lunes, 26 de septiembre de 2016

Trankimazines y Rohipnoles

El funcionario del juzgado tenía una carpeta enorme y empezó a pasar las hojas una por una, repitiendo mecánico la misma pregunta:
- ¿Reconoce usted alguna de estas firmas?

El joven estaba sentado sudando como si le hubiesen pillado robando en el cepillo de la Iglesia. Y en realidad el despacho tenía algo de sacristía, una media penumbra y montañas de papeles por todas partes. Y un ambiente pesado, como si el funcionario devorara los cigarros de tres en tres en su soledad. 

El joven sigue viendo pasar las recetas rojas con nombres en tinta azul de sellos de caucho que reconoce, y garabatos sobre ellos que ya no le resultan tan familiares. Espera nervioso que su nombre aparezca súbitamente al pasar alguna de aquellas hojas, pero de momento no es así. 

Nadie le había preparado para aquello, nadie le había dicho nunca en todos esos interminables años de estudio que casi inevitablemente acabaría alguna vez delante de un juez. Así que se secaba las manos en el pantalón vaquero deseando con todas sus fuerzas salir cuanto antes de allí. 

No llevaba ni una semana en la consulta, una semana nerviosa en la que prácticamente se había dedicado en exclusiva a conocer los nombres de los cien mil medicamentos que parecía tomar la población con la alegría propia de los bufetes de los hoteles todo incluido. Eran tiempos de Frenadoles financiandos, de Pil-Food, lo mejor para la caída del pelo, oiga, que me lo quitan de las manos, de Ruscus para las almorranas asesinas y de un Optalidón con el que se cogían las amas de casa unos colocones del quince, todo ello a costa del contribuyente y su sueño paradisíaco de un sistema de salud de Ali Babá (y los cuarenta ladrones, claro)

Eran tiempos donde se abría un abismo inmenso entre los libros de la facultad y sus soluciones harrisonianas y la farmacopea comercial, un abismo que no tenía por qué llenarse obligatoriamente con el MIR. Y en aquel ambiente de borrachera consumista, el joven pasaba las horas rellenando talonarios mayoritariamente rojos con los nombres de los ciento un cartoncitos que alineaban cuidadosamente ante él ocho de cada diez fieles. 

El tipejo que se sentó delante de él, era de los que asustan al cruzártelo en una calle por la noche, un auténtico facineroso. Desde luego, no hacía falta que tuviera un olfato de perdiguero para captar el miedo del joven, porque resultaba evidente. Y como si de un documental de la 2 se tratara, se lanzó a por su amedrentada presa seguro de su victoria. 

- Mira chaval. Ahora mismo me vas a hacer tres o cuatro recetas de Trankimazines  y otras tres o cuatro de Rohipnoles. 

El joven se sabía cobarde, los años no le habían hecho mejorar en ese pecadillo que arrastraba desde la niñez. Y notaba como le temblaba todo el cuerpo como si le estuviera subiendo la fiebre. Trató de erguirse en el sillón como si pudiera imbuirse de la autoridad de los médicos que le habían precedido en ese puesto, pero su voz trémula y vacilante delataba bastante más de lo deseable. 

- ¿Son para usted? ¿Está en tratamiento?

El elemento tiraba de ironía. Se le veía a gusto en el papel de gato acorralando al ratón. 

- Sí, claro. 
- Pues tendrá que traerme la última receta porque si no, no podré hacerle ninguna más.- Aquel era el procedimiento que seguía el titular que estaba remojando su plaza fija en Gandía mientras que el 
suplente se ganaba unos denarios para mantenerse como las hormigas durante los meses de invierno. En aquella consulta, las historias clínicas estaban guardadas en las sinapsis que se remojaban en aquel momento en el Mediterráneo. 
- No le gustaría tener problemas por no recetarme la medicación que necesito, ¿verdad?
- Ni a usted tenerlos con la Guardia Civil por amenazarme dentro de mi consulta. Si quiere les llamamos ahora mismo. 

El ademán de coger el auricular hizo que el sujeto se levantara y se marchara dando un portazo y aplazando el encuentro para más adelante, mientras el joven temblaba ya sin ningún tipo de cortapisa como un rascacielos de gelatina. Se tomo unos minutos para recuperarse sin saber muy bien si debía hablar con alguien del tema. Allí había demasiada gente, el consultorio tenía un aire a lo Wall Street en cuanto a los gritos y el guirigay en plena hora punta y el resto de los médicos, la mayoría también suplentes, sobrevivía cómo podía parapetados tras las puertas de sus consultas. 

Así que el joven pensó que a nadie le importarían los problemas del novato y tras dos o tres inspiraciones profundas y una somera comprobación de que el parkinsonismo del terror aún le permitía escribir, decidió volver a la tarea de rellenar cheques en rojo y, muy de vez en cuando, parodiar el papel de un médico. 

El día terminaba con desbandada generalizada y centrífuga, en busca de domicilios ajenos o propios, así que el incidente quedó en las anécdotas de sobremesa de la casa del joven hasta un par de días más tarde, en que pudo por fin preguntar antes de que se abriera Wall Street, a uno de los sustitutos más veteranos. Fue él quien le explicó que había tenido el inconsciente valor de enfrentarse al capo distribuidor ilegal de drogas legales, un tipo muy peligroso que siempre se dejaba caer cuando veía una presa nueva, y que la próxima vez, llamara directamente a los civiles según le adivinara en medio del barullo. Además le contó que aquel mismo día habían desaparecido de un par de consultas varios talonarios de los que los médicos se traían ya firmados y sellados de sus casas para adelantar el trabajo de auxiliares administrativos bien pagados. 


Y ahí estaba él un par de meses más tarde, casi olvidado ya el miedo con el que día tras día había ido a aquella consulta de esa breve sustitución, el miedo con el que se asomaba a llamar a los pacientes a la puerta, el miedo con el que se montaba de prisa y corriendo en su tartana revienta-sustitutos, echaba los seguros y mantenía las ventanillas cerradas aunque en el salpicadero se pudieran freír huevos con bacon. Allí estaba, aunque estaba casi seguro de que su nombre no aparecería entre ese inmenso taco de recetas robadas, allí estaba pensando en lo duro que había resultado ese desvirgamiento inesperado que le había regalado la realidad, la misma que le había susurrado al oído, mientras le daba un par de cogotazos, que aquello era la vida, y que la vida, si se empeña, puede cargarse de un plumazo al unicornio de la Medicina. 












lunes, 19 de septiembre de 2016

Con el alma quebrada

Había pasado un año, más o menos. Estaba sentado en la cocina protegiéndome contra el Alzheimer con mi dosis estratosférica habitual de cafeína vespertina cuando oí barullo en la zona de las administrativas. Como parecía un barullo de tintes amables, decidí saborear los segundos de tranquilidad y soledad previos al inicio de la jornada, seguro de que la marea emotiva no tardaría en inundar mi remanso de paz. Y así fue. Como si hubieran abierto la puerta del cine, entraron en la cocina un tropel de compañeras y compañeros rodeándola, asaetándola a preguntas y zarandeándola entre besos y abrazos como un Mr Marshall que al fin hubiera parado en Villar del Río. 

Ella tenía hueco reservado en el corazón de todos, una plaza de aparcamiento en nuestras vidas con su nombre pintado que se había ganado a pulso por una rareza de la naturaleza: por ser inmensamente buena. Yo la conocía hacia al menos dos siglos. La recordaba con unas gafas enormes y el pelo cardado, casi sepultada entre libros y apuntes, riéndose de mis trastadas en clase con la condescendencia de quién no alberga dudas sobre la existencia de un fondo aprovechable dentro de mi. Igual era la única persona que no tenía esas dudas, incluyéndome a mí mismo. Entraba y salía de mi vida por las confluencias en clases y prácticas que propiciaba el azar de las iniciales de nuestros apellidos, y mis inevitables irregularidades académicas, por decirlo de un modo amable. 

Luego, el millón de caminos del destino pareció que dejaría nuestros encuentros en la memoria o en el olvido, hasta que una pobre mujer tuvo que guardar reposo durante todo su embarazo y el joven y flamante médico de familia itinerante la sustituyó en su consulta inmensamente feliz de saborear una continuidad que le permitiera pasar al menos una vez, todas las hojas del calendario de mesa con chistes de Forges. 

Y, así es la vida, tres puertas más allá, con unas gafas mucho más pequeñas y un pelo mucho más liso, enfundada en una bata repleta de chapas y libretas, el destino había hecho un requiebro de los suyos y volvía a cruzarla en mi camino. Solo tardé unos segundos en reconocer la semilla que había sembrado ya a su alrededor, en los apenas seis meses que hacía que se había incorporado a su plaza después de aprobar la oposición, los saludos de sus pacientes en la sala de espera, las tres o cuatro veces que se detuvo a cruzar unas breves palabras con una mujer, con un niño, con un abuelo, la atención que la prestaban el resto de compañeros cuando me presentaba como un viejo amigo. La gente buena simplemente brilla. 


Durante unos meses fui feliz en ese trabajo. Vivía la fantasía de ser el propietario de esa plaza, y las fantasías siempre suelen ser benevolentes. Antes de empezar, nos juntábamos en la cocina a atiborrarnos de café matasiestas y charlábamos sobre el trabajo, salpicándolo de vez en cuando con alguna anécdota prehistórica, de esas que cada vez tiene menos carga de realidad. Y un día, ocurrió. 

Por alguna razón que desconozco, las tardes suelen tener salas de espera más silenciosas, como si la gente temiera despertar a los vecinos o como si añoraran en silencio estar en cualquier otro lado. O quizás sea, simplemente, el día languideciendo. No se. Así que los gritos me sonaron desproporcionados y desubicados. Mi paciente y yo miramos hacia la puerta de la consulta alarmados. Un golpe fuerte, como una silla cayéndose, y un portazo, fueron la espoleta que me levanto del sillón y salí al pasillo. Solo vi gente de pie, unos señalando hacia la salida, otros gritando, otros como pasmados, y la puerta de su consulta abierta. Cuando llegué, ella lloraba abrazada a una enfermera, tapándose con una mano la mitad de su cara, que escondía una hinchazón que amenazaba con cerrarla el ojo en breves instantes. 

Había pasado un año más o menos. Ahora volvía a entrar en la cocina entre palmas como en Domingo de Ramos. Sonreía detrás de sus gafas un tanto infantiles, desbordada por el recibimiento, asumiendo la inevitabilidad de aquellas efusiones, pero deseando que terminaran cuanto antes. La rutina diaria recolocó a cada oveja con su pareja y nos quedamos los dos solos con nuestros tanganazos de café con leche en la mano. 


Todos sabíamos el infierno que había pasado en aquel año. Sabíamos que el tipo aquel había ido a pedirla cuentas, convencido de que su mujer había decidido dejarle después de las conversaciones con su doctora. Sabíamos que ella había decidido aislarse, marchándose, desapareciendo durante muchos meses, a pesar de que de tarde en tarde contestaba alguna de nuestra llamadas "para que no os preocupéis, que estoy cada vez mejor", sonando tan triste que después de cada llamada, pasábamos una semana como si estuviéramos encerrados en el más triste de los otoños. La habíamos visto en el juicio deseando estar en cualquier otra parte y habíamos respetado su segunda desaparición tras la sentencia. 

Y ahora, sin previo aviso, estaba frente a mí saboreando su café. 

- No sé si podré volver. No tengo ninguna confianza, llevo un año hundida en una sensación de fracaso y, la verdad, es como si tuviera las piernas metidas en cemento aún líquido. El problema es que siento que se está solidificando y me quedaré ahí atrapada. No sé si podré volver, y lo que es más grave, no sé si quiero volver. Lo malo es que soy médica y nada más. O lo bueno. Quién sabe. Así que me voy a sentar ahí, a tu lado, como si fuera una estudiante, y vamos a ver qué es lo que pasa. 

Terminamos los cafés, y sin mediar más palabras, nos metimos en la consulta. Estaba claro que no sería fácil. Ni tampoco que fuera a terminar en éxito. Pero al menos, había que intentarlo. 








lunes, 12 de septiembre de 2016

El recomendado

Soy de la casa. Una expresión tan sencilla, cuatro palabras y de las cortas, un sustantivo hogareño y conmovedor. Una expresión aterradora. Escuchar esas palabras me hacían sudar como al gordo de las pelis que debe dinero a los mafiosos. Un cerco de sudor revelador bajo las axilas del pijama blanco o verde arrugado de las mil horas de pie en el pasillo de urgencias. Un residente cercado. 

Es verdad que dentro de esa expresión cabía una amalgama de seres cuyo nivel de influencia variaba tanto como si mi primo se presentara en la boda del duque de Alba, pero incluso en los más bajos niveles, obligaba a by-passes de aceleración que iban cogiendo ritmo a medida que la expresión se repetía como un mantra cacofónico en los bóxes, laboratorios, salas de rayos o despachos de adjuntos. 

Y lo peor era cuando en algún punto de la cadena, algún valentón quería transformarse en Robespierre y gritaba a pulmón y pleura que él no hacía distingos. Generalmente el gallito en cuestión alzaba la barbilla y alborotaba la bata como si se tratara de la capa del Zorro, imaginándose la cara del celador o la auxiliar que había reivindicado sus derechos de pernada quedándose con dos palmos de narices.  Pero el Zorro metía su colita entre las piernas y sacaba la lengua como un perrito faldero cuando quien voceaba su pertenencia a la casa mater era un médico y no digamos un cirujano. 

Pero el residente era en aquellos entonces un mandado, vaya usted a saber ahora, y la frasecita de marras sabía que te auguraba bastantes paseos, dolores de cabeza y hasta la puesta en marcha de una cadena de favores. Y todo ello con el susto permanente en el cuerpo de alzar la cabeza y encontrarte respirando como garganta profunda sobre tu hombro al nombrado "hogareño". 

La niña tendría unos doce años de los de antes de la Nutella, cuando aún no les daba vergüenza entrar a preguntar el precio de una Barbie. Estaba en una de las dos consultas de urgencias de pediatria, sentadita en la silla muy quietecita, con su padre al lado dándola la mano. 
No me sonaban sus caras de verles en la atiborrada sala de espera cuando salía a llamar a los pacientes, pero pensé que había sido fruto de mi despiste, más que de cualquier otra causa. 

Pero entonces, el padre se dirigió a la enfermera por su nombre y ésta contesto con una chanza que hizo reír a adultos y niños, a mí, con cara de imbécil por no enterarme de nada. Entonces me dio la mano y se presentó. 

-"Yo creo que no hemos coincidido nunca. Soy el doctor Mariano López, cirujano de la casa. Esta es mi hija". 

Le estreché la mano y reconocí mi ignorancia imperdonable, disculpándome con mi reciente inicio de la residencia y las pocas guardias que había hecho, casi todas ellas en Pediatria. La enfermera interrumpió las presentaciones para anunciarnos que salía en busca de la adjunta, que temporalmente había cedido en una residente de pediatria y en mi, especialmente en la primera, el peso de la guardia. Como preveía que la espera podía prolongarse, según donde hubiera ubicado la adjunta su breve paréntesis, traté de aligerar el tenso silencio lanzándome sin red a una anamnesis de manual, que recibió apenas unas escuetas respuestas del cirujano-padre, que no parecía dispuesto a tener que repetir la historia más que las veces que fuera estrictamente necesario. 


Como decía, ser de la casa encierra gradaciones, y la rapidez con la que apareció la adjunta me puso de manifiesto que el gradiente del caso en cuestión era de los elevados. La niña estaba como un Pepe, aunque se ponía la mano en la tripilla prepúber y ponía caritas cuando la pediatra la preguntaba y su padre repetía las preguntas como un pájaro masticándole la comida al polluelo. 

La exploración en la camilla reunió tres sesudas cabezas alrededor. Bueno, en realidad la mía era más bien un busto de mármol por el caso que me hacía la concurrencia. Padre-cirujano y pediatra se intercambiaron diagnósticos diferenciales como cromos de la Liga y el resultado fue que la enfermera a los pocos minutos rebuscaba en el bracito de princesa cisne una venilla que llenara tres o cuatro tubos, mientras el residente diligente llevaba una petición de ecografía al ogro de los rayos, esperando que el nombre del cirujano-padre le librara de la bronca habitual de los sábados tarde. Agitar el volante en la mano al tiempo que gritaba "para la hija del doctor López, para la hija del doctor López" era mi plan inicial para aplacar al monstruo, pero cuando llegué allá donde residen los magos, descubrí que la carrera (y el acojone) habían sido en balde, porque el poder de "ser de la casa" era más rápido que mis ridículas piernas de R1. 

Unos minutos después, en la oscuridad violada solo por la pantalla del ecografo, éramos ya cuatro los que estábamos subidos a ese tren: padre-cirujano, radiólogo, y pediatra con adendum residentil (yo), pero antes de salir se nos había unido a la fiesta una ginecóloga que entró golpeando en la espalda al afligido padre, por si en los diferenciales se colaban menarquias prematuras de esas que provocan un dulzor amargo en los padres de las que hasta hacía nada eran sus pequeñitas. Yo escuchaba al comité de sabios y no dejaba de pensar que la niña tenía una cara de querer irse a su casa de flipar, pero lo que allí se cocía estaba muy por encima de mi nivel de principiante, incluso muy por encima de la propia paciente. Allí se hablaba de la posible enfermedad de la hija de un cirujano de la casa. 

Los análisis llevaron a una observación expectante y más vigilada que las conversaciones de cama de Putin. Y la observación llevó a una cicatriz de laparotomia primorosamente bordada por el cirujano pediatrico en la fosa iliaca derecha de la pequeña flor del jardín de aquel padre-cirujano que tenía todo un hospital a su disposición, y con la firme decisión del residente de no plegarse a privilegios que induzcan sesgos que inunden de peligros unas pírricas ventajas. 


Claro que éstas son decisiones tan difíciles de mantener a lo largo de la vida como ciertos votos sacerdotales, y al igual que ocurre con ellos, el incumplimiento acarrea penitencias a veces demasiado dolorosas. 





lunes, 5 de septiembre de 2016

La entrevista

Una consulta cualquiera, en un centro de salud cualquiera, en un lugar cualquiera.

El médico mira su edad dos veces, incluso la calcula mentalmente con los dos primeros números de su CIP. No, no había ningún error. Y como las matemáticas no engañan, mira dos veces a sus ojos, incómodo como al que pillan cotilleando donde no le llaman. Aquella mirada triste, los ojos mates, todas y cada una de las pequeñas arrugas que se extrarradiaban desde las órbitas, todas, se empeñaban en imponer su ley, una ley de hierro de la vida, mucho más dura que la benevolente ruleta del destino de la fecha de nacimiento. 

Aquel hombre era extraordinariamente viejo, y lo que resultaba aún más desasosegante, aquel hombre no parecía tener ningún futuro. 

Una historia clínica con una única anotación, un reconocimiento de empresa transcrito a regañadientes al poco de llegar el médico a su nuevo cupo. Sin alergias medicamentosas, no fuma ni bebe, practica ejercicio (juega al tenis) con regularidad. Casado con una hija. Trabaja como comercial. Operado de apendicitis a los diecisiete años. Una vida en cuatro líneas. ¡Una vida! ¡Qué poco sabemos los médicos! Es inevitable pensar que tantas veces, nuestro paso por la vida de los pacientes deja apenas un arañazo en un búnker de hormigón de cuatro metros de grosor. 

La consulta se terminaba. La ventana que había a espaldas del médico hacia rato que había dejado de regalar el sol de la tarde y los balidos de las ovejas de la granja junto al centro de salud. El cansancio se acumulaba y rodear la mesa para salir a llamar al siguiente paciente empezaba a hacérsele claramente cuesta arriba. Al médico no le gusta estar cansado en la consulta. Transpira debilidades y las neuronas parecen empeñadas en hacerle pagar peaje para transitar por las mismas autopistas por las que antes corría como James Dean en su Spyder plateado. 

No sabe si es el último paciente, pero sí que está deseando que aquello se convierta en una simple, rápida e insustancial consulta, quizás uno de esos ramalazos burocráticos de los que se abjura con indignación en los foros de la Atención Primaria, y que sacan la sonrisilla de padre condescendiente cuando te vienen al pelo. 

Aquel caballero se sienta en la silla como si cada uno de sus músculos pesara media tonelada. La viva imagen de la derrota. El médico se siente abrumado por la obscena claridad de su lenguaje corporal, que se empeña en desnudar al paciente ante él a pesar de su silencio. 

-¿En qué puedo ayudarle? - dice, con la misma timidez que un adolescente en su primera cita. Y es que toda aquella pena transpirando en la habitación le cohibe. 
-Mire doctor, vengo obligado por mi jefe. Es un buen hombre y esta mañana me llamó a su despacho para decirme que cogiera cita y viniera a su consulta sin falta. Dice que llevo ya demasiado tiempo así y que prefiere que pare unos días y me recupere bien antes de volver al trabajo. 

Su tono de voz, como su mirada, como sus arrugas, como sus hombros hundidos y sus manos sobre las piernas inmóviles, seguían hablando a sus espaldas, seguían diciéndo que aquel era un hombre viejo, acabado, sin esperanzas. 

La noche se cerraba ya, egoísta, sobre el pueblo, las farolas intentaban salvaguardar la civilización cómo podían, y el médico tenía claro que aquel día volvería a llegar tarde a casa. 

-¿Y qué es lo que le ocurre? 
-No consigo concentrarme, duermo poco y me encuentro siempre cansado. He perdido peso, pero es lógico, apenas como. Se me han escapado ventas que antes jamás hubiera dejado escapar

Las palabras átonas se arrastraban intentando cubrir de racionalidad el irracional sentimiento de desesperación que resultaba tan obvio. Su mirada se perdía en la ventana y el médico percibía el fracaso que subyacía tras la entrevista, percibía como los restos de aquel hombre se parapetaban en formalismos que parecía haber estado repasando en la sala de espera, mientras el resto de sí mismo le enseñaba el naufragio. 

Así que el médico le hace un corte de mangas al destino fútil en que parecía convertirse aquella petición de baja, y decide lanzarse a degüello. Al fin y al cabo, si uno va a llegar tarde a casa, que sea por una buena causa. 

-Usted está casado y tiene una hija, ¿verdad?
-Mi hija..- la mirada se fija fríamente en el cristal de la ventana y la voz se vuelve de acero. El latigazo de dolor es tan palpable que le endereza en la silla, como si hubiera sido su Mary Shelly particular, como si descubrir que aún quedaba en su interior un sentimiento, aunque fuera éste, hubiera devuelto por el momento la vida al cadaver andante en que se había convertido. -Mi hija se mató en un accidente de moto hace un año. Su madre y yo llevábamos separados cuatro años. Ella se marchó porque trabajaba demasiado. Se hartó de esperar a que se agotaran esos pocos años que yo le había pedido de sacrificio para situarme. 
Tenía dieciséis. Ahora que no está, soy capaz de acordarme con un realismo de película de los más mínimos detalles: los colores de las gomas del pelo con los que sujetaba su coleta para ir al colegio, los patines de bota que le regalé cuando cumplió siete años, el juego de maquillaje que le trajo el Ratón Pérez el verano que se le cayó el primer diente y que tuve que salir a comprar de madrugada al OpenCor. Qué curiosa es la mente humana, ¿no le parece, doctor?

 Vuelve a mirar al médico y el hechizo frankesteiniano ha desaparecido como por ensalmo. La desesperanza reaparece y se hace cargo del remedo de ser humano que se ha quedado callado frente a él. El silencio se adueña del espacio y exige ser respetado. No importa, porque en las entrevistas, los silencios pesan tanto como las palabras, y a veces, las historias se llenan más con ellos. Pero los silencios encierran el peligro oculto de estallar entre nuestros dedos, y, como el humo de un mago, hacen desaparecer al prestidigitador, dejándonos con un palmo de narices. 

-En fin, ha sido una tontería, no se preocupe. Hablaré con mi jefe y le pediré que me de esas vacaciones que tengo pendientes desde hace más de un año y a la vuelta estaré perfecto.- Se levanta con movimientos inesperados sobre los balbuceos inútiles del médico, balbuceos  de público asombrado ante el truco de magia. En la misma puerta se vuelve por un segundo. -La moto se la compré yo aunque su madre se oponía. Nunca pude negarle gran cosa. 

El médico se queda en el rellano viendo como atraviesa las puertas inteligentes y se pierde en la calle. Si quedaba algún paciente, se ha debido de marchar, porque la sala de espera esta vacía. La administrativa está recogiendo su bolso y la enfermera trastea en el maletero de su coche. 

La carretera está oscura y tiene toda la longitud del fracaso. La música tranquila tiene esta vez poco efecto balsámico. Llevarse a casa estas horas extras debían enseñarlo en primero de carrera. Durante unos días, el médico reserva siempre un momento en la cabeza para repasar aquella entrevista. Busca su nombre en las listas sin encontrarlo hasta que las demás vidas van cubriendo el recuerdo como placas tectónicas. 

-Fíjate qué pena. -La administrativa lee el periódico antes de empezar las consultas. -Un vecino del pueblo fue al lugar donde su hija se había matado con la moto, colocó un ramo de flores y allí mismo, se pego un tiro. 
















lunes, 29 de agosto de 2016

48

El verano, la playa, el chiringuito. Sí, ya se que nuestra sociedad ha evolucionado, que reniega del alfredolandismo que pasea por la playa dejándose los ojos en las nórdicas, del Meyba fragiano y los bocadillos de pechuga de pollo envueltos en papel Albal para que no se llenen de arena. Ya se que las playas del siglo veintiuno están repletas de tatuajes realzando deltoides del Schwarzenegger de Terminator 1, de lipoescultura abdominal ronaldiana, de minibikines copacabianos, de trikinis, pamelas y gafas de Michael Koors.

Ya se que hasta está pasado de moda decir que vas de vacaciones a la playa, que queda mucho más chic apretarse un crucero por los fiordos noruegos, echarse unas instantáneas en Picadilly o marcarse una ruta 66 en Cadillac, si puede ser, de los que llevan unos cuernos enormes en el radiador. 

Sí, se todo ésto, basta con tener ojos en la cara, o un smartphone, que, a día de hoy, es un sustitutivo genial de las retinas. 

Y sin embargo, año tras año, esa trilogía inseparable, ese trino verano, playa, chiringuito, se reinventa como una iglesia postconciliar, y la arena reencuentra mi sombrilla, mis sillas, la bolsa con los cubos y las palas, las colchonetas y las chanclas. Y yo vuelvo a ser Alfredo Landa, el ministro en Palomares y hasta Chanquete y su alegre pandilla cantando el "No nos moverán".

El chiringuito, con sus grifos de cerveza fría y sus aceitunas saladas mezcladas con la arena de los dedos tiene algo de oasis. O mucho. Y puede que nos venga de nuestros setecientos morunos, o de que las cañas no tienen numerus clausus, pero el caso es que las conversaciones fluyen en una mezcolanza de acentos en esa convivencia constitucional de verano, playa, chiringuito, que ya quisiéramos que se prolongase fuera del paraguas protector de esta santa Trinidad. 

Y en esas conversaciones se cuelan inevitablemente las moscas y los problemas de salud. Y si hay algún sanitario cerca, pues es como si hubiera cerca una buena boñiga caballar: ni las moscas ni las hernias discales, ni los míomas, ni las depresiones, ni las apendicitis, ni las piedras en las vesículas pueden resistirse. 

Así que andaba el lúpulo haciendo de las suyas y los chanquetes revolviéndose con los huevos fritos cuando una broma tonta sobre las próstatas cambia el gesto de mi compañera de mesa que me susurra de medio lado: "no trates ese tema que andamos muy sensibilizados".

Me cuesta resistirme a rascar el caparazón de estas sensibilizaciones sanitarias, así que indago cuidadoso y obtengo pormenorizaciones casi de inmediato:

-"Le han dicho que tiene 48 de próstata y está súper preocupado"
-"¿48?"

El aludido no se resiste a explicarlo, al fin y al cabo, cuando tratamos de órganos internos, y más de los de los bajos fondos, lo mejor es la primera persona. 

-"Es que operaron a mi padre y me dijeron que tenía un componente genético muy importante y que sería bueno que me hiciera una ecografia y un PSA. El PSA lo tengo perfecto pero la próstata tiene 48 centímetros cúbicos. Así que el médico me dijo que todo estaba bien, pero que mejor fuera al urólogo. Y el urólogo me dijo que basta con volver a verle cada año para que me pida otro PSA". 

El speech termina casi al mismo tiempo que mi cerveza, y es obvio que me hace falta que el camarero se de prisa en traerme la siguiente porque mi pequeñísimo cerebro de médico de pueblo rechina como un cuatro latas tuneado. 

Cuando llevas diez días de vacaciones estás en el límite entre bambolear la cabeza complaciente como un perrillo de salpicadero o recuperar las ansias mesiánicas y docentes y enseñar a toda la humana humanidad a vivir sin pensar en sus ridículos cincuenta centímetros cúbicos infravesicales. Y el dejarte caer de un lado u otro de la frontera no se sabe muy bien de qué depende. 

Y aunque el hecho de que haya un urólogo en la misma mesa no suele resultar un aliciente, porque la opinión de un médico de pueblo interesa solo a la madre de los chanquetes de la bandeja, uno no puede resistirse ante la imagen de ese chaval que conociste en la primera juventud, y que antes de la cincuentena ha sido empujado a peregrinar año tras año al sorteo extraordinario de un antígeno cada vez menos específico y más atemorizante. 

Total, por unos miserables 48 centímetros cúbicos. Claro que, con un par de centímetros cúbicos más, Ángel Nieto se convirtió en una leyenda del motociclismo. 





lunes, 22 de agosto de 2016

La rozadura

Jennifer tiene dieciséis. Acaba de tocar el timbre de la puerta de urgencias del centro de salud de su pueblo. Son casi las doce y media, y los whatsapp se acumulan en su smartphone, repiqueteando sin parar. Es una parte más de su anatomía, un artefacto integrado a la perfección entre las palmas de sus manos y unos veloces pulgares de mecanógrafa de juzgado. Le acompaña una de sus amigas, a la que le cuesta el mismo trabajo liberar la vista del brillo de la pantalla. Mascan chicle, en sincronía casi perfecta. En un esfuerzo sobrehumano levantan la cabeza como si se tratara de un dúo de natación sincronizada y tras intercambiar dos enérgicas mascadas en un lenguaje de signos ininteligible fuera de la ESO, vuelve a tocar el timbre.

La verja metálica se abre al fin, y en el corto trayecto hasta la puerta de cristal interior vuela la información en la nube de los dedos hiperactivos. Dos o tres mensajes más leídos, una foto subida y comentada. 

Jennifer tiene dieciséis años de sábado por la noche, de falda cortisima y sandalias de pedrería con tacones de infarto de miocardio. Y una melena lacia que cae con estudiada dejadez sobre la mitad de su cara de niña, como un Cristo velazquiano, una cortina de reflejos brillantes que, cuando lo permita el móvil, quedará apartada tras la oreja el tiempo justo para deslumbrar con sus ojazos de dieciséis años de sábado por la noche. 

En la puerta las esperan dos tipos también de sábado por la noche. Llevan pijamas blancos con logos. A los que salen en  Anatomía de Grey les quedan de otra manera, piensan las dos amigas. Estos están despeinados y ojerosos. Tienen cara de sábado por la mañana, por la tarde y por la noche. 

En la misma puerta les preguntan qué les pasa. Las dos amigas vuelven a su sintonía de movimientos rituales: mirada a la pantalla del móvil, recogida del pelo tras la oreja, mascada de chicle. Puntuación de nueve noventa y cinco en ejecución. Algo menos en originalidad. Jennifer es escueta, mientras se señala las uñas en perfecto azul azafata de uno de los pies. Los dos hombres las ceden el paso y señalan la puerta de la consulta. 

Jennifer la conoce bien. Ha vivido siempre en el pueblo y se acuerda algo menos de las urgencias del viejo centro de salud, pero ella tenía siete años cuando inauguraron el nuevo y no es una novata en estas lides. Así que se dirige decidida a la primera puerta a la derecha. Frente al ordenador se sienta el que parece mayor de los dos hombres, mientras ellas se acomodan en las dos sillas de delante de la mesa. El otro tipo, más joven, se apoya en la camilla. Para una experta como Jeniffer, la colocación de cada actor ha repartido automáticamente los roles, así que, dejando el móvil sobre la mesa, se dispone a afrontar el interrogatorio habitual. 

A esos dieciséis años les espera una fiesta de verano de las que han olvidado la hora de volver a casa, les esperan exclamaciones de admiración ante la apabullante juventud y el empuje irresistible de la vida, les espera los comentarios envidiosos, las miradas dejadas en suspenso, la ilusión de no saber lo que les espera. Y esos dieciséis años no van a dejar que una inoportuna rozadura de aquellas maravillosas sandalias estropeen todas esas promesas. 

El médico deja de teclear y se pasa la mano por su pelo cano. No está mal, para ser un viejo, piensa Jennifer, que se pierde el cabeceo encabronado porque un destello de la pantalla le avisa de la entrada de más mensajes. Pero ella sabe que los médicos son bastante quisquillosos con eso de que se mire el móvil durante la consulta, así que solo echa un vistazo de refilón, mientras espera la siguiente pregunta. 


El médico resopla. Seguramente tendrá calor, con ese pijama tan basto. Le pide que se siente en la camilla y se la enseñe. Jennifer se levanta compaginando al tiempo la caída del pelo sobre su cara. Otro nueve noventa y cinco en ejecución. Se sienta sobre la camilla con toda la gracia de movimientos que le falta al enfermero mientras se retira para cederla el sitio. 

El médico tarda en levantarse y Jennifer se impacienta, aunque pregunta muy educadamente si debe quitarse la sandalia. El enfermero contesta con un alzamiento bilateral de arcos supraciliares y una mirada al bies que ella no sabe interpretar, así que por su cuenta se la quita y pone su piececillo de cenicienta de uñas azafatas sobre el papel azul cielo. Un contraste bastante bonito, piensa. 


El médico sigue mirando la pantalla, como si tuviese todo el tiempo del mundo. Ella no lo tiene. El tiempo es un bien demasiado preciado en la adolescencia. Es algodón de azúcar, dulce pero breve. Menos mal que el enfermero se pone unos guantes (también azules: sin duda, un éxito la elección del color de las uñas) y empieza a examinar la rozadura. 

Jennifer sabe cómo son los médicos. Hasta hace un par de años era una visitante asidua de su pediatra. Siempre le recordaba cúanto lloraba los primeros meses y qué preocupada estaba su madre porque no crecía. La niña no llega al percentil, no llega al percentil, doctora, habrá que hacerla una analítica. Esos son su peores recuerdos, las analíticas en sus esmirriados bracitos. Su madre y su abuela confiaban ciegamente en su pediatra, y en cuanto el termómetro pasaba de treinta y ocho, ella se veía jugando con los dos o tres juguetes cascados que tenía en su sala de espera. Dalsy y Apiretal, dulzones, su madre le dejaba rechupetear bien la jeringuilla. Casi siempre acababan así las cosas, pero qué tranquilas se quedaban ellas dos cuando la pediatra se lo decía. Si no fuera por el miedo a que se quedara canija. Así que del par de analíticas que recuerda con horror culpabiliza a su madre, que ponía a la pobre pediatra la cabeza como un bombo.

 Las otras dos de los últimos años sí fueron cosa de ella, y de su nuevo médico de cabecera. Aquello era otro nivel, la trataba como a una adulta, daba gusto ir a su consulta. Y ella no tenía la culpa si se la caía mucho el pelo, que menos mal que luego no le faltaba ninguna vitamina, ni tampoco tuvo culpa de adelgazar tanto, sin hacer casi nada, excepto comer como un jilguero, claro, que si no, ya se sabe lo que pasa. Fue todo un alivio que el tiroides funcionara bien. Una nunca sabe. 

El enfermero le ha limpiado la rozadura y puesto un pequeño apósito. Al calzarse de nuevo no siente esa incómoda molestia. Pero cuando salga de allí se lo quitará, porque cualquiera aparece en la fiesta con ese adefesio atrayendo las miradas, en vez de la pedrería y el azul de las uñas. 

El médico no se ha levantado de la silla. Desde luego hay algunos que no se merecen el sueldo que les pagan. Ha dejado caer el informe sobre la mesa con total desgana, cosas de viejos cascarrabias. Si no te gusta tu trabajo, búscate otro. Los pitidos y vibraciones devuelven a Jennifer a la tiranía de las 4G. Las dos amigas se levantan renovando la sincronía y los dedos recuperan su vida propia sobre las pantallas. Jennifer deja caer un adiós mientras se cierra la verja tras ella. Al subirse en el coche que las espera, le parece ver la silueta de los dos hombres mirándolas en la puerta. Lógico. 

El lunes sin falta vendrá a contarle a su médico lo mal que la han tratado. Antes de perder la cobertura, deja cogida la cita con la nueva App. 











lunes, 15 de agosto de 2016

El médico en su laberinto

Ya no me siento a gusto en los hospitales. En ese asincrónico discurrir del tiempo que existe en nuestras cabezas, no hace tanto que me desenvolvía en sus pasillos como pez en el agua. Tarareaba en mezzo tono mientras iba de un lugar a otro con el caminar decidido de quienes se saben en su elemento. Saludaba a diestro y siniestro, sonreía a unos y otras dándole aire al vuelo de la bata blanca en los controles de cada planta. No voy a decir que fuera el amo, pero un familiar suyo, seguro.

No hace tanto, sigue diciéndome ese reloj del relojero loco de Alicia en la cabeza. Solo mil años. En cada habitación había dos historias, o doscientas, a veces esas puertas abiertas transpiran desamparo. Casi siempre. Pero yo era el médico. No voy a decir que no sintiera el zarpazo de la empatía ante los ojos tristes y el olor a comida sin sal y sin terminar, pero la vida estaba fuera de esos pozos de desesperanza y en el remanso de los despachos donde cocinábamos informes, pruebas, diagnósticos y tratamientos. Seres que sobrevolábamos las miserias durante la hora de pasar planta. 

No digo que esta sea la realidad de los hospitales: digo que era mi realidad, la de un joven cachorro al que la Medicina aún no le había puesto en su sitio. Pero vamos, no tenía prisa, ya se encargaba ella de marcar sus tiempos. 

Han pasado sesenta segundos mentales de aquello, veinte años del calendario gregoriano, mucho más inmisericorde. La Medicina le ha cogido el gusto en estos años a despojarme de la vanidad a guantazos. Y ahora ya no me siento a gusto en los hospitales. Cojo el ascensor de las visitas, mirando de reojo el más rápido del personal. Subo hasta la quinta planta. Tengo anotado en un papel los números de las tres habitaciones. He perdido todos los instintos y recurro a los carteles  y las flechas indicadoras. Hay poca gente en los pasillos, pero aún distingo los personajes, la insultante juventud de los residentes y su andar decidido, la reflexión esquiva de los adjuntos más mayores, la supremacía quirúrgica de los pijamas azules y el poder de abrir a un ser vivo, las miradas breves de las enfermeras al apartarme de sus eternas prisas. Algunas cosas permanecen inmutables. 

Las tres y media es hora de siesta hospitalaria. La puerta está entreabierta y asomo la cabeza con la timidez requerida. El primero de mis pacientes está tumbado de medio lado mirando sin ver el parloteo de la televisión. Su mujer ojea una revista del corazón de esas que parecen entregarse con la hoja de admisión. Entremezclamos las sonrisas. Les hace ilusión verme. Hablamos de las pruebas, de la comida y hasta de política. Su mujer me acompaña hasta el pasillo buscando esos momentos de intimidad y revelaciones que te hacen un nudo en la garganta. 


Bajo dos plantas por las escaleras. El perro viejo detecta el alboroto controlado del cambio de turno enfermero, pero pesa el silencio. Es la visita más difícil. Las habitaciones individuales suelen ser malos presagios. En la cama la vida se escapa a chorro. Abre los ojos y dice mi nombre y tengo que reunir siglos de autocontrol para no echarme a llorar. Las lágrimas de todos flotan en al aire como el ozono malo. 

En el pasillo todos movemos la cabeza en el signo universal de la rendición ante el poder sin límites de la vida y la muerte. 

Aún me queda otra visita, un piso más abajo. El mismo silencio, las mismas revistas dejadas apresuradamente en el regazo. Queda espacio en la pequeñísima habitación para las bromas, y las risas se llevan el olor a bolsas de orina y enfermedad. 

Cuando salgo del hospital hace un calor terrible. No me encuentro a gusto en los hospitales, no.  Aunque quizás haya aprendido a sobrevivir en mi laberinto.



                          
La foto está tomada desde la terraza descanso sin salir de mi laberinto