contacto físico. Después ocupábamos nuestros lugares en una especie de ritual que cumplíamos con protocolo vaticano: ella en la silla junto a la ventana, yo en el sillón que dejaba al alcance el teclado y él entre ambos.

Luego fluía la conversación como si estuviéramos en la barra de un bar esperando unos chocolates con churros. Si pienso en esas visitas, oigo siempre risas de fondo. El con su registro picarón y ella con la sonrisa más tímida. Bueno, hasta que los nubarrones del dolor se situaron encima de nosotros como de esos personajes de los dibujos animados a los que les persigue una nube gris y lluviosa a donde quiera que vayan.


En nuestras reuniones salían a relucir papeles que intentaban sin éxito ser el centro de la conversación: unos que colocaba él con mimo encima de la mesa, con sus nombres escritos con una letra de caligrafía de cuaderno Rubio, y unos números de contable de la postguerra que me recordaban a los de mi padre y me devolvían sin que se lo hubiera él propuesto a la mesa de la cocina donde ese hombre joven y fuerte me enseñaba matemáticas con una paciencia infinita. ¡Cómo no me iban a gustar esas reuniones cada dos meses!

Algunas veces, yo escupía por mi parte unos cuantos papeles desde la impresora con números y nombres algo rimbombantes que punteaba con el boli mientras ambos asentían interesados. Y siempre teníamos un rato para dedicarle al viejo ácido úrico que le había amenazado un par de veces con frustrarle sus escapadas a la Costa da Morte, y contra el que habíamos desatado todas nuestras furias en forma de vendajes y colchicinas. Todo en aras de paladear los frutos del fondo de ese Atlántico bravo y de las rocas de los acantilados gallegos.

Otras veces, él veía mi apuesta de papeles y la subía con algún informe de los sabios que se preocupaban de su corazón, yo quería creer que impresionados por lo enorme que era, de esos que no caben en la caja, a pesar de aquella vez en que se empeñó en pegarle un susto monumental y le advirtió de que en la vida hacia falta un poco menos de trabajo y unos pocos más de percebes.


Al final nos despedíamos con un ruegos y preguntas y todos de pie en la puerta de la consulta, nos faltaba limpiarnos el morro manchado de chocolate. Ya digo, una delicia de visitas, complementadas durante el año con algún que otro avatar de los que traen la microbiota circulante, ya se sabe, y una hoja con las pastillas del Sintrom infantilmente dibujadas en sus respectivos cuadraditos que se entregaban de prisa y corriendo con un que usted lo pase bien apurado.

Esa era nuestra vida juntos. No estaban mal.

Luego el dolor le mordió a ella en la espalda, zarandeándola como un oso rabioso, que ríete tu del Renacido di Caprio, y el peregrinar buscando soluciones que pasan por permitir que el maldito dolor se apodere de la casa, de la consulta, de la vida, mientras esperan en una silla de ruedas una operación que seguramente lo único que tiene de milagrosa sea el cartel que lleva colgada donde dice última oportunidad.

Y como la operación sigue en el limbo de las esperas, el peregrinaje de la desesperación sigue, y el dinero de las centollas y los bogavantes se va en pruebas y consultas que tienen mucho más de desesperanza que de ninguna otra cosa.

Y un día, en el fragor de mi batalla particular, suena el teléfono, y es él. Quiero saber cómo están con esa vana esperanza de niño chico de seguir creyendo en los Reyes Magos, pero la realidad no está para magias. Y no recuerdo las palabras, pero él comienza a llorar y yo oigo su llanto lento y abatido y me quedo bloqueado, sin decir nada. Simplemente le escucho llorar. Después se disculpa brevemente y me pide que le cargue una medicación en su tarjeta.


La vida continua, porque tampoco ella es muy dada a pararse por nadie, que digamos. Pierdo la noción del tiempo hasta que les veo en la puerta de la consulta y se que han pasado dos meses. Intentamos retomar nuestras rutinas porque suelen ser consoladoras, pero la silla de ruedas se empeña en ocupar el centro de la consulta. Lo demás son buenas noticias, todo está genial, hasta el enorme corazón ese que una vez quiso ser protagonista, pero estas noticias son como un quinto hijo: ya no te quedan ganas de reirles las gracias. Antes de irse empujando la silla, se vuelve y me pide disculpas por "lo del otro día". Yo sonrío y le pongo la mano en la espalda. Es nuestro último contacto físico.


Cuando la guardia empezaba a pesar toneladas en las piernas, el timbre me recuerda el montón de horas que aún tengo que cargar. Es de noche y hay poca luz fuera. No la distingo hasta que empuja la puerta de cristal. Viene vestida de negro.

- He parado al ver tu coche en la puerta. Sólo quería contarte que mi padre murió la otra noche de un infarto mientras dormía.


Me quedo petrificado. Cierro los ojos y vuelvo a escuchar su llanto al otro lado del teléfono.











lunes, 4 de diciembre de 2017

La segunda víctima

La residente lleva casi dos semanas viendo  casi todas las horas en el reloj digital de la mesilla de noche. Es joven y nunca la preocupó en demasía la falta de sueño, una gran ventaja para la profesión que había elegido. Pero ahora agradecería dormir un poco. Y sobre todo dejar de pensar. Eso seria maravilloso. Pero ya le había advertido su viejo tutor que la mayoría de los días se llevaría los pacientes a la cama. Se lo había dicho con la medio sonrisa socarrona que se les pone a los perros viejos cuando acumulan casi tantos trienios como canas y sueltan alguna frase ingeniosa repleta de dobles sentidos. Ella le había llamado exagerado y en el fondo no había podido evitar un pensamiento dedicado al honroso declive de una carrera larga y sin duda agotadora.

Pero no había tardado demasiado la Medicina en ponerla en su lugar. Y ahora llevaba quince días recibiendo el sonido de arpas de la alarma con los ojos tan abiertos como después de un baño en cafeína colombiana.

Y en los últimos días se congratulaba de haber tomado al fin una decisión, pero los fantasmas se reproducían con igual nitidez, y a su cita nocturna inapelable se unía ahora el miedo a contarle a su tutor la decisión. A su tutor y al resto del mundo. Pero del resto del mundo esperaba cierta comprensión, incluso en muchos casos una reafirmación de sus tesis: ya sabia yo que ser médica de cabecera era poco para ti. Haces bien en volver a presentarte, estarás mucho mejor en el hospital...

Sí, esperaba cierta comprensión que en realidad era incomprensión. Pero no de él; quizás fuera la única persona que sabría que detrás de la decisión había miedo y fracaso. No sabía cómo decírselo. No sabía como se lo diría cuando volviera de su rotación y de nuevo compartieran los escasos quince metros cuadrados de la consulta.


Mientras atendía los pacientes con una aire mecánico que la repelía, pero que no lograba abandonar, repasaba una y otra vez aquella mañana en que recibió la llamada que lo cambió todo. Cogió el teléfono con la energía con la que manejaba la consulta, con el vigor juvenil de quien se siente preparada, con la ansiedad del piloto en la línea de salida esperando que se apaguen los semáforos para pisar a fondo. Recordaba con claridad la voz átona, fría, que contestó a su ¨diga¨ pronunciando su nombre sin titubeos.

- Estoy ingresado en el hospital. Que parece que a lo mejor sí que voy a tener algo, porque me han visto unas cosas en el hígado y me quieren hacer más pruebas. 


Se recuerda abriendo la historia hospitalaria a toda prisa y leyendo el informe de urgencias, la prueba de imagen con una sospecha tenebrosa que relee dos y tres veces para convencerse de lo que está leyendo. Y a partir de ahí el repaso mental de cada una de las consultas que ella le había atendido, y el repaso físico con la pantalla de ordenador quemándole las pestañas buscando hipótesis, intentando descubrir la pista que le hubiera permitido desenredar la madeja, tratando de no justificarse pero en realidad queriendo hacerlo a cualquier precio.

Luego cada mañana obligándose a repasar los evolutivos, las pruebas, temiendo los resultados, debatiéndose entre ir a verle al hospital y ocultarse detrás de la puerta de la consulta, rogando porque cuando le dieran el alta ya hubiera vuelto su tutor y ella pudiera librarse de la mirada quizás acusadora, quizás.

Se dice así misma que hubiese sido imposible para cualquiera descubrir aquel monstruo escondido detrás del peritoneo, que incluso en el hospital había retado a la tecnología y después de todo, aún parecía reírse de los sabios hospitalarios manteniendo su aura de misterio. Se dice todo eso y en las horas robadas al sueño se dice que no será capaz de soportar una vida en la que pase gente por sus manos que guarden esos terribles secretos en su interior sin que ella sea capaz de descifrarlos, y por eso ha decidido renunciar.

Y por eso cada mañana de las dos últimas semanas se levanta sin rastro de ese vigor juvenil, y acude a la consulta como el Lute esposado y escoltado por la Guardia Civil, y se sienta junto a la mesa hojeando la lista de pacientes con el miedo de ver su nombre o el de su mujer, a pesar de que cuando vino a los dos o tres días del ingreso a que le hiciera los partes de baja, no tuvo para ella ni un reproche, sólo el más terrible y descarnado de los miedos que no había sabido cómo disipar, por la sencilla razón de que ella también estaba aterrorizada.


Y por eso ha decido volver a presentarse al MIR cuando dentro de un par de meses tan sólo termine la residencia. Está en una disposición excelente: su única carga es el alquiler de su piso, tampoco es demasiado para alguien que se ha dado pocos caprichos en los últimos cuatro años, sin pareja, sin hijos, hasta tiene pagado su coche, el que se compró de R1. Anatomía Patológica, Análisis o Microbiología. Quiere minimizar el contacto con los pacientes porque no se siente capaz de gestionar la incertidumbre de la vida, aun racionalizándolo. Ella es muy racional, lo ha diseccionado una y mil veces, sabe que existe el error, los caprichos de la naturaleza, la perfecta imperfección del ser humano. Lo sabe y lo entiende, pero no se siente capaz de asumir su rol en semejante musical. Prefiere verlo desde la platea. Y lo va a dejar, sólo falta encontrar cómo decírselo a quien la conoce como si la hubiera parido, como dice siempre.


Entonces se dirige a la puerta de la consulta para ver si hay alguien más, después de haber consumido la lista de aquel día. En la sala de espera, sólo esta ella. Sonríe con timidez cuando la ve y se excusa por venir sin cita mientras la residente le cede el paso. Dentro de la consulta no puede reprimirse y le da dos besos y un abrazo. Cuando se separan, los ojos de la paciente están a reventar de lágrimas y en segundos superan su capacidad de contención para ensuciarla las mejillas con churretes salados.


La paciente vuelve a pedirle perdón, pero ella rechaza las excusas con un gesto y le pide que le cuente qué ha sido de ella en este último año, un año pasado en una ciudad extraña, oculta al hijo de puta que había pretendido hacerles creer a todos que su forma de quererla era rompiéndole un brazo y varias costillas y tirándola por la escalera. La paciente la repite tres o cuatro veces lo feliz que le hace verla en la consulta, lo mucho que ha pensado en ella, en cuánto la ayudó, en cuánto peleó por disolver el infierno en el que se consumía su vida como una llama que se quedara sin oxígeno.

La consulta se prorroga mucho más allá del horario que hay escrito en la puerta. Cuando la paciente se va, hay un silencio atronador que se ha apoderado del consultorio, un silencio de local abandonado.

La residente se queda sentada en el sillón. Está llorando. No puede o no quiere evitarlo.