lunes, 22 de agosto de 2016

La rozadura

Jennifer tiene dieciséis. Acaba de tocar el timbre de la puerta de urgencias del centro de salud de su pueblo. Son casi las doce y media, y los whatsapp se acumulan en su smartphone, repiqueteando sin parar. Es una parte más de su anatomía, un artefacto integrado a la perfección entre las palmas de sus manos y unos veloces pulgares de mecanógrafa de juzgado. Le acompaña una de sus amigas, a la que le cuesta el mismo trabajo liberar la vista del brillo de la pantalla. Mascan chicle, en sincronía casi perfecta. En un esfuerzo sobrehumano levantan la cabeza como si se tratara de un dúo de natación sincronizada y tras intercambiar dos enérgicas mascadas en un lenguaje de signos ininteligible fuera de la ESO, vuelve a tocar el timbre.

La verja metálica se abre al fin, y en el corto trayecto hasta la puerta de cristal interior vuela la información en la nube de los dedos hiperactivos. Dos o tres mensajes más leídos, una foto subida y comentada. 

Jennifer tiene dieciséis años de sábado por la noche, de falda cortisima y sandalias de pedrería con tacones de infarto de miocardio. Y una melena lacia que cae con estudiada dejadez sobre la mitad de su cara de niña, como un Cristo velazquiano, una cortina de reflejos brillantes que, cuando lo permita el móvil, quedará apartada tras la oreja el tiempo justo para deslumbrar con sus ojazos de dieciséis años de sábado por la noche. 

En la puerta las esperan dos tipos también de sábado por la noche. Llevan pijamas blancos con logos. A los que salen en  Anatomía de Grey les quedan de otra manera, piensan las dos amigas. Estos están despeinados y ojerosos. Tienen cara de sábado por la mañana, por la tarde y por la noche. 

En la misma puerta les preguntan qué les pasa. Las dos amigas vuelven a su sintonía de movimientos rituales: mirada a la pantalla del móvil, recogida del pelo tras la oreja, mascada de chicle. Puntuación de nueve noventa y cinco en ejecución. Algo menos en originalidad. Jennifer es escueta, mientras se señala las uñas en perfecto azul azafata de uno de los pies. Los dos hombres las ceden el paso y señalan la puerta de la consulta. 

Jennifer la conoce bien. Ha vivido siempre en el pueblo y se acuerda algo menos de las urgencias del viejo centro de salud, pero ella tenía siete años cuando inauguraron el nuevo y no es una novata en estas lides. Así que se dirige decidida a la primera puerta a la derecha. Frente al ordenador se sienta el que parece mayor de los dos hombres, mientras ellas se acomodan en las dos sillas de delante de la mesa. El otro tipo, más joven, se apoya en la camilla. Para una experta como Jeniffer, la colocación de cada actor ha repartido automáticamente los roles, así que, dejando el móvil sobre la mesa, se dispone a afrontar el interrogatorio habitual. 

A esos dieciséis años les espera una fiesta de verano de las que han olvidado la hora de volver a casa, les esperan exclamaciones de admiración ante la apabullante juventud y el empuje irresistible de la vida, les espera los comentarios envidiosos, las miradas dejadas en suspenso, la ilusión de no saber lo que les espera. Y esos dieciséis años no van a dejar que una inoportuna rozadura de aquellas maravillosas sandalias estropeen todas esas promesas. 

El médico deja de teclear y se pasa la mano por su pelo cano. No está mal, para ser un viejo, piensa Jennifer, que se pierde el cabeceo encabronado porque un destello de la pantalla le avisa de la entrada de más mensajes. Pero ella sabe que los médicos son bastante quisquillosos con eso de que se mire el móvil durante la consulta, así que solo echa un vistazo de refilón, mientras espera la siguiente pregunta. 


El médico resopla. Seguramente tendrá calor, con ese pijama tan basto. Le pide que se siente en la camilla y se la enseñe. Jennifer se levanta compaginando al tiempo la caída del pelo sobre su cara. Otro nueve noventa y cinco en ejecución. Se sienta sobre la camilla con toda la gracia de movimientos que le falta al enfermero mientras se retira para cederla el sitio. 

El médico tarda en levantarse y Jennifer se impacienta, aunque pregunta muy educadamente si debe quitarse la sandalia. El enfermero contesta con un alzamiento bilateral de arcos supraciliares y una mirada al bies que ella no sabe interpretar, así que por su cuenta se la quita y pone su piececillo de cenicienta de uñas azafatas sobre el papel azul cielo. Un contraste bastante bonito, piensa. 


El médico sigue mirando la pantalla, como si tuviese todo el tiempo del mundo. Ella no lo tiene. El tiempo es un bien demasiado preciado en la adolescencia. Es algodón de azúcar, dulce pero breve. Menos mal que el enfermero se pone unos guantes (también azules: sin duda, un éxito la elección del color de las uñas) y empieza a examinar la rozadura. 

Jennifer sabe cómo son los médicos. Hasta hace un par de años era una visitante asidua de su pediatra. Siempre le recordaba cúanto lloraba los primeros meses y qué preocupada estaba su madre porque no crecía. La niña no llega al percentil, no llega al percentil, doctora, habrá que hacerla una analítica. Esos son su peores recuerdos, las analíticas en sus esmirriados bracitos. Su madre y su abuela confiaban ciegamente en su pediatra, y en cuanto el termómetro pasaba de treinta y ocho, ella se veía jugando con los dos o tres juguetes cascados que tenía en su sala de espera. Dalsy y Apiretal, dulzones, su madre le dejaba rechupetear bien la jeringuilla. Casi siempre acababan así las cosas, pero qué tranquilas se quedaban ellas dos cuando la pediatra se lo decía. Si no fuera por el miedo a que se quedara canija. Así que del par de analíticas que recuerda con horror culpabiliza a su madre, que ponía a la pobre pediatra la cabeza como un bombo.

 Las otras dos de los últimos años sí fueron cosa de ella, y de su nuevo médico de cabecera. Aquello era otro nivel, la trataba como a una adulta, daba gusto ir a su consulta. Y ella no tenía la culpa si se la caía mucho el pelo, que menos mal que luego no le faltaba ninguna vitamina, ni tampoco tuvo culpa de adelgazar tanto, sin hacer casi nada, excepto comer como un jilguero, claro, que si no, ya se sabe lo que pasa. Fue todo un alivio que el tiroides funcionara bien. Una nunca sabe. 

El enfermero le ha limpiado la rozadura y puesto un pequeño apósito. Al calzarse de nuevo no siente esa incómoda molestia. Pero cuando salga de allí se lo quitará, porque cualquiera aparece en la fiesta con ese adefesio atrayendo las miradas, en vez de la pedrería y el azul de las uñas. 

El médico no se ha levantado de la silla. Desde luego hay algunos que no se merecen el sueldo que les pagan. Ha dejado caer el informe sobre la mesa con total desgana, cosas de viejos cascarrabias. Si no te gusta tu trabajo, búscate otro. Los pitidos y vibraciones devuelven a Jennifer a la tiranía de las 4G. Las dos amigas se levantan renovando la sincronía y los dedos recuperan su vida propia sobre las pantallas. Jennifer deja caer un adiós mientras se cierra la verja tras ella. Al subirse en el coche que las espera, le parece ver la silueta de los dos hombres mirándolas en la puerta. Lógico. 

El lunes sin falta vendrá a contarle a su médico lo mal que la han tratado. Antes de perder la cobertura, deja cogida la cita con la nueva App. 











lunes, 15 de agosto de 2016

El médico en su laberinto

Ya no me siento a gusto en los hospitales. En ese asincrónico discurrir del tiempo que existe en nuestras cabezas, no hace tanto que me desenvolvía en sus pasillos como pez en el agua. Tarareaba en mezzo tono mientras iba de un lugar a otro con el caminar decidido de quienes se saben en su elemento. Saludaba a diestro y siniestro, sonreía a unos y otras dándole aire al vuelo de la bata blanca en los controles de cada planta. No voy a decir que fuera el amo, pero un familiar suyo, seguro.

No hace tanto, sigue diciéndome ese reloj del relojero loco de Alicia en la cabeza. Solo mil años. En cada habitación había dos historias, o doscientas, a veces esas puertas abiertas transpiran desamparo. Casi siempre. Pero yo era el médico. No voy a decir que no sintiera el zarpazo de la empatía ante los ojos tristes y el olor a comida sin sal y sin terminar, pero la vida estaba fuera de esos pozos de desesperanza y en el remanso de los despachos donde cocinábamos informes, pruebas, diagnósticos y tratamientos. Seres que sobrevolábamos las miserias durante la hora de pasar planta. 

No digo que esta sea la realidad de los hospitales: digo que era mi realidad, la de un joven cachorro al que la Medicina aún no le había puesto en su sitio. Pero vamos, no tenía prisa, ya se encargaba ella de marcar sus tiempos. 

Han pasado sesenta segundos mentales de aquello, veinte años del calendario gregoriano, mucho más inmisericorde. La Medicina le ha cogido el gusto en estos años a despojarme de la vanidad a guantazos. Y ahora ya no me siento a gusto en los hospitales. Cojo el ascensor de las visitas, mirando de reojo el más rápido del personal. Subo hasta la quinta planta. Tengo anotado en un papel los números de las tres habitaciones. He perdido todos los instintos y recurro a los carteles  y las flechas indicadoras. Hay poca gente en los pasillos, pero aún distingo los personajes, la insultante juventud de los residentes y su andar decidido, la reflexión esquiva de los adjuntos más mayores, la supremacía quirúrgica de los pijamas azules y el poder de abrir a un ser vivo, las miradas breves de las enfermeras al apartarme de sus eternas prisas. Algunas cosas permanecen inmutables. 

Las tres y media es hora de siesta hospitalaria. La puerta está entreabierta y asomo la cabeza con la timidez requerida. El primero de mis pacientes está tumbado de medio lado mirando sin ver el parloteo de la televisión. Su mujer ojea una revista del corazón de esas que parecen entregarse con la hoja de admisión. Entremezclamos las sonrisas. Les hace ilusión verme. Hablamos de las pruebas, de la comida y hasta de política. Su mujer me acompaña hasta el pasillo buscando esos momentos de intimidad y revelaciones que te hacen un nudo en la garganta. 


Bajo dos plantas por las escaleras. El perro viejo detecta el alboroto controlado del cambio de turno enfermero, pero pesa el silencio. Es la visita más difícil. Las habitaciones individuales suelen ser malos presagios. En la cama la vida se escapa a chorro. Abre los ojos y dice mi nombre y tengo que reunir siglos de autocontrol para no echarme a llorar. Las lágrimas de todos flotan en al aire como el ozono malo. 

En el pasillo todos movemos la cabeza en el signo universal de la rendición ante el poder sin límites de la vida y la muerte. 

Aún me queda otra visita, un piso más abajo. El mismo silencio, las mismas revistas dejadas apresuradamente en el regazo. Queda espacio en la pequeñísima habitación para las bromas, y las risas se llevan el olor a bolsas de orina y enfermedad. 

Cuando salgo del hospital hace un calor terrible. No me encuentro a gusto en los hospitales, no.  Aunque quizás haya aprendido a sobrevivir en mi laberinto.



                          
La foto está tomada desde la terraza descanso sin salir de mi laberinto














lunes, 8 de agosto de 2016

Holgazanólogico

Las últimas guardias previas a las vacaciones son terribles. El calor aprieta y no lo mitigan los aires acondicionados de la consulta ni del coche. Las bermudas, los morenos, las suturas de las heridas piscineras, el puntillo verbernero en los ojos de los pacientes, esa pregunta picarona sobre las mixturas de analgésicos y enoles variados, todo contribuye al efecto llamada. Sólo que la llamada nos pilla sin los tapones de cera de Ulises para las orejas y estamos a un paso de abandonarnos en los brazos de las sirenas. Como el propio Ulises, sobrevivimos atados por la profesionalidad al mástil de la famosa atención continuada o urgencias, a gusto del consumidor. Sobrevivimos, sin más.

El domingo de agosto achicharraba las neuronas, y parecía decidido a llevarnos de pueblo en pueblo en un tour barato sin derecho a micción gratuita. Era la primera guardia que compartía con mi nuevo residente, a su vuelta tras un primer mes de estancia en el servicio de urgencias del hospital, el aviso de una "mili" que promete dureza y pocas bromas. La verdad es que traía ojillos de perrito expósito agradecido.


En la última salida, abandonamos a la enfermera en la consulta nadando en un mar de silvedermas y linitules. Ustedes me perdonarán por el continuo metaforeo marítimo. Era la hora punta, el mediodía de los servicios sanitarios, y nos llamaban a capítulo de uno de los pueblos de la perifería (con acento, como les gustaba a los profesores pedantes de la Facultad).

Un fuerte dolor abdominal retorcido en una hernia umbilical eran los causantes, así que, dada la temporal inutilidad de la presencia de los servicios médicos en la consulta, decidimos no demorar las cosas innecesariamente. La informática nos ofrece cierto consuelo a quienes vivimos de la longitudinalidad, y tampoco se tarda tanto en un rápido vistazo a informes hospitalarios, ingresos, medicaciones y otros antecedentes, un repaso pre-examen de última hora, de los que son siempre de agradecer para no aterrizar con las posaderas al fresco.


Así que allí nos encaminamos. Los kilometros esteparios se prestan a conversaciones de enjundia. Bueno, para que nos vamos a engañar, es que uno es un plasta de categoría. Hablábamos sobre ese pecado tan humano de la vanidad, que siembra en nosotros pensamientos sobre la consideración que despertaremos en nuestros colegas: pensarán que cómo me atrevo a derivar a este enfermo al hospital, murmurarán que cómo no me he dado cuenta de tal o cual síntoma, sonreirán ante mi ignorancia por no haber utilizado éste o aquel tratamiento.

Intentaba espurgarle de semejantes defectos, por el procedimiento místico de pensar exclusivamente en el paciente, y mandar a tomar por donde amargan los pepinos lo que puedan decir de nosotros. Pero el misticismo, ya se sabe, tiene cierta tendencia a caer en manos inquisitoriales. Cuestión de fe.

En estas disquisiciones andábamos cuando llegamos a la dirección. Diez años haciendo guardias esconden la alegría de reconocer ciertas casas, recordar haber estado antes allí. Llegamos a la cabecera de la cama al mismo tiempo que mi cerebro ponía cara a todos los datos fríos que había recogido antes de salir.

- ¿Se acuerda de mi?
- Sí, hombre, el del cólico 
- ¡Está  visto que tenemos que vernos siempre en un ay!

Risas mientras nos apretamos la mano en un saludo de esos de pulgares cruzados tan de colegas que allanan todos los caminos. Luego aparto con cuidado la otra mano con la que esconde un bulto deforme que duele como todos los demonios y empiezo a manipular suavemente aquella anormalidad mientras entablamos una conversacion a la que le faltan las cañas y las aceitunas. Me gusta aquel hombre, con barbaza de sindicalista de la transición, y un cáncer de pulmón que le ha dejado una cicatriz de mordedura del tiburón de Spielberg.

- ¡Holgazanológico! - me dice cuando por fin notamos un borboteo en las tripas y el dolor desaparece como por ensalmo. - ¿No sabe lo que significa? ¡Dolores de holgazán!

Y nos ponemos a reirnos como si hubiéramos escuchado un chiste de gangosos de Arévalo. Se queda con un apaño a modo de faja de esos de los médicos de las trincheras, contándome los chascarrillos con los que se reía con el oncólogo y nos marchamos por donde hemos venido, de vuelta a las charlas filosóficas de la canícula y a dejar escurrirse las horas hasta que volvamos a ver el mar.










lunes, 1 de agosto de 2016

No tengo pueblo

No tengo pueblo. De niño, en mi pequeña ciudad provinciana, me costaba encontrar a alguien que sufriera ese mismo descaste. Al fin y al cabo, las ciudades llevaban décadas convirtiéndose en los sumideros de un país emperrado en abandonar el campo, un país donde la ruralidad era sinónimo de antiguo, de Corpus y capote de Guardia Civil, un país que quería llenarse la boca de Europa y de modernidad, así que le iban sobrando las grasas saturadas de los pueblos, empeñadas en engordar la cintura de sus ciudades, las de siempre, y las inventadas, las dormitorio o las del cinturón obrero, las pijas de los nortes, o las macarras de los sures.

Así que, en ese trastorno de la personalidad patrio, los niños eran embutidos en los utilitarios los viernes por la tarde y marchaban sin cinturones de seguridad y con las ventanillas bajadas hacia los pueblos de los abuelos. Allí se encontraban con los primos, y los primos de las primas de las hijas de las hermanas de leche, y se montaban en sus bicicletas y se bajaban al río a fumar a escondidas o a jugar a la botella, o se iban a pescar cangrejos con sus tíos de madrugada, o a correr detrás de los galgos por los sembrados. 

Y a la vuelta, morenos y lustrosos, contaban hazañas y aventuras, o se las inventaban, que a veces era mejor que haberlas vivido, porque en las invenciones no cabían los miedos ni las broncas o los cachetes de los padres. Y yo, con cara de imbécil, no sé si alguno más, no consigo recordarlo, pero no creo que muchos, yo, con cara de idiota me iba a casa jodido, renegando de la suerte que me había tocado, porque, yo, no tenía pueblo. 

El único atisbo de pueblo me quedaba lejos, en distancia y en generaciones. Pero era lo único que tenía, a pesar de no haber ido nunca, a pesar de no saber si aún quedaría alguien con una traza de mi ADN entre sus cuatro casas. Soñaba con que mis padres heredaban una casa antigua, de piedra, con una puerta enorme de madera gruesa, y volvíamos allí en las vacaciones, y al regresar, abandonaba el coro de escuchadores para convertirme por fin en relatador. Pero eran sueños de niño. La amarga realidad era que no tenía pueblo. 

Y aquella amargura no se atenuó cuando volví a la gran ciudad a abandonarme en la Medicina. Los pueblos se volvieron más lejanos, más variados y pintorescos, pero seguían estando presentes, sin distinguir clases sociales, de los cortijos a los chamizos junto a un embalse, aquel sentido de pertenencia, aquel enraizamiento parido desde la plaza, desde el pilón, desde los quintos y las comparsas, desde el camino hasta las eras, desde la huerta, aquella Candelaria, aquella Virgen de agosto, aquella matanza, aquel vareo, aquellos huevos de corral, me daban una soberana envidia y alguna cosa removían dentro de mi, algo que yo aún desconocía, como nos desconocemos a nosotros mismos, con inocencia. 

Luego vinieron los kilómetros de consulta en consulta, los cafés con leche en vaso en el bar de la plaza, el ritmo caribeño de la vida, el mercadillo de los lunes, las ancianas de negro en la puerta mirándote con ojos de qué joven eres para saber lo que a mí me pasa, el caso es que ya médico, qué barbaridad, ahora que, como don Alfonso, y ese algo desconocido dentro de mí que, empeñado en su anonimato, sin dejarme diagnosticarlo, va encargándose de crear una zona de confort en mis entrañas, algo cálido que te empuja a buscar un barbecho donde instalar ese cerro de raíces que llevas al aire desde hace tantísimos años. 


Y cuando por fin has madurado lo suficiente, el diagnóstico de eso que crecía en tu interior te viene solo, y sin necesidad de ponerle nombre. Has renunciado a otras plazas más urbanizadas, donde cuesta más ver las balas de paja apiladas tras la siega, Y te encuentras en la Misa mayor de las fiestas del pueblo donde llevas ya diez años de médico, con  toda tu familia en los bancos traseros de la iglesia. Recuerdas cómo te quería el padre de la mujer que pasa el cepillo, y te dice en bajito lo guapos que son tus hijos. Recuerdas la borrachera hipoglucémica del paciente que canta fervoroso en el último banco, y como os reísteis cuando se recuperó. Tratas de consolar a la hija del señor que han ingresado este fin de semana, y que tiene que contener las lágrimas cuando se acerca a contártelo. Saludas por su nombre a todos los que se cruzan contigo, el abuelo que obliga a sus nietos veinteañeros a acercarse a darte la mano, orgulloso como pocos de esos dos hombres a los que limpiaba los mocos hace unos minutos. Coges en brazos a la pequeña que en la consulta te abre los cajones y te saca lo que encuentra, bromeas con el pequeño que metió el miedo en el cuerpo de todos cuando pasó dos noches en la UCI. No consigues pagar la cerveza que te has tomado y tienes que disculparte para no salir del bar con tres o cuatro más en el cuerpo. 


Miras a tu alrededor y detrás de las caras ves las historias, en realidad, sólo pinceladas de las historias,  el resumen de un niño pequeño de Guerra y paz. Pero te basta. Y te marchas sonriendo, porque al final la vida ha sido justa en esto contigo y al menos por esta vez, ha saldado su deuda. 



  





lunes, 25 de julio de 2016

Sonrisas y sonrisas

Nadie lee los blogs en vacaciones, y hacen bien. Seguir escribiendo se convierte en un ejercicio de ajetreo profiláctico de la sesera. Y no está mal, porque hay seseras que necesitan urgentes remodelaciones, incluso el golpeteo de unos pensamientos contra otros, una recombinacion de ADN de las ideas, la generación de inspiraciones mutantes. Lo que viene en llamarse en román paladino, unas pajas mentales, vamos. 

Como decía, la evanescencia de los lectores en los tórridos cuarenta grados nos permite escoger derivas intimistas, andar de puntillas caminos de esos en los que nos vamos despojando de los ropajes hasta quedarnos como nuestras señoras madres nos trajeron al mundo. 

Un médico recuerda cómo empezó a estudiar Medicina con la inconsciente inocencia de los diecisiete ochenteros, los de hombreras y cabinas telefónicas, los de la guía Campsa y el 127 de tercera mano del colega con el que te marchabas a la playa en el último verano antes de ser universitario. Un médico recuerda que en esas aulas magnas de quinientos alumnos donde un tipo bajito con gafas recitaba con puntos y comas el Orts Llorca disfrazado con una bata, entre grupos de herederos dinásticos con cargas genéticas de cadenas pesadas, y humanistas rebosantes de amor al prójimo, los pueblerinos insensatos desubicados vagaban como almas en pena peleando por su huequecito, e intentando no morir en el intento de la búsqueda de El Dorado vocacional. 


Un médico rememora los largos años, los veranos con los libros esperándole sobre la mesa, recordándole su mediocridad, los amigos licenciándose y sumergiéndose en el mercado laboral y en los cubatas de pago en la barra, mientras él esconde la petaca estudiantil con la que amarga el dulzor de la Coca-Cola. 

Un médico puede verse a sí mismo mirando arrobado el primer carnet de colegiado, la primera nómina  mecanografiada en un papel amarillo. Un médico recuerda todos esos detalles mientras está tumbado en el sillón de cuero de su casa. Aquel día, como casi todos, apenas ha dormido cinco o seis horas. El día se queda corto y un médico nunca ha necesitado dormir demasiado, a Dios gracias. Son cuatro hijos, nueve años entre el primero y el último. Son al menos doce años de interrumpir el sueño por un llanto, o una pesadilla, o vaya usted a saber qué otra cosa. Son al menos doce años de aprovechar esa tendencia innata al trasnoche, que se alimentó en las tazas gigantes de café negro de los exámenes de junio y septiembre. 

Un médico, tumbado en el sillón de cuero, recuerda cómo empujó el amor por la Medicina para salir desde las entrañas, recuerda cómo, cuando ese amor se sentía fuerte e invencible, se miró a los pies y vio que los tenía de barro. Y se hizo más humilde, y así, un médico recuerda cómo se hizo mejor médico. 

Un médico escucha a sus dos hijos más pequeños trastear en el armario, se reparten algo con sus particulares negociaciones de mafia infantil. Y sonríe mientras piensa en cómo cada día de sus vidas, esos cuatro niños han escuchado a un médico hablarles con pasión de la Medicina, de los pacientes, de las consultas, de las guardias, de los compañeros, de los amigos. Un médico se escucha decirles que no imagina mejor vida para ellos que ser médicos, aunque sabe, y no les cuenta, que hay una ascensión a un ocho mil que debe hacerse sin oxígeno. Y un médico quisiera que sus hijos no sufrieran nunca jamás en esta vida. 

Un médico cierra los ojos mientras mastica estos pensamientos, y oye a la gente reírse de sus pretensiones de forzar la mano al destino. Y el también sonríe en esos segundos previos a la inconsciencia de la siesta en medio del barullo, porque lleva demasiado vivido para saber que al destino pocas veces se le fuerza mano. 

Y entonces recuerda la última conversación con el mayor de sus cachorros, en la cocina, como casi siempre, donde el diapasón de la vida no se permite ninguna interrupción:

- Hijo, ahora que vas siendo mayor, ya podemos hablar más en serio de estos temas. ¿A ti te gustaría de verdad ser alguna otra cosa que no fuese médico?

- ¡Pues claro que no, papá!

Y lo que más le gusta a un médico es la mirada de incredulidad de su hijo ante la pregunta, ese pensamiento que sabe le cruza al cachorro de este viejo está un poco p'allá.

Y un médico con la sonrisa puesta, suelta amarras para lanzarse al vacío del sueño, cuando siente algo frío en su tripa, y abriendo los ojos, encuentra a sus dos pequeños entregados a la más tierna de las exploraciones. 

El destino, sin duda, trazará sus caminos. Nosotros nos limitamos a serle infieles en lo posible. 













lunes, 18 de julio de 2016

Historias de verano

Por la noche, cuando parece haberse marchado el ultimo trasnochador, sale al exterior del edificio. Las noches de verano no tienen el silencio plomizo del frío, se empeñan en ser profanadas por chicharras enfurecidas, o risas estentóreas, o música bacaladera. No sabe si le gusta o lo lamenta.

Mete las manos en el pijama, levanta la cabeza y respira hondo. Dilata las alas nasales buscando la más mínima partícula, está seguro de que sería capaz de reconocer una dosis infinitesimal. Pero nada. Allí  sigue sin llegarle el olor a mar. 

Así que, cuando la realidad se pone cabezota, el levanta la barbilla y manteniendo los ojos cerrados, empieza asomar en su mente una bachata, y en sus recuerdos explotan las arenas blanquísimas de Boca Chica, el agua del color de las gemas, caliente como el baño de un bebé, encharcándole los pies morenos metiéndosele entre los dedos, hundiéndole al retirarse, como queriendo convertirle en parte indivisible de la playa. 

Entonces vuelve a dilatar las fosas nasales y ahora sí, ahora reconoce indudablemente el salitre y la piña colada, y sonríe y empieza a mecerse suavemente porque la música ha tomado el control y está chorreando la humedad agobiante, quedándosele la piel brillante como un piano recién barnizado. Y deja los segundos en suspenso porque la ficción sabe dejar en pañales a la realidad cuando le da la gana. 

Un coche frena ante la puerta, pero él se niega a romper el hechizo. Los portazos insisten en borrar la piña colada de su mano, el agua caliente de sus pies, el sudor de su cuerpo, la música de su cintura y sus piernas. Él lucha como los bravos, apretando los ojos y dilatando aún más las narices. 

- Oiga, oiga. Que venimos de urgencia. 

Mantiene la cabeza alta porque sigue en su Caribe. La música empieza a sonar a chicharras, el suelo es gris y basto. 

Oiga, ¿es usted el médico? ¡Que a mi novia le duele mucho el oído!

Ha soportado ya dos inhóspitos inviernos. El frío era para él una sensación buscada. El frío frío, él estepario, el inhóspito, el desagradable y cortante. Los pensamientos se le paralizaban en el limbo, y en el sistema limbico también. La primera bofetada le hizo hasta gracia, la segunda le desagradó como le desagrada la primera regañina a un niño mimado. Hubo entre medias un verano, pero supo de su existencia por las noticias, porque él lo pasó alternando aires acondicionados: de la consulta al coche, del coche a otra consulta, de la consulta al punto de guardia, del punto de guardia a otra consulta y los días de non, a un coche a pasear la calle de la capital a la hora de las putas y de los munipas chungos. 

Alguien le había vendido que "no" era una palabra impronunciable para un morenito caribeño como él. Aunque igual se lo había vendido el mismo, tampoco estaba seguro, porque tocaba perseguir el sueño europeo, que es como el americano pero con menos parafernalia de banderas. 

Pero este segundo verano aquello debía terminar. No reconocía la cara que veía en el espejo al levantarse. Buscaba y buscaba al joven al que su familia le hizo una fiesta el día que entró a Medicina en la Autónoma de Santo Domingo. Acudieron todos los vecinos de alrededor. Corrió el ron y la salsa y las risas y los bailes, y la gente le golpeaba la espalda como si fueran a desencuadernarle, y él se erguía tras cada palmetazo orgulloso de ser el primer médico que saldría del barrio. Y soñaba con trabajar en el dispensario de aquella zona de la ciudad, y que todos le saludaran al pasear o le invitaran al café de la mañana. 

No sabía dónde habían quedado todos aquellos sueños. Igual no podían facturarse en el aeropuerto. Los de la Pedro Henriquez volaban a Miami a convertirse en traumatólogos o cirujanos plásticos, los de la UASD se asomaban al mostrador de Iberia, que debía ser más bajito que el de American Airlines. 

Allí han terminado sus sueños, tristemente, como un aborto tardío. Allí, donde, para que el mar esté cerca, hay que recortar la silueta de Portugal.  Porque allí, perdidos en la meseta, parecía más fácil encontrar tres o cuatro trabajos al mismo tiempo, porque hasta entre los precarios existe una gradación, y hay bastante dinero esperando si tomas la decisión de no tener vida, y de olvidarte de una vez para siempre tu vocación. 


El timbre suena disruptor e hijoputa. 

- ¡Oiga, que le he dicho que es una urgencia! 

Inspira profundamente por última vez. Ya no queda ni rastro de salitre. La ficción será la leche, pero la realidad, como la muerte, solo tiene que sentarse a esperar. 

- Perdone, pase. 




Imagen de la playa de Boca Chica, la más cercana a Santo Domingo, en la Republica Dominica. 

lunes, 11 de julio de 2016

Nadie hablará de nosotros

Supongo que el arte de pasar desapercibido se tiene o no se tiene. Su hermano mayor y su hermana pequeña lo tenían, pero él no. Y no sería porque no lo había intentado, llevaba practicando desde que recordaba. Cuando su padre llegaba trastabillándose y llamaba a su mujer a voces, sus hermanos desaparecían como por ensalmo, y él parecía llevar encima un jersey fosforescente: se le veía a la legua. Intentaba quitarse de en medio silenciosamente, miraba alrededor buscando desesperadamente una cortina tras la que camuflarse, una mesa bajo la que esconderse. Pero no había manera. Y las bofetadas se mezclaban con un tufo apestoso a alcohol matarratas, y se revolvían con la amargura de las lágrimas y de los mocos, y ese revoltijo de sabores se le quedaba tatuado en el cerebro, en la memoria olfativa o donde carajo quiera que se almacenen las penas más negras.


Durante años se había dicho a sí mismo que aquel era un buen hombre. No lo quedaba más remedio, porque a ver quién era el guapo que se confesaba con don Anselmo de odiar al cabronazo de su padre. Y don Anselmo era compañero de los primeros chatos, y aunque le había visto en alguna ocasión reconvenirle, solo había sido en el par de veces que había dejado a su mujer el ojo a la birulé. Los dedos señalados en la cara de los zagales eran harina de otro costal. 


Los sesenta eran tiempos de cambios, de Beatles y melenas, pero no en el campo. Su hermano y él aparcaron las clases por los madrugones y las ampollas en las palmas de las manos. Los años hicieron desaparecer los golpes al tiempo que trasformaban sus cuerpos en robustos e incansables, y a aquel hombre que nunca supo decir basta en la taberna, en un despojo amarillento y de vientre hinchado que terminó sus días gritando sinsentidos desde los pocos pellejos que le quedaron. 


Los años pasaron y la vida siguió ralentizándose como acostumbra en tantas ocasiones. Su hermano y su hermana se fueron del pueblo a darse una oportunidad donde al abrir las ventanas les entrara un aire gris y sucio, pero que no oliera a tristeza. Su madre le miraba silenciosa, como había sido siempre. Pero el percibía el miedo a la soledad tras esa mirada y aquel miedo le encadenaba. 

La primera copa de su vida se la bebió cuando el médico le dijo que aquellos olvidos que ella estaba teniendo y los accidentes caseros que tanto le habían preocupado, era un Alzheimer. El sería un destripa terrones, pero sabía que esa condena no tenía posibilidad de recurrirse. Pidió ayuda a sus hermanos que desembarcaron con sus familias urbanizadas, sin desprenderse del hato de visita, y sus soluciones de ingresos y residencias y ahí te quedas, ya nos llamaremos. 


Cuando quiso darse cuenta, en realidad, ya no quería darse cuenta de nada. El alcohol era poderoso invadiendo su mente y aplastando la negrura de su presente, o todavía más poderoso, convirtiendo toda su vida en un marasmo anestesiado y vacío. Al menos él no pegaba a ningún hijo, su destrucción era egoístamente suya. 

La demencia fue tan inclemente como la ginebra, aunque más rápida. El ataúd era tan pequeño como el de un niño. El marchaba detrás hacia la fosa, con los pies y la cabeza pesándole como pesa la pena negra y la botella que la noche anterior le dejó sin sentido. Su hermano y su hermana, con sus parejas del brazo y sus trajes negros de Zara, le miraban ofendidos y enfadados. El no dijo nada cuando le llevaron a un psiquiatra para que dejara la bebida. Los silencios eran ya los protagonistas de su vida. Le dieron pastillas, le hacían acudir dos veces por semana a una reunión donde aún no había dicho más que su nombre, y sabía que en los dos bares y en la tienda del pueblo se había convertido de repente en un menor de edad: lo sabia por la forma disimulada con la que la tendera vigilaba lo que cogia de los estantes, y por el apuro que percibía en los taberneros cuando levantaba el dedo para pedir, y casi podía escuchar el resoplido de alivio cuando abrían una cero cero. 


El médico no conocía la calle, pero creía haberla memorizado en el plano de internet. El coche patrulla de la Guardia Civil señalaba el lugar sin ninguna duda. Se saludaron con esa solidaridad de los que están guardando a los que descansan. El médico le hizo un par de preguntas al guardia, que señaló unas escaleras que conducían a un altillo sobre un almacén abierto. La enfermera se acercó al medico:

-"¿Te importa que no suba? Si te parece voy a ver si alguien ahí dentro nos necesita" 


El médico sonrió y le agradeció que se ocupara de cuidar a quien pudiera necesitarla. Después de tantos años juntos, sobran palabras y explicaciones. Siguió al guardia escaleras arriba sin poder evitar la tensión, algo avergonzado por desear estar en cualquier otro lugar del mundo. La imagen tenía una tristeza singular, sobre todo por los detalles de la cotidaneidad: el pijama, las zapatillas. La expresión se graba en la retina, en ese lugar que sabes que ocupará siempre. La vida se había escapado dejando toda la pena del mundo colgada de la viga de aquel tejadillo. 

El viaje de vuelta al centro de salud fue silencioso, con las imágenes pugnando por reproducirse mil veces, pero sin embargo, por alguna extraña razón, hubo pocos por qués. Tal vez porque tratar con tantas vidas nos haya enseñado lo solitarios que podemos llegar a ser.