lunes, 28 de mayo de 2018

Adiós a la inocencia

Hacía un año de aquellos tiempos felices. Hacía un año de esas sonrisas, con la mitad de la boca derrochando ilusión y la otra mitad temblando de miedo. Un año. Ahora, en esos minutos previos a que el cansancio le venza, la residente se permite un momento de reflexión, una vistazo de moviola con una R bien grande en la esquina de la pantalla, como en los tiempos de la tele de una sola cadena.

Algunas se habían conocido en algunos de esos peregrinajes comunes que forman el via crucis particular de quienes por fin van a empezar a sentirse médicos. Firma este papel aquí, vuelve a firmar otra vez y una vez más sobre la línea de puntos y con cien mil folletos bajo el brazo, acabas de acceder al paraíso en la tierra. Eran instantes acumulativos, sensaciones que se escapaban según eran desplazadas por la siguiente, en una concatenación hermosa de emociones e inocencia que difícilmente vuelve a repetirse.


Finalmente, todos se reunieron en la bienvenida oficial, una sucesión de parrafadas que terminaban siendo una especie de presentación de la mercancía en el mercado de esclavos de Siracusa, aunque sin el divertimento de las togas. La idea de todos esos residentes mayores pregonando las bondades de sus centros y tutores, mientras éstos asisten callados, subidos a un atril expositor enfundados en sus togas romanas era indiscutiblemente hilarante, aunque a esas horas de la noche casi no le quedaran fuerzas para contraer los risorios.


Aquellos días todo era sorprendente, todo se vivía en una amalgama de nervios y camaradería que enamoraba: los primeros cursos en un salón de actos abarrotado, la palabra guardia en boca de los adjuntos de urgencias, una palabra que hacía sudar cada poro de la piel del novato de terror, el probarse los pijamas y las batas, y seguir acumulando papeles y más papeles. Luego, poco a poco, fueron llegando los paseos por la ciudad, las reuniones en las cervecerías compartiendo los miedos entre sorbos de cerveza fría, y las primeras rotaciones, el bombardeo impenitente de cursos y cursos, el pisar por primera vez los pasillos de urgencias como corderillos asustados, mirándolo todo y a todos con la excitación de lo nuevo y la convicción implacable de que no seremos capaces, aunque lo seremos, la consulta al lado de ese señor que podría ser tu padre o un hermano mayor, y que te sonríe porque recuerda como temblaba él sus primeros días y quiere que sólo tiembles los primeros diez minutos, o esa señora que no ha parado de darte consejos tan absolutamente relajada como si estuviera charlando con una amiga de toda la vida.



La residente hace un esfuerzo sobrehumano y consigue una contracción casi perfecta de ambos risorios dirigida a la negrura de la habitación y a su paz interior. Era sin duda la edad de la inocencia, y había sido muy, muy hermosa.


Por eso, por su hermosura, haberla visto ajarse poco a poco resultaba más penoso y desconsolador. Había pasado un año. Un año duro. Había habido luces y sombras, como en la vida. Había habido momentos en que parecía caminar sólo por las sombras, como si la residencia se estuviera desarrollando en un Gotham sin su Batman, ni si quiera sin un pobre Robin que llevarse a la boca. Había vivido sombras en rotaciones donde podría haber cortado con un cuchillo de mantequilla la indiferencia con la que la recibían cada mañana, donde le habían colocado en un rincón para no molestar, donde nadie conseguía recordar sus cara. Había vivido sombras en guardias donde debía soportar presiones de cinco mil newtons por metro cuadrado sobre la frágil cáscara de huevo que protege al residente de primer año, y al sentir resquebrajarse la cáscara, había intentado cegar la grieta con lágrimas, sin conseguirlo, aunque llorara ríos. Había vivido sombras con compañeros dispuestos a cualquier cosa con tal de conseguir una buena puntuación, dispuestos a vender su alma a cualquiera de los cien mil diablos que sobrevuelan cada día este mundo de la Medicina, con tal de buscar su pequeño hueco en el hall de la fama efímera del hospital, o del centro de salud, o de la frágil memoria del influencer de turno.


No es que fuera rencorosa, aunque fuera capaz de pormenorizar casi cada una de esas sombras mejor que el más detallista de los Grey, no. Es simplemente que le dolía haber perdido esa inocencia con el dolor desgarrador y duro de quien sabe que ya nunca la volverá a recuperar.


Pero no era su estilo vencerse al cansancio sin su ración de ying anti-yang. Así que decidió dedicar los últimos minutos de la consciencia, esos tan mágicos que a veces se confunden con los sueños, a recordar el incontable número de veces que había vivido en ese año en la luz más diáfana y primaveral,  la de la sonrisa de los pacientes, la del adjunto que se detiene y te escucha, como si aquel día no hubiera ninguna otra cosa importante que hacer, la del compañero que te guiña un ojo en el pasillo de urgencias y te hace sonreír el tiempo justo para convertir los nubarrones de tu cabeza en cúmulos algodonosos, la de la compañera que desayuna contigo la mañana después de una vigilia de ojeras y piernas de plomo, la del tutor que te manda un mensaje al móvil la tarde antes de una presentación. Y esas luces van poco a poco mezclándose con seres absurdos y lugares imposibles en una mezcolanza de neuronas que se van apagando, permitiéndose una última sonrisa pegada a la almohada subrayando una frase dibujada en el cerebro medio dormido en colores lisérgicos: soy médica, ya ha pasado un año.















lunes, 21 de mayo de 2018

Cero a la izquierda

Forrest Gump habría sido sin duda un gran médico de familia. Éste es el pensamiento con el que el médico se retira a sus cuarteles de invierno después de cerrar la jornada laboral. Sí, Forrest podría haber explicado, mientras esperaba al autobús para volver a su casa en el arcén de cualquier carretera comarcal, que la consulta de un médico de cabecera es como una gran caja de bombones. Lo que ocurre es que todos los médicos de cabecera somos glotones insaciables para el buen chocolate belga, pero aborrecemos los bombones de licor. Y cada día, cuando abrimos la caja, cuando nos disponemos a saborear el primer bocatto di cardinale, tenemos la certeza absoluta de que bajo la forma más apetitosa, tarde o temprano, aparecerá el amargo licor que nos deja mal sabor en la boca, y a veces hasta dos o tres vueltas incómodas e insomnes en la cama antes de cazar al vuelo el tren del cansancio absoluto.


Para el médico que gestionaba tales disquisiciones de vuelta a casa, el bombón de licor había esperado casi hasta el final, pero era de los agrios agrios, de los de bocanada de jugos gástricos, una delicia que conocía desde hacía años.


Identificarla en la primera ojeada a la lista de nombres provocaba en él esa ansiedad anticipatoria tan reconocible como temible. Durante un tiempo, el no verla cuando se levantaba a llamar al siguiente paciente le generaba la infantil ilusión del no presentado, una ilusión breve como el chispazo de un fósforo, porque finalmente cuando su nombre empezaba a ganar posiciones, apareció sentada con la espalda rígida, tensa, la carpeta amenazando desde el regazo, con el aire de un felino con todos sus sentidos preparados para el ataque final. El médico pronunció su nombre en un tono indistinguible del de los anteriores para cualquiera que no portara un polígrafo mental. Le cedió el paso al tiempo que  le daba la bienvenida, mientras ella, prescindiendo de los trámites corteses, ocupaba la silla más alejada del médico, y comenzaba a sacar y a apilar hojas impresas de la carpeta de plástico sobre la esquina de la mesa.


- Empecemos con mi padre. - Los preámbulos no estaban hechos para una persona tan tremendamente ocupada. Por supuesto, el buen hombre no aparecía por ningún lado en la lista del día. Lo habitual de esta costumbre entre los parroquianos hacía tiempo que había dejado de molestar al médico, que se limitaba a añadir a todo aquel que fuera necesario, y a tantos otros innecesarios. El caballero era un anciano plácido y encantador, dedicado a sus huertos donde distraía sus ochenta y pico de años y hacía hambre, mientras se mantenía todo lo alejado que le dejaba su hija de la marabunta de médicos empeñados en alargarle la vida a costa de severas prohibiciones que, a su recto entender, podían meterse por donde amargan los pepinos.

- Estuvo el otro día en el cardiólogo. Le ha dicho que todo está igual, que no ha habido ningún cambio en los últimos años. Quería darle el alta pero yo le he dicho que ni hablar, que si no quería verle cada seis meses, que al menos le viera una vez al año, ¿no le parece a usted?

Pues no, al médico no le parecía. Hacía años que la visita a la capital previo electrocardiograma y análisis era un absurdo que sólo contentaba a quien le gestionaba las citas y no estaba dispuesto a darle a su padre la condicional revisable. Casi podía sentir la presión que habría experimentado el pobre cardiólogo que sugirió la osadía del adiós muy buenas. Le daba hasta pena. Así que intentó con más mano izquierda que Curro Romero aprovechar la corriente para nadar hacia la libertad con trabajos forzados en el huerto del anciano, pero como ya había ocurrido tantas veces anteriormente, se encontró con esa expresión hosca que frunce los labios al tiempo que se incomodan las gafas presbícicas sobre la punta de la nariz, y las cosas recuperaban su statu quo a golpe de no sé, pero yo creo que verle una vez al año tampoco pasa nada, y fin de la controversia.

Zanjado el asunto del progenitor, comenzaba el chaparrón propio, unos monzones como es debido, con multiplicación de síntomas cuyo único hilo conductor era que todos ellos ocurrían en el mismo ser humano y alcanzaban un siete en la escala de Richter de lo que un ser vivo es capaz de soportar. Los pobres intentos de quitar hierro por parte del médico al menos a alguna parte de ellos eran despreciados con el gesto benevolente de quien se está dirigiendo a una molestia colocada allí con el oscuro propósito de que no accediera a quienes podrían suministrar de verdad el repertorio de etiquetas que convenía a tamaños males. Las explicaciones eran desechadas por demasiado simples, las soluciones eran impropias del calado de los problemas, cualquier referencia aunque tangencial a los estragos del tiempo eran recibidas con sonrisas de desprecio y displicencia.


El bombón estaba resultando de nuevo demasiado amargo, y su sabor le reflejaba al médico el mismo fracaso que siente el mar golpeando contra las rocas del espigón, aunque solo sea con el afán del suavizar sus aristas. Al final, como le ocurre al mar cuando encuentra una pequeña grieta y se empeña en moldearla, las mínimas victorias enjugan el verbo fracaso y con eso todo el mundo se siente satisfecho. Esos doscientos cuarenta que el reconocimiento de la empresa habían puesto junto a la palabra colesterol puede que no fueran para tanto, pero ella lo traía por si había que tenerlo presente a futuro. Mientras recogía los frutos de su dominio en forma de derivación a ese reumatólogo que le había dicho que ahora no pero que quizás mañana sí, y que si ella creía que sí, que por favor volviera, aceptó perder la chica y esperar al próximo reconocimiento de empresa antes de volver a hacer ningún análisis que pusiera las grasas de su sangre al descubierto.


No abandonó su silla ni relajó la espalda hasta que obtuvo el premio de consolación para su marido, que no recordaba para cuando tenía que revisar su maltrecho tiroides pero que debía ser a no tardar, y con aquello se cerraba la feria, si es que el médico había terminado de masticar el famoso bombón con trampa de la caja de Forrest Gump, si es que había dejado de considerarse como un simple cero a la izquierda.

Y la vida continuó, como la consulta.




lunes, 14 de mayo de 2018

La carretera

El médico tuerce el morro cuando se asoma a la puerta de las urgencias del Centro de Salud; el campo luce el blancor inmaculado de la nieve recién caída, como le gusta ponerse al campo en esas ocasiones, de postal de Navidad. Precioso. Otra cosa es la carretera, allí la nieve se pone el mono de faena marrón barro que pega mucho mejor con las rodaderas de los coches y los camiones que llevan desde la madrugada marchando a trabajar a la capital. En fin, nada que no haya visto cientos de veces antes, nada que no le haya hecho torcer el morro cientos de mañanas tras una guardia antes.

Son las mañanas como aquellas las que le hacen recordar los años que delata el carnet de identidad, cinco más de los que le permitirían haber dejado de pasar noches en los cuarteles de invierno, y de primavera, y de verano y de otoño. Pero la universidad es una amante caprichosa que le mete unos mordiscos a la cuenta corriente capaces de rivalizar con los gastos de un mormón trígamo sin salir perdiendo, y la posibilidad de abandonar esas sábanas duras logeadas con unas rayas azules y el acrónimo del servicio de salud, fue sólo un pensamiento tan fugaz como el polvo de estrellas incinerado en la atmósfera.


Y no, no había sido aquella una guardia especialmente mala. Había mantenido su costumbre de no acostarse nunca antes de la una, esperando al rezagado que no quiere meterse en la cama con ese no se qué que le ronda desde la mañana, aunque aquella noche no había hecho acto de presencia, una rareza. La mesilla de noche repartía su pequeño espacio entre el teléfono, los trozos de cuartilla con el bolígrafo encima pendiente del aviso nocturno, las gafas inevitables y el reloj. Siempre le había desagradado acostarse con los calcetines puestos, pero era una servidumbre inevitable para disminuir el tiempo de reacción y hay que pagar ciertos tributos. Y como cada una de aquellas noches, no había sido fácil conciliar el sueño, a pesar de unos huesos que chirriaban tanto que temía despertar a la enfermera en la habitación de al lado, a pesar de tener todo el sueño del mundo acumulado en unos párpados superiores de auténtico plomo, a pesar de sentirse verdaderamente viejo y cansado. Al final, como cada una de aquellas noches de guardia, había tenido que conformarse con un duermevela que no había dejado contento ni a sus músculos ni a su cerebro, y encima darse con un canto en los dientes porque en esa noche de perros nadie se había atrevido a aventurarse hasta el centro, y nadie había cedido a la tentación de echar mano del teléfono para interrumpir el descanso del guerrero. Una buena guardia.


Pero hasta las buenas guardias tocan los cojones, y el café tamaño Starbucks que se había metido entre pecho y espalda aún no había dado el empujón cafeínico al centro de control. Decidió echarle una mano con una ducha, algo que no solía hacer porque uno con los años se vuelve animal de costumbres y donde estuviera su ducha, y su taza del wáter, que se quitaran sucedáneos. Sólo recurría al arreón del agua fresca en el propio centro cuando se notaba pastoso, y esa semana se había hecho dura, con el tiempo horrible castigando sin piedad a los ancianos de sus pueblos, atrincherados en sus casas junto a los braseros, multiplicando las visitas, los traslados de unos pueblos a otros por las carreteras resbaladizas, los limpiaparabrisas moviéndose sin parar con cadencia de ritmos caribeños y los hocicos pegados al cristal para poder ver algo mientras conducía. Así que aquella guardia era la traca final de una semana de perros de esas en las que, sin embargo, se sentía como pez en el agua.



Duchado y repeinado, volvió a asomarse a la ventana para volver a torcer el morro. El campo seguía prístino bajo el gris plomizo y deprimente de un cielo absolutamente encapotado, pero la carretea empeoraba a marchas forzadas, cada vez más sucia, mojada y amenazante. El trayecto hasta su casa no era largo, apenas cuarenta kilómetros. Los primeros diez por esa carreterucha de doble sentido que se ponía hecha un asco cuando caían cuatro copos, y el resto, por una autovía que lo que lo que ganaba con su asfalto de penúltima generación, sus arcenes y su cartelería electrónica, lo perdía por las hordas de coches que se lanzaban desenfrenados a la capital a un kilómetro por debajo de la velocidad que detecta el radar, tan pegados unos a otros que los conductores casi empañaban con sus alientos los cristales traseros del coche que les precedía, donde un mínimo toque de freno provocaba un efecto dominó de chirridos y luces destellantes de kilómetros. La locura de todas las mañanas.

El médico iba a pasar por uno de sus pueblos antes de volver a casa. Era apenas un desvío de cuatro o cinco kilómetros, para recoger a una paciente que tenía que acudir a una cita con el cardiólogo. Se lo había comentado la mañana anterior cuando fue a visitar a su padre que se peleaba con los mocos verdes que estaban de campamento en sus bronquios de fumador de Celtas cortos. Era algo que hacia con cierta frecuencia, compensaba en parte los horrorosos horarios de los dos únicos autobuses que llevaban a la capital, en un viaje de más de  una hora que te obligaba a llegar allí casi antes de que se acostaran los más trasnochadores, y prácticamente pasar el día entero haciendo tiempo para volver a casa hasta la salida del autobús de vuelta. Además conseguía compañía, una charla amena que le mantenía más despierto al volante que el mejor de los Red Bull, aunque sin darle alas, claro.


Al coche le costó algo arrancar. Era un todo terreno, casi inevitable para bregar con las nieves y esas carreteras comarcales, pero se le notaban ya los quince años que arrastraba y los trescientos mil kilómetros que le contemplaban. El médico sonrió con el ronroneo algo asmático del motor, aun tendría que dar mucha guerra, como él. Como había visto desde la ventana, la carretera estaba mal, en una mezcla peligrosa de barro, nieve y algunas placas de hielo, pero el mastodonte que conducía digería bien esas dificultades y en poco menos de quince minutos lo dejaba al ralentí ante la puerta de la paciente, que en cuanto escuchó el motor, salió apresurada y se montó dedicando los cinco primeros minutos a los agradecimientos pertinentes.


El viaje se ajustaba a los esperado, charla amable sobre el padre de la mujer, el maldito tabaco que llevaba quemándole los pulmones desde que era casi un niño y que nunca fue capaz de dejar del todo,   cosillas sobre las próximas fiestas, algún cotilleo sabroso e inevitable y alguna consulta propia y familiar, como no podía ser de otra manera cuando pasas el tiempo en un sitio tan pequeño con un médico. El sueño se iba diluyendo poco a poco en los efectos de la cafeína, el agua de la ducha y la conversación de carretera. En la autovía el tráfico respondía a su calificativo de hora punta con precisión infernal, obligando al médico a redoblar precaución y atención a partes iguales. El cuerpo responde reconociendo las rutinas de forma inconsciente, lo que debería hacerlo todo más fácil, pero aquel día la carretera y sus placas de hielo no pensaban poner nada de su parte, ni tampoco que todo el mundo sacara su coche por miedo a la nevada que parecía prometer el cielo, ni que el cansancio no se  hubiera retirado vencido, sólo hubiera quedado en segundo plano, pero siguiera haciendo de las suyas en los reflejos y en los sentidos.

Todo ocurrió como ocurren siempre estas cosas, de esa forma que sólo son capaces de reproducir los científicos de los atestados, cuando las ambulancias retiran de entre los hierros retorcidos, chapoteando entre el barro y la sangre, a esas dos personas que al levantarse aquella mañana, seguro que no pensaron en cuántos sueños les quedaban aún por cumplir.


(Este es mi pequeño homenaje al compañero que falleció recientemente en un accidente de tráfico junto con una paciente a la que llevaba a la capital. No es su historia, ni siquiera se si tiene el más mínimo punto de conexión con la realidad. Es solamente una historia más, que pudo pasar, o que puede que pase. Con mi más sentido pésame para ambas familias).





lunes, 7 de mayo de 2018

37 minutos y 33 segundos

El día había nacido torcido, como se tuercen algunas veces las buenas intenciones: hacía un frío que no correspondía a un sol que andaba presumiendo de primavera y que había engañado a todos a la hora de abrir el armario; el aguacil, madrugador y diligente, había encendido las bombas de calor con ánimo mitigador de la realidad, pero sin percatarse de que el cambio estacional las había pasado a su versión más fría, y la consulta y la sala de espera estaban heladas cuando aterrizaron médico y pacientes.

Para más inri, el pobre hombre de la gastroenteritis traía una cara para asustar a médico, residente, enfermero, hermana y esperantes, así que la consulta normal se paraliza y el trasiego de cables y aparatos detiene el tiempo, que tampoco es que se preocupe especialmente porque sabe que el peaje lo tiene cobrado por adelantado. Y habíamos contado que el día fue parido torcido, y en virtud de su torcedura, la maquina de descifrar corazones decide joderse con el capricho que lo hacen las máquinas insensibles.

La tristeza del bocadillo envuelto en papel de aluminio comido en el coche entre una y otra consulta es infinita. El tiempo se sonríe con risa cabrona cuando se cobra su peaje. El que avisa no es traidor. Y el día malparido sigue adelante.

Que haya gente esperando en la pequeña plaza del exterior del consultorio es sólo otra pista para sherlocks torpes. Ya nadie le va a regatear la etiqueta de día jodido al día de la fecha. Aun con el regusto a queso calentorro entra repartiendo saludos afectuosos, por aquello de que qué culpa tiene nadie cuando se tuercen los astros.

En el pasillo está ella sentada como una aparición, en una silla de ruedas, con vestido blanquísimo como cuando fue una joven hippie que apreciaba el Technicolor de la vida de los setenta, pero con una rictus incapaz de ocultar los años de dolor que le han convertido en ese ser pegado a unas ruedas falsas. El contacto visual presagia el ojo del huracán, el barco de George Clooney poniéndose vertical en la cresta de la ola gigante a punto de irse a pique.

La consulta empieza con ese salpicón de teléfono tan útil pero tan irritante. En realidad pasas el día a treinta segundos de estampar el puto teléfono contra el esquema de los dermatomos de la pared. Bendito autocontrol. Después de cuatro o cinco consultas de esas anárquicas e impredecibles, de esas de orgasmo primarista, es su turno. Acomoda la silla de ruedas en el espacio que el médico ha preparado para ella entre la sillería habitual. Trae una carpeta amenazante y rebosante a partes iguales.

Vive su vida entre tres hospitales, las cosas de tener tres casas en tres provincias diferentes y todo el desparpajo burocrático del mundo para que su tarjeta viaje entre sistemas sanitarios en el éter informático. Pero la realidad la marcan los papeles con Times New Roman repletos de números, de pruebas, con diagnósticos pisándose el terreno unos a otros y medicinas que prometen la analgesia suprema pero sólo le dejan un temblor oneroso en las manos y unos mordiscos indecentes en su memoria.

Una semana ingresada después de probar la enésima pastilla condenatoria la ha devuelto a la libertad provisional bajo fianza de subir la dosis de la dichosa droga hasta el límite tolerable. Y ha vuelto a la única casa en la que aún mantiene un médico de cabecera. Y salvo la sensación de impotencia que rebosa toda la consulta, salvo dejar pasar los minutos, salvo intentar desentrañar el enigma de la esfinge, el médico de cabecera no se ve capaz de ofrecer mucho más, en el papel más mate e ingrato que han repartido los dioses de la Medicina, el que da la mano, pone la oreja y los otros cuatro sentidos en escucharla, y, cuando al fin gira su silla de ruedas y sale por la puerta, parar el cronómetro en treinta y siete minutos y treinta y tres segundos.










lunes, 30 de abril de 2018

Somos lo que somos

Hay ocasiones en las que te enfrentas a la pantalla del ordenador con el inconfesable deseo de la intimidad, momentos en los que el ego del escritor quiere ser arrinconado por el ansia de abrirse las entrañas y derramar las tripas por la hoja en blanco, en los que el guiño del cursor parece convertirse en una invitación a quedarse en pelotas. Entonces agradeces los puentes, las fiestas que mantienen a la gente alejada de redes y demás trampas de captura y les permiten correr libres por las carreteras, los prados y los cortes de mangas al jefe cabronazo, a la rutina pelma y a la compañera de piso insoportable.

Entonces te pones a escribir para ti sólo y te ves leyendo en la pantalla del ordenador, a principio de semana, en un rojo llamativo y poco respetuoso, la palabra éxitus bajo el nombre de la mujer a la que has ido a ver casi cada viernes en los dos últimos años. Aunque esperas la noticia, te golpea con el punch de un campeón del mundo de los pesos pesados, quizás porque aun después de tantos años, sigues teniendo la mandíbula de cristal.

Trasteas en las notas de los médicos del hospital para leer cómo pasó sus últimas horas, y sonríes recordando cómo bromeabas con ella cuando le contestabas a sus profecías agoreras pidiéndole que lo que tuviera que pasar fuera en fin de semana para que no te llevaras el disgusto. Cariñosa y obediente hasta el final.

Dos años acompañándola en esa ruleta trucada de la fortuna que le habían deparado unos bronquios de papel, capaces de cerrarse si piedad hasta protestarle cada molécula de O2 atmosférico, un corazón   de los que no caben en el pecho, pero que iba rindiendo poco a poco su fracción de eyección, y tres o cuatro vértebras de gomaespuma que decidieron ceder a los kilos y los corticoides y regalarle una sarta de dolores de esos que los médicos llaman DCNO y que traducido viene a ser algo así como un puto martirio que al que le toca, se puede dar por jodido.

Dos años de sentarse en una silla frente al sillón donde pasaba las horas, con el perro abandonado que  trajo con su adopción la alegría y el acompañamiento a la casa, y el martirio a los antiguos reyes del hogar, los gatos. El perro que tenía que estar en medio, entre el médico y la paciente, pendiente de la cara del galeno tras la auscultación, como si fuera un residente más, atento a los gestos y las palabras.

Dos años de croquetas y huevos de corral que llenaban los platos de los chiquillos de tortillas anaranjadas devoradas en un abrir y cerrar de ojos, de dos besos de despedida y la tranquilidad que reflejaban sus ojos cuando ese fin de semana el sábado se volvía de confianza porque a sólo cinco kilómetros se batía el cobre el médico que mejor la conocía y la entendía. Dos años de ajustes finos y de trazos gruesos en el cuaderno donde anotábamos el tratamiento, de conocer la vida y milagros de las residentes que rejuvenecían al viejo maestro y que aprendían el lenguaje de sus bronquios y de su sonrisa encantadora como el abc de la medicina de cabecera.

Dos años robados a los hospitales y regalados a todos los que subían la cuesta hacia su casa y admiraban las flores que cuidaba con mimo su marido.

La semana se cierra en una cena de compromiso. Vuelvo a ver a mi capitán, el jovenzuelo aquel que se atrevió a fundar en nuestros corazones el club de los poetas muertos, diez años antes de que Robert Sean Leonard y Ethan Hawke se subieran encima de la mesa para seguir al fin del mundo a Robin Williams, el tipo que entró en nuestras vidas de niños de once años para enseñarnos que debíamos dejar un mundo mejor del que encontramos, y con el amor con el que siempre lo hacía todo, darnos esa patada en el culo para abandonar la niñez y empezar a transformarnos en hombres. Le veo en esa silla de ruedas que le acompaña desde que el libro de la vida arrancó las páginas donde seguía jugando al balonmano, donde seguía instalando tirolinas en los árboles más altos en los campamentos y escalando montañas con sus retoños apenas capaces de seguir sus pasos, y no puedo evitar sentir el río de lágrimas que amenaza con cerrarme el gañote cuando me acerco a saludarle.

Me recuerdo con apenas catorce años mirándole a través de una ventana de cristal, sobre una camilla, con una pesa sujetándole el craneo y un tubo de plástico llevándole directamente a los bronquios el aire imprescindible, la visión de mi héroe, mi capitán, transformado en un guiñapo con la médula seccionada y la vida pendiendo del hilo bromista del destino.


Han pasado más de treinta y cinco años. Sonríe con la sonrisa que hubiéramos seguido aquellos cuarenta chavales al Polo Sur, me mira seguramente recordándose joven y fuerte, tal y como yo me transmuto en el niño que conoció. Leo lo que escribes y tengo una sobrina haciendo Medicina de Familia a la que le digo que te lea también. 

Yo sonrío como si me hubieran entregado allí mismo el Premio Nobel. Y es que somos lo que somos porque somos lo que somos.














lunes, 23 de abril de 2018

Lo dejo todo

Marcos lleva casi dos noches sin dormir. Ha intentado meterse en la cama, pero las sábanas le queman como si fueran de plomo derretido, así que termina apartándolas de una patada y regresa a la cocina. Es la única habitación de la casa en la que su mujer le permite fumar, y la atmósfera ha ido adquiriendo tintes londinenses que no terminan de airearse, por mucho que se empeñe en dejar entrar el frescor nocturno.

Menos mal que ella no tiene que soportar estos insomnios salvajes. Si tiene suerte, estará sentada echando una cabezada rápida en una de las modernas máquinas de tortura que colocaron en el estar de enfermería de su planta del hospital llamándolos sillones con toda la desfachatez. Pues seguro que esas noches serán más confortables allí que si las hubiera compartido con Marcos.

Por la tarde, tras la primera noche de ojeras eternas, llamó a su tutor para comunicarle su decisión de abandonar la residencia. Fue una llamada breve, mucho más de lo que se esperaba, porque el tutor primero le había soltado un exabrupto, con esa llaneza con la que se había acostumbrado a hablar después de casi treinta años de médico en el pueblo. Y luego le había emplazado a comer juntos al día siguiente, según le dijo, para plantarle una par de hostias bien dadas.


Así que allí estaba, sentado en el reino de formica de su cocina, llenado ceniceros de colillas y cenizas, pensando en cómo explicarle a su tutor el follón que tenía en la cabeza.

Había llegado tarde a la residencia; era un lunar en un mundo de jóvenes entusiastas recién paridos de sus facultades, con la tinta todavía fresca de la firma del nuevo rey en el título de Medicina. A él el suyo se lo había firmado el emérito cuando aun eran originales todos los huesos de su cuerpo. Había sabido baquetearse en la dura vida del médico atitulado, en ese limbo suburbial de residencias de ancianos, centros de reconocimiento de conductores y mutuas laborales, un mundo sin piedad donde uno considera estar en buenas condiciones laborales si el látigo del capataz tiene solo tres puntas en vez de siete y los grilletes no te quedan demasiado apretados. Pero la necesidad apremiaba, las suplencias que iba consiguiendo su mujer como auxiliar en el hospital sólo tapaban algunos parches pero no cerraban la boca voraz de sus dos hijos ni del banco dueño de su hipoteca.

Y para que negarlo, tampoco había sido nunca de naturaleza brillante, digamos que había sido un peleón con suerte y constancia, una combinación capaz de llevarle al final de la carrera un par de años  más tarde que sus compañeros de promoción, pero claramente insuficiente para mayores aspiraciones.

Y luego estaba el tema de su autoestima, esa señora que dicen los libros de psicología que debía estar escondida en alguna parte, pero que él no conseguía encontrar, y ya hasta había abandonado el esfuerzo de hacerlo. Si alguna vez creyó ver su reflejo de lejos, quizás al recoger el diploma con su nombre en letra de fraile copista muy cerca de la palabra Medicina, enseguida se dio cuenta de que era sólo un espejismo.

Los años pasaron a la velocidad que acostumbran, dándonos esas bofetadas de realidad que tanto le gustan a la vida, cuando vamos a coger en brazos a nuestro hijo pequeño y nos atiza el lumbago porque pesa lo que el guarro de San Martín, o cuando vamos a dar un beso al mayor y nos mira con cara de avisar a la ambulancia psiquiátrica. Y también es verdad que hay un límite para la insatisfacción. Así que cuando llegó a ese límite, se lió la manta a la cabeza y recuperó la constancia perdida, y asombrosamente, hasta la suerte, pues aquel año los hados tuvieron a bien ser benevolentes con las preguntas y no es que se abriera la mano, es que se le cayeron cuatro de los cinco dedos.


Su mujer y él habían asumido lo que significaba la residencia, pero los niños eran más mayores, ella había abandonado la trashumancia por una placita de interina eterna en planta y la merma inicial de vida familiar e ingresos era perfectamente asumible. Cuando se vio en medio de aquellos jóvenes aunque sobradamente acojonados, con sus risas, sus iPhones pegados a la mano, sus Nikes sin calcetines y sus mom jeans, se dio cuenta de que a lo mejor las cosas no iban a ser tan fáciles como podría haber supuesto.


Los principios no fueron buenos, como dicen que les gusta a los gitanos. El problema es que las continuaciones tampoco fueron muy allá: el bombardeo de información era comparable al blitz de la Luftwaffe, con la diferencia de que su cerebro amenazaba con la rendición total desde el primer día. Pero en casa encontró en su mujer a su Churchill particular y frente a los apuntes, los libros, los artículos, el ordenador, recuperó la constancia al mismo tiempo que las ojeras que había desterrado con los pañales de los niños, y que se le habían amoldado a la cara como si nunca se hubieran marchado de allí.


Cuando pisó por primera vez los pasillos de la Urgencia, supo que aquel era su particular páramo hostil. En ese ambiente los zuecos se convertían en plomo, los sesos se alzheimizaban como si los hubiera frito una silla eléctrica. Cada uno de sus músculos, de sus huesos y articulaciones le gritaban exactamente los años que tenía, sin dejarle quitarse ni un par de meses. Sí, es cierto que todos sufrían el estrés, las prisas, el cansancio acumulado, que todos en algún momento se sentían solos, abandonados o superados. Pero él era un muerto viviente empapado en el pánico más atroz y limitante, un viejo inútil y babeante que no se cagaba encima porque en el último momento recordaba que no llevaba puesto el Incontinence Pack.


Así que después de dos años de terrores nocturnos preguardia, de refundar el estoicismo como un nuevo Zenón cada vez que le gritaba algún adjunto, cada vez que escuchaba el comentario despreciativo o insultante de residentes que se hacían llamar compañeros porque iban al mismo wáter durante las guardias, cada vez que se tatuaba en el rabillo retiniano el suspiro o el resoplido de quien le veía entrar por la puerta del pasillo de urgencias, después de dos años esforzándose por perder esos miedos, por ser capaz de razonar con un mínimo de lógica aristotélica, de dejar de responder a las preguntas como un novio quinceañero ante el padre de la novia, había decidido dejarlo, volver a los suburbios del sistema, incapaz de afrontar ni un minuto más.

Y a la mañana siguiente, estaba seguro que su tutor intentaría convencerle de que diera marcha atrás, estaba seguro de que le contaría casos aún peores que el suyo, casos irrecuperables que terminaban en antidepresivos y otras drogas algo más ilegales. Estaba seguro que le diría que no necesita ser un buen urgenciólogo para ser un buen médico de cabecera, y que él encerraba los ingredientes de un buen médico, o al menos un médico capaz de haber felices a sus pacientes, algo que sólo podría hacer un buen médico. Estaba seguro de todo ello. Pero no estaba dispuesto a quemar ni un minuto más de su vida. La decisión era irrevocable aunque saliera del restaurante con el par de hostias puesto. Así que aplastó la colilla contra el cenicero y, bostezando, se fue al fin a la cama.












lunes, 16 de abril de 2018

Fama

Estaba tumbado de medio lado bajo una palmera, junto a la playa. Escuchaba el chisporroteo de la hoguera a punto de extinguirse, los ronquidos suaves de sus compañeros de naufragio, el removerse inquietos sobre la arena, recordando los colchones de sus casas... y el zumbido perenne de la cámara grabándoles, esas imágenes en grises fantasmagóricos que era incapaz de entender que hubiera una sola persona en el mundo interesada en ver.

Y así, dándole la espalda al zumbido insoportable, magullado y hambriento, con la piel como un pergamino viejo, lloró en silencio, procurando que el llanto no desenmascarara la aparente inmovilidad de su falso sueño.

Era inútil, por más que lo intentaba no conseguía descubrir en qué momento todo se le había ido de las manos y le había llevado hasta allí. El era un médico de pueblo sin más pretensiones que ir cada mañana a su consulta, atender a sus parroquianos entre el café de la mañana y la cerveza al finalizar el día, sus ancianos esperándole en sus casas, apartando las cortinas rayadas para dejarle entrar con el respeto propio de una autoridad que se digna a pisar tan modestas moradas. Una vida tranquila, sin ambiciones, sin brillo, pero confortable, a la que había aprendido a adaptarse aquel hijo de cirujano de las más altas instancias del país, que no había podido seguir la estela de su eminente padre más que renqueando y dejándose en el camino del MIR todas las aspiraciones de sucesión de la corona que se había imaginado su ilustre predecesor.


Pero la realidad era que él se sentía cómodo en su vida provinciana, en sus rutinas amables, en sus charlas de bar de la plaza. Aprendió pronto a sobrellevar el desprecio casi palpable en los comentarios paternos, por el procedimiento disruptivo de poner en el mismo nivel las intrincadas operaciones del cirujano jefe con las visitas a la casa de la anciana que quería morirse en su cama, sin que la pusiera la mano encima ningún otro médico que no fuera el suyo de cabecera, las consultas de la realeza con las del paisano que dejaba el tractor a la puerta del consultorio para llevarle unos melones y de paso consultarle por la de veces que se tenía que levantar cada noche a mear, con el frío que hacía en su casa. Su padre terminaba por callar porque notaba el desafío del enfrentamiento a cada réplica y no le cabía en la cabeza que alguien quisiera discutir con él con tan pobres argumentos.


Así que la vida fue pasando, como lo hace siempre, con ese deje tan suyo de monotonía y placidez. Hasta que un buen día aparecieron por su consulta un par de jóvenes con un look radicalmente distinto al local, y le propusieron una entrevista: la ruralidad estaba de moda, como las barbas aceitosas y las camisas de leñador. Abandonar las grandes urbes y volverse a las ubres para beber leche recién ordeñada era la última moda, y los señoritingos de las revistas fashion del reino urbanita habían descubierto que en esos nuevos parques temáticos del retiro del mundanal ruido aún quedaba un puñado de gente entretenida en hacer algo por la salud de los parroquianos. Y allá que se fueron, como quien va en busca de exteriores para rodaje, y en el casting descubren en el médico del pueblo un "ángel" en el que ven posibilidades como sólo saben verlo los headhunters de la farándula. El principio, como todos los principios, fue una mezcla de temores y un deseo de reivindicar y reivindicarse, todo suficientemente mezclado y macerado como para que no se percibiera el tufillo a podrido que soltaba la vanidad y el orgullo.


Sí recuerda allí, con la cabeza sobre la almohada improvisada de hojas que le separa de la arena, las primeras entrevistas, el hablar franco y la imagen de confianza que transmitían las fotos, cómo calaban en la gente, cómo despertaba en él una capacidad comunicativa que en realidad era sólo elevar a la enésima potencia el rifirrafe del día a día de la consulta. Y poco a poco, como si se hubiera licuado e introducido en unos vasos comunicantes gigantes, había ido pasando de unas radios a otras, de unos periódicos a otros, de unos platós a otros, hasta que su sonrisa se convirtió en la sonrisa del médico de cabecera de medio país.


Y en las reuniones familiares disfrutaba en secreto viendo a su padre fruncir el ceño cuando sus cuñados le preguntaban por los famosos a quienes conocía en los programas de la televisión, y se lo pasaba en grande contando alguna anécdota picarona que había escuchado off the récord de alguno de los insignes pacientes operados por el patriarca del clan.

Pronto tuvo varias ofertas para pasarse al lado oscuro de la comunicación. Tenía que abandonar su consulta, porque los contratos exigen jornadas completas, servidumbres de la fama. Y dudó durante varias noches, aun en su cama de colchón de viscolástica, porque de verdad había aprendido a amar su trabajo. Pero cuarenta días en el desierto con el demonio comiéndote la oreja a tiempo completo era demasiado para cualquiera que no fuera el hijo de Dios, y los oropeles de la fama deslumbran como la madre que los parió.

Y así acabó paseando palmito en varios programas de uno de los imperios del monopolio, primero en secciones dedicadas en cuerpo y alma a la salud, y, poco a poco, que las ventas del alma pueden ser perfectamente a plazos, en otras secciones dedicadas en cuerpo y cuerpo a mantener a la audiencia con la pestaña pegada a la LED a cualquier precio.


Así que, con las lágrimas ensuciándole aún más la cara de lo que la tenía, medio en pelotas en esa playa falsamente desierta, con micrófonos grabando hasta los borborigmos de su hambre perenne, pensaba en lo que se estaría riendo su padre si no hubiera decidido morirse, y no metafóricamente, de vergüenza. Y se prometía a sí mismo que en cuanto amaneciera y las cámaras volvieran a grabar con la luz del Caribe, el cogería el portante y se piraría a pedir perdón a los pacientes de su pueblo por haberlos abandonado por un mísero plato de lentejas. Que se metan el reality por donde les cupiera. Y la fama, y el dinero. Sí, seguro que mañana lo haría.