lunes, 20 de noviembre de 2017

Vivir en paz

La doctora lleva poco tiempo en el trabajo, apenas un mes. Ha pasado la mayor parte de los días acompañado a quienes ya portan escamas después de dejarse las entrañas repartiendo metadona y escuchando a la vida desgarrarse por las costuras mientras el resto del planeta entra a comprar en el Primark o rodea con un lápiz rojo el catálogo de juguetes de El Corte Inglés como si el dolor y el sufrimiento fuera una cosa de una serie de Netflix.

Pero desde hace unos días ya vuela sola. Saborea la libertad de entrar en la consulta y encender el ordenador, recolocar el marco de la foto de sus hijos y repasar los guasap pendientes mientras se acerca la hora de empezar. La doctora lleva puesta a esa hora de la mañana su sonrisa de felicidad, la que descubrió cuando se dio cuenta de que podía de verdad ayudar a alguien, más allá de mirarles los mocos en el cavum o de leerles sus cifras de colesterol malo. Esa sonrisa que te tatúa la sensación de ser útil, y que es jodidamente difícil quitarse de la cara.

Pero vamos, que la vida borra los tatuajes mejor que cualquier láser, y si se empeña, a media mañana de la famosa sonrisa no te queda ni rastro.

Pero aquel día las historias se sucedían con la mecánica que da la reiteración, a veces tan agradable como falsa, y la sonrisa permanecía detrás de cada puerta cerrada y de cada gracias que pronunciaban mirándola a los ojos, con acentos de asamblea de la ONU, pero con lo que a ella le parecía una expresión sincera aunque aquello se tratase del gran teatro del mundo.

Debía ser alrededor de mediodía cuando se dio cuenta de que el siguiente paciente estaba marcado como nuevo. Los pacientes nuevos requieren entrevistas más largas, porque a veces lo único que traen son silencios, y no reconocerían un puente de confianza ni aunque les dieran con él en la cabeza. Pero ella no se desanimaba casi nunca; casi, al fin y al cabo era un ser humano. Su nuevo trabajo era bastante menos esclavo del tiempo que la consulta de primaria de donde venía, y a los pacientes nuevos se les reservaba una maravillosa y a veces aterradora media hora por la que hubiera matado en su consulta del pueblo.

El tipo tendría unos cincuenta años, pero de los de antes de los gimnasios, el running y la comida biónica, de los que traían ojeras, el pelo blanco y un cansancio mortal en la mirada. Cincuenta años de los que han olvidado hasta el recuerdo de la juventud. Venía vestido discretamente, aseado, bien afeitado. En la puerta, apretó con timidez la mano de la doctora,  como si le diese miedo quedarse corto y flácido en el apretón, pero no quisiera medir fuerzas. Un saludo desentrenado y torpe.

Se sentó obedientemente donde le indicó la doctora y mantuvo la vista fija en el suelo hasta que ella se acomodó al otro lado de la mesa. No era muy grande, ni tampoco lo era ella. Parecían dos alumnos de parvulitos esperando al profesor en una clase de primaria.

La doctora sonreía subiendo al menos cuatro grados los niveles de calidez ambiental, y el tipo parecía percibirlo porque levantó la vista y el gesto adusto se convirtió en suave casi al instante. Entonces ella le pidió que le explicara con sus propias palabras su historia; había aprendido a respetar las narrativas, aunque se alejaran de los fríos e insensibles documentos oficiales, de sus fechas y sus datos numéricos y asépticos. Las narrativas, incluso las fabuladas, estaban llenas de sentimientos, y eso es un lujo asiático.

El sujeto perdió la vista en algún lugar de su pasado, un lugar al que de momento no pensaba llevar a nadie, pero le contó a la doctora como había pasado los últimos casi treinta años en prisiones, y como, simplemente, ahora estaba en libertad. Así de simple, así de escueto, así de terrible. El informe abierto en el ordenador confirmaba toda aquella vida en los pasillos, las celdas y los patios traducido a su propio lenguaje descarnado.

Cuando explicó que estaba decidido a abandonar la heroína con la ayuda de la doctora y de la metadona, se cayó como si se hubiese limitado a leer el parte de guerra. Pero ella sintió aquel relato como un 7 de Richter en su necesidad de ayudar a los demás, y reconoció en esa guerra el campo de batalla donde lucharía a brazo partido hasta la extenuación. Como un ametralladora, desplegó ante el individuo todos sus recursos, sacó papeles de derivación a trabajadores sociales, psicólogos y psiquiatras, grupos de escucha, pliegos dirigidos a la concejalía de vivienda y citaciones con el INEM para el día siguiente. Era el general Custer haciendo sonar la corneta mientras asaltaba con el Séptimo las posiciones enemigas.

Y como el general Custer, fue desarmada y derrotada por una sola frase. El hombre alzó la vista y la miró a los ojos. Entonces sin estridencias, sin apenas ruido, le dijo:

-"Gracias doctora, se lo agradezco de veras. Pero yo ahora sólo quiero vivir en paz"

Y levantándose, le tendió la mano a través de la mesa. Ella tardó los segundos propios del aturdimiento en ponerse de pie y devolverle el apretón esta vez mucho más confiado y sereno, segura como estaba de tener la boca abierta y sentirse tan inútil y perdida como un pez aleteando en la arena de la playa tumbado de lado.

Sí, sin duda la vida borra las sonrisas tatuadas mejor que el más moderno de los láser.





















lunes, 13 de noviembre de 2017

Catalina

Catalina no sabe leer, pero entiende los números. Cuando llega a la consulta se queda de pie junto a la puerta esperando que el médico la llame. No se sienta.

Catalina ha fumado mucho, antes de que nacieran los niños, y tiene los dientes y los dedos amarillos.

Catalina aún tiene acento extremeño, que no la abandonó ni durante los veinticinco años que estuvo viviendo en esa impersonal ciudad dormitorio que parecía dejarles a los inmigrantes de su tierra a unos pocos kilómetros de la capital, como si la carretera si hubiera acabado antes de tiempo, o como si no quisiera que llegaran hasta allí.

Catalina se quedó viuda con una hija adolescente. Completaba la paga de viuda fregando cuando podía. Era la suplente de la titular. En unos años por fin se convirtió en titular, aunque los riñones le dolían lo mismo.

Catalina trata el médico de usted porque no puede dejar de sentirse impresionada ante la gente que tiene estudios. pero eso no le hace más confiada, no. Quién ha sobrevivido con cuatro perras, cocinando patatas cocidas y fregando escaleras es normal que no se fíe demasiado  de lo que le digan los que tienen estudios, aunque sea el medico de cabecera.  Tampoco le ha ido así tan mal.

Catalina lleva más de seis meses cagando sangre. Pero no se lo ha dicho a nadie. Sí, está más delgada, pero tampoco se ha dado cuenta la gente del pueblo. Total, solo baja una vez en semana al mercadillo a comprar fruta y carne por si vienen los niños a pasar el fin de semana. Desde que se fueron hace siete meses a la capital, tampoco come ella tanto. Lo ha llevado mal, se había acostumbrado a sus gritos por la casa, a sus llantos, a sus bocadillos de mortadela. Los había criado ella mientras su hija se buscaba la vida haciendo camas de hotel en hotel desde que se levantaba el sol.

Catalina por fin se lo ha contado al médico, pero no a su hija. El hombre se ha preocupado y la ha preguntado doscientas cosas, aunque ella no ha entendido más que unas pocas. Que se tumbara en la camilla y se dejara la tripa al aire. Eso sí. Y también le ha pesado.

Catalina se va de la consulta con tres papeles que no entiende, con un número de teléfono apuntado en el primero. El médico le ha pedido el teléfono de su hija. Ella se lo ha dado, pero no quiere que la molesten mientras trabaja, sabe que a sus jefes no les gusta. Le ha prometido que ella la llamará cuando salga del trabajo y se lo explicará todo.


Catalina vuelve a la consulta. De nuevo se queda de pie junto a la puerta, preguntando al médico cada vez que sale si ya le toca a ella. Le dice que tenia cita a las nueve y cuarto, que se la había cogido su hija con el teléfono. El médico dice que no tiene cita hasta las diez y cuarto, que lo habrá entendido mal. La toca esperar.

Catalina no se sienta aunque tenga que esperar mucho más de la hora que le ha dicho el médico.

Catalina tiene algo malo en el colon. La han dicho que la tiene que operar. Ella no quiere molestar a nadie. No sabe si se la podrá llevar en una ambulancia al hospital, pero ha oído por ahí que a otras las llevan y ella quiere pedírselo al médico.

Catalina ha seguido bajando a la consulta, ha seguido esperando en la puerta, equivocándose de hora, acumulando papeles que no entiende encima de la mesa del médico, citas, revisiones. Las cosas que le ponían por las venas la hacían vomitar, pero tampoco se lo contaba a su hija, para qué. No podía venir a verla e igual no quería traerle a los niños por si la molestaban. Y los niños eran su vida.


Catalina sigue sin fiarse demasiado de ningún médico. No pasa nada.

Catalina se vuelve a casa con su historia a cuestas.











lunes, 30 de octubre de 2017

Cambio de hora

Llevaba una semana entera renegando. Desde que su marido le dijo sonriendo, mientras recogían la mesa el domingo anterior, que su guardia del sábado siguiente coincidía con el cambio de hora. Soltó un taco que hasta detuvo el trajineo de los cacharros recolocándose en el lavavajillas que se traía su marido, que la miró riéndose con esa prudencia que tiene el que sabe que anda por el alambre y que el comentario inadecuado le puede conducir a la más absoluta catástrofe. Optó por suprimir sonrisas y pulsar delicadamente la tecla del beneficio económico. Pero la ordinariez escatologica subsiguiente le hizo rematar la faena vajillil a toda prisa y retirarse a los cuarteles de invierno, minimizando bajas.


Con casi dieciséis horas de guardia en las costillas, repasaba una por una las palabrotas del castellano recio, las aceptadas por la Real Academia y las que harían temblar en sus sillones a los ilustres académicos. Estaba derrengada en el sillón, con los pies sobre la mesa donde quedaba aún los restos de una cena de compañía aérea de tercera engullidos entre interrupciones, de los que empiezas a comer calientes, retomas tibios y das los últimos bocados fríos con más pena que gloria. La última tregua se prolongaba más de cuarenta y cinco minutos y no pensaba mover ni un músculo estriado hasta que volviera a sonar el timbre; los lisos que hicieran lo que les diera la gana. 



Las horas de trajín pesan en los párpados como si fueran miasténicos y las conexiones cerebrales se entregan con satisfacción inconsciente al metabolismo basal, a la respiración suave y lenta y, porque no confesarlo, a algún que otro tierno ronquido. Es ese tiempo muerto, ese limbo en el que se espera la llamada de la una, la que alborotara otra vez los biorritmos con su disparo de salida de una noche que será lo que tenga que ser. 


esa noche del cambio de hora, el timbre no falta a su cita. Como el famoso cartero tiene que esperar a la segunda pulsación para que la médica vuelva de ese vientre materno placentero donde estaba exiliada para reencontrarse con las piernas adormecidas sobre la mesa y el cuello desafiando la alineación vertebral anatómica, chirriando como una carraca. Echa un vistazo al reloj de la pared y comprueba un tanto fastidiada que la cita inapelable de la una se ha demorado una hora. La salida se había retrasado y nadie la había avisado. No sabe si ha perdido una hora de cama o ha ganado una hora de sueño. 


Ve las luces de una ambulancia en la puerta de urgencias, pero no hay camillas ni aparatajes, solo una mujer que camina hacia ella mirando al suelo. Cuando entra agradece a la doctora que le sujete el portalón y la pide disculpas por molestarla a semejantes horas. Tiene un fuerte acento con sabor a Balcanes y a película de Bela Lugosi. Se dirige a la consulta y se sienta mientras la tecnico de la ambulancia comenta que se trata de un caso de violencia de género, que el marido ya está detenido por los civiles y que enseguida vendría el hijo de la señora a llevarla al cuartelillo a poner la denuncia. A la médica no lo gusta eso de violencia de género. Y menos que lo diga otra mujer. Violencia machista, la corrige, y la técnico la mira con mirada poligonera atravesada sin responder al gracias que le lanza de despedida. 


La mujer sigue callada. Rebusca en su bolso hasta que encuentra la tarjeta sanitaria y se la entrega a la doctora.  Mientras toma sus datos, vuelve a disculparse, levantando la vista por primera vez. Tiene los ojos verdosos, con tonos caucásicos. Contesta con frases cortas a las preguntas de la doctora. No, aquella vez apenas la ha tocado, solo la ha agarrado del cuello y la ha apartado de su camino, empujándola contra una pared. Sí, claro que le duele el cuello al moverlo, pero en realidad no es nada, un grano de arena más en el desierto de los treinta años de palizas que lleva recibiendo. 


Y es que el tipo es listo. De los que se las sabe todas. En el último año y medio más o menos no la ha puesto la mano encima. Su hijo es un fortachón de veinte años que ya se ha puesto por medio en un par de ocasiones, y como toda esa gentuza, tiene una capa de cobardia que aparece en cuanto te atreves a rascar un poco el exterior. Y además está bien documentado; se sabe las leyes y está al día de las sentencias judiciales, así que lleva este último año y medio entregado al terror psicológico más despiadado, a la amenaza de muerte inesperada, la que te hace dormir con un ojo abierto, el insulto iterativo, el desprecio indigno e inhumano. 


Ella sonríe por primera vez: es muy listo, repite. Parece duro, doctora, pero le aseguro que eran peores los puñetazos en el hígado y en la tripa para que no se notaran los hematomas, y el dolor de las costillas rotas al volverse en la cama. Ese dolor es criminal, es un cuchillo clavándose en cada respiración, un hachazo en cada tos. 


Suena el timbre de nuevo. La mujer se sobresalta e interrumpe los recuerdos de las palizas con el alivio que da recordar que es un recuerdo. Es su hijo, que entra aún con el mandil de camarero anudado a la cintura. Ella le mira y le pide perdón. El contesta en voz baja, negando con la cabeza, con la intimidad que les da hablar en su idioma. La médica se siente extraña así que se dedica a rellenar el papeleo. Cuando se lo entrega, los agradecimientos de la madre y el hijo suenan casi al unísono aunque ella tiene tiempo para una última disculpa que la doctora rechaza embargada por el sentimiento de futilidad de su actuación, y por la sensación, terrible, de vivir rodeada de vidas que se le escapan vivas, como si intentara pescar truchas en el río solo con sus manos. 

Mira el reloj de la pared. Son ya las tres. Se levanta y ajusta las manecillas de nuevo en las dos. Es como si nada hubiera ocurrido, como si la vida hubiera dado un traspié, aunque no se haya caído nadie. 











lunes, 23 de octubre de 2017

El rescate

Esta no es una historia mía, ninguna lo son, pero ésta me hubiera encantado que lo fuera. La escuché hace poco, y se apoderó de mi imaginación como solo saben hacerlo las buenas historias, las que se transforman en imágenes, en voces, en caras, todas irreales y todas ensambladas en mi cabeza como si se tratara de una película proyectada en una pantalla gigante conmigo como único espectador. Y ahora que he visto esta película mil veces, me decido a contárosla...

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La mujer espera sentada en una silla a la puerta de la consulta. Hay dos vecinas más charlando, pero ella permanece callada, mirando a través de la puerta de cristal hacia la carretera por donde vendrá el médico. Hace casi una semana que dejó de nevar pero aún hay nieve sucia a ambos lados de la calle y el barro mancha la acera y obliga a dejar huellas en el camino hacia el consultorio. Una visita cada quince días no es mucho, pero suficiente para ir a buscar alguna receta y repasar algún viejo dolor de riñones de los que deja el campo como penitencia. Veinticinco vecinos, el más joven no cumple ya los cincuenta, y la mayoría podrían pasar el año viajando con el INSERSO si quisiera, si no fuera porque entonces nadie cuidaría de sus tierras, de sus huertos, de sus ovejas ni de sus casas. 

Ella no habrá ido más de cuatro o cinco veces a la capital en toda su vida, y serán ochenta y cinco los próximos que cumpla. Tampoco ha tenido necesidad. Crió a cuatro mocetones que ya tienen blanco el poco pelo que les queda, porque como le ocurrió a su difunto esposo, abandonaron la juventud con calvas hechas y derechas. Ahora todos vivían en la ciudad, cerca de sus hijos, para poder echarles una mano, era lo lógico de aquellos tiempos. Pero habían sido buenos hijos, que iban a verla siempre que podían, y llevaban a los nietos y hasta a las pequeñas bisnietas que correteaban con sus cortas y regordetas patitas por el jardín y querían llegar hasta el río persiguiendo a los patos cuando salían del corral. 


El doctor aparca su 4x4 frente a la puerta y sale con el maletín en la mano. Cuando abre saluda a las tres mujeres por sus nombres y les pregunta una por una por sus familias. Recuerda los nombres de maridos e hijos, hasta de los nietos. Se ha sorprendido algo al verla por allí. Ella lo ha notado. Cuando llega su turno, le cuenta lo de los hormigueos y el dolor que siente en el brazo izquierdo. Lleva un tiempo con ello pero como le dejaba hacer las cosas de la casa y apañar el corral, tampoco le pareció importante, pero ahora lleva unas noches sin pegar ojo, y por eso se ha decidido a acercarse. El médico le hace varias preguntas sonriendo y bromea sobre lo tarde que han empezado a aparecer los achaques. Le mueve el brazo arriba y abajo y toquetea en unos puntos misteriosos que solo él conoce como si siguiera un ritual que le revelará el secreto final. 

Seguro que es una tontería, le tranquiliza ella. Igual me he echado mucho peso. Se vuelve para casa con una caja de pastillas blancas enormes, temblando con tener que tragarse esos ladrillos en el desayuno y en la cena, esquivando los charcos para evitar ensuciarse los zapatos, y pensando en lo vieja y chocha que se está volviendo. 

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Todo el mundo sabe qué pacientes ingresan en la segunda sur izquierda. En el pasillo hay un silencio pesaroso, diferente. Las puertas están entreabiertas y apenas se escuchan conversaciones, a pesar de que el hospital rebosa de visitas. Algunos se apoyan junto a la puerta de la habitación con la mirada clavada en el suelo y los hombros hundidos, como si el aire pesara. Y vaya si pesa. 


El médico comprueba el número que lleva apuntado en un papel. La puerta que busca está cerrada. Llama con cuidado. Reconoce la voz que le da permiso para entrar, aunque la nota mucho más débil y sin alma. Ella está en la cama más alejada de la ventana. En la otra hay una persona con los ojos muy abiertos clavados en el cielo que ve desde la ventana que tiene al lado.  Es un pajarito demacrado respirando, casi jadeando, con la boca abierta, los pómulos afilados y la piel brillante, acerada.  Hay una mujer sentada en un sillón junto a ella leyendo el Hola. 


No puede evitar aplicar el ojo clínico porque lo lleva de serie, pero saluda brevemente y se centra en la anciana que sonríe abiertamente desde que le ha visto. Le coge la mano y recibe el beso que el la planta en las mejillas con alegría. No es un sentimiento que se prodigue demasiado por esos lados. Lleva ingresada ya casi dos semanas, dos semanas en aquella cama, en esa habitación en la que ya ha conocido a tres compañeras. A las dos anteriores se las llevaron a una habitación individual y nunca volvió a verlas. Cuando preguntaba por ellas, solo recibía evasivas, así que dejó de hacerlo. 


No guardaba ningún reproche hacia el médico, al contrario. Cuando el brazo pasó del hormigueo y el dolor a convertirse en peso muerto incapaz de moverse, regresó a la consulta y aquel mismo día acabó en el hospital para su desgracia, metida en una especie de lavadora ultramoderna que le daba muchísimo miedo, así que cuando le pidieron que se quedara muy quieta, no le costó nada imitar fielmente a la parálisis del terror. 

Ya le habían dicho que tenía la cabeza  como un queso de gruyere, agujereada por todas partes por un tumor que cuando quiso dar la cara ya era el dueño y señor de la mitad de su organismo. En fin, doctor, ¡qué le vamos a hacer! Nadie se queda aquí para caldo. 


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Los hijos miran al suelo como si en las baldosas del pasillo del hospital se encontrara el secreto de la vida. Saben que el médico tiene razón, pero nadie quiere ser el primero en hablar. Hay un freno en su interior, algo que se empeña en negar la mayor, en creer que aún es posible algún tipo de milagro, y que abandonar el hospital cerraría esa puerta para siempre. Pero las fantasías solo son fantasías, por hermosas que quieran parecernos. Y la realidad huele, como huele la muerte que vuela muy bajo en aquellas habitaciones. 


Los médicos del hospital fueron duros de pelar, pero la insistencia del médico de cabecera fue definitiva. quizás simplemente les descolocaba enfrentarse a la situación inversa a la habitual. El mundo al revés termina siempre por dar cierto reparo. 

Sentada en el porche trasero, contempla los nogales que llegan hasta el río. Se recoloca la manta que tiene sobre las rodillas mientras escucha los trinos y el revoloteo juguetón. Cosas de la primavera. Le toca estos días a su hijo el mayor. Aunque pretendamos negarlo, siempre se tiene un sentimiento especial hacia el primer hijo. Ella se recuerda tan joven con las manos en el vientre sintiendo sus patadas. Todo aquello ocurrió alguna vez. Está tremendamente cansada. Hace apenas una hora que se fue el médico. Viene a verla todos los días y llama cada tarde para ver cómo se encuentra. Se encuentra agotada porque el tiempo está más que concluido. Ha besado a todos quienes quería, y ha dormido todas esas últimas noches en su cama, la que compartió tantos años con quien más quiso. Aquellos trinos son una buena música para despedirse, aquel cielo de primavera y aquellos nogales repletos de hojas verdes brillantes son una buena imagen parar cerrar por fin los ojos. 















lunes, 16 de octubre de 2017

El pope

Estaba sentado ante la mesa de su salón, solo. La casa que no hacía tanto tiempo era un guirigay de gritos, peleas, juegos y discusiones se había transformado en habitaciones oscuras y silenciosas, apenas le quedaban rescoldos de aquella vida. Su mujer ojeaba su iPad distraída frente a una televisión tan enorme como irrelevante.  Sus conversaciones no se habían retomado, como soñaron que ocurriría cuando los chicos se fuera a por fin a sus casas o a la universidad. En lugar de eso, todas esas conversaciones que habían ido quedando pendientes se habían disuelto en el silencio artificial que se había apropiado de la casa. 


Él miraba las dos cartas que tenía abiertas, colocadas una junto a la otra, sobre la mesa. Cuando su mujer se las había entregado, al volver del hospital, la había tranquilizado con un no es nada que había tratado de ocultar la inquietud que le habían generado los sobres oficiales y los certificados firmados.  Pero ella no había necesitado mucho más. Es lo que tiene la indiferencia, 


No podía creerlo, por más que lo intentaba asimilar. Desde el principio había pensado que todo era la ñoñería de un niñato incapaz de entender la jerarquía que era el orden natural de las cosas, los engranajes que permitían que rodara maquinaria tan compleja como aquella en la que ellos se movían. No era la primera vez que le había ocurrido, no. Era una plaga cíclica con la que había tenido que lidiar desde siempre, y que solo requería pegar un brochazo de autoridad que recolocara las veleidades un tanto anárquicas y románticas de algunos. 


Pero la vida en el servicio de un hospital tiene poco de romántico y nada de anárquico, es orden, disciplina, y sobre todo acatamiento. Algo que a algunos jóvenes les costaba entender de primeras pero que finalmente terminaban aceptando como se aceptan los ciclos circadianos. 

Y ahora tenía allí, delante suya, una jodida resolución de la gerencia de inspección. Politicastros del tres al cuarto metidos a jueces del recto proceder. Habría que ver la de culos que debieron lamer para acceder a sus poltronas. Y con dos pelotas se permiten el lujo de suspenderlo. A él. Esos mierdas que  no sabrían encontrar el sobaco para ponerle el termómetro a un mono. Y se hacen llamar medicos. Suspenderle a él. El, que se arriesgó a venirse a un hospital de provincias a levantar un servicio a su imagen y semejanza, serio, trabajador, que fue capaz de organizar lo que hasta entonces  había sido un desastre en todos los sentidos, él, felicitado hasta la saciedad por todos los gerentes, de todos los bandos políticos, con el teléfono móvil de al menos tres ex-consejeros en sus contactos. Panda de ignorantes. 

Pues claro que tuvo que tomar decisiones duras en varias ocasiones. A veces es imprescindible para ablandar esos gallitos que llegan para enseñar a los viejos caducos a hacer las cosas. Hay que someterlos a base de hostias, hasta que no pueden levantar la cabeza, hasta que reconocen quién es el jefe, hasta que son capaces de entender el estatus de la manada. Les cuesta, pero lo consiguen. Y si no, se buscan la vida en otros lares, que aquí a nadie se obliga a quedarse. 


¿Conocer la historia clínica de alguno de ellos o de sus familiares? Pues claro que sí, sin caretas. En el hospital todo se sabe. La cafetería es el mentidero de la villa y siempre hay una boca en busca de un oído que quiera escuchar, y siempre hay un alma cándida esperando hacerse un amigo poderoso. La información es poder. Y hay quienes han nacido para gestionar ese poder. Y esos paletos no son capaces de verlo. 

En el último mes ha hecho muchas llamadas, ha pegado tres o cuatro empujones y removido sutilmente algún que otro estercolero, para frenar este despropósito. Pero las lealtades hoy en día valen lo mismo que el dinero del Monopoly. Y no es tonto. Ha visto las miradas que le evitan en los pasillos, las zancadas que se retrasan para no coger el mismo ascensor, los huecos a su alrededor en la cafetería. Las ratas abandonan el barco cuando se huelen la catástrofe. 


Se pasa la mano por la cabeza. Hay un espejo en la pared de enfrente que le devuelve una imagen que cuesta reconocer, un viejo calvo, ajado, que no se parece en nada al joven arrogante y con ganas de comerse el mundo que después de leer un cuento a sus hijos, se sentaba en esa misma mesa a repasar los casos más complicados mientras su mujer terminaba de recoger el desastre infantil. Añora a aquel joven y aquella vida. Abre la segunda carta. Es el requerimiento de un juez para presentarse a declarar. Le han denunciado casi todos los médicos de su servicio. Por acoso laboral. Vuelve a mirarse al espejo. Está tan cansado que apenas encuentra ni un atisbo de determinación para luchar en su imagen. Es probable que se haya acabado todo. 

Su mujer no ha levantado la cabeza del iPad ni un solo momento. 












lunes, 9 de octubre de 2017

Prácticas

La guardia transcurría relativamente plácida, todo lo plácida que puede transcurrir una guardia en un servicio de urgencias durante un fin de semana. El reducto de pediatría resistía a las hordas invasoras desde sus salas de esperas repletas de mocos, llantos y papás rapartiendo a partes iguales las caras de sueño, de preocupación y de aburrimiento.

Asomarse a los pasillos daba un vértigo que la joven residente prefería evitarse, después de cuatro meses de recorrerlos con más pena que gloria, como corresponde a una recién llegada a la que se lanza al ruedo a torear directamente un mihura con picadores. 

Pero ahora se sentía bien en esa Invernalia pediátrica donde las horas pasaban al ritmo de termómetros remetidos debajo de los bodies y jeringuillas de suero oral naranja con las que ir probando tolerancias intolerantes. 

Llevaba apenas una semana pasando allí las mañanas, añorando la consulta de su pueblo mientras separaba el trigo d las urgencias de las injentísimas cantidades de paja de las banalidades sin fin. Pero no se desesperaba porque era una optimista nata, cualidad que le auguraba un amable futuro, sin duda, y porque se había comprometido consigo misma a disfrutar de ese trigo de urgencias que, estaba segura, iban a hacer que aquella rotación mereciese la pena. 

Pero aquellos buenos deseos eran los de lunes a viernes de ocho a tres. Y hoy era sábado a las diez de la noche y el día pesaba en ambas venas safenas como si fueran dos trombos anti-sintrones, así que los mocos y las fiebres de diez minutos de evolución para ser francos empezaban a adelgazar su optimismo y a tocarla mucho las gónadas. 


La enfermera entra con toda la autoridad de su triaje de perro viejo que ha renunciado a dos concursos de traslados porque le va la marcha. 

- Hay dos lactantes de tres meses que llevan desde ayer con fiebre alta y se les ve malitos, y una niña de dos años que ha empezado a llorar hace tres horas según los padres y que no se le pasa con nada. 

Los bebes no tienen el detalle de venir al médico con poca ropa. Son el alter ego del abuelo con refajo. La joven residente es de naturaleza sistemática y repite germánicamente su guión para evitar olvidos, mientras anota las respuestas en el teclado con esos dedos juveniles que consideran una rareza los BIC. La enfermera apremia a la madre para que deje a la criaturita cono un querubín de Miguel Ángel. La adjunta llega mientras la residente está traduciendo la anodina exploración al ordenata y se pone en situación con un par de preguntas y un arrebolar de su bata que manda a los padres a esperar en la sala de ídem a que los Apiretales refresquen los calorines del rorro. 

El otro lactante se queda enganchado a una mascarilla de piloto de las US Air Force, demostrando que en los pulmones caben varios decibelios de llanto aunque los bronquios se empeñen en estrecharse. 


El pequeño reducto pediátrico sigue recibiendo visitantes al ritmo de la Pietá en el Vaticano, aproximadamente, pero los triajes salvajes e inmisericordes de la enfermera alférez no detectan motivos para retrasar por más tiempo la entrada de los pobres padres que acumulaban tres horas de llanto soportado con su nenita de R2 de humana (y que entretenida con el trasiego de enrededor, había concedido esa tregua que se da siempre que uno va al médico)

El saludo inicial de la doctora abrió las compuertas de la indignacion de los desesperados padres. Que los lactantes aquellos hubieran adelantado por la derecha y por la izquierda a su pequeña era una afrenta imperdonable. De nada sirvieron las pacientes explicaciones de la joven residente acerca de las prioridades, los triajes y demás zarandajas. Las quejas persistían y se retroalimentaban  mientras la niña era izada sobre la camilla y se descubría el enrojecimiento de un tímpano como presunto causante del inexplicable llanto. 

- ¿No han ido ustedes a urgencias al Centro de Salud?

Aquella pregunta fue la afrenta definitiva, la declaración unilateral de guerra, la quema de la bandera. ¡Cómo se atrevía! Aquello era Urgencias, allí es donde están los pediatras de guardia y lo de su pequeña era una urgencia. Y su niña tenía que ser vista por un pediatra. Faltaría más. 

- Pues esperen un momento, porque yo soy residente, y además de medicina de familia. Ahora mismo aviso a la pediatra para que vea a su hija. 

Sí, la residente asumía que acababa se abandonar su aureola de santidad, percibía claramente que había tirado por el retrete toda la paciencia que recomendaban los manuales del buen aprendiz, pero es que la pesadez de las piernas parecía haberse cuadriplicado y, a esas alturas, no había ninguna parte de su cuerpo que estuviese ya para farolillos. 

La adjunta volvió de sus quehaceres adjuntiles y fuer rápidamente informada de la escalada del conflicto, así que entró en la sala torciendo los labios al estilo Trump y aquello hubo momentos en que pareció una reunion campestre con Kim Jong-un. Mientras la madre abandonaba la sala con la niña en brazos a medio vestir, el indignado padre, casi arrancando el informe de manos de la adjunta, dejó su última perla:

-"Es una vergüenza que utilicen a nuestros hijos para hacer prácticas" 

Y lanzando una mirada de misil norcoreano, se fue con viento fresco. Y la vida siguió en aquella noche de sábado, el reducto de pediatria seguía a punto de rendirse, los pasillos de interna y trauma se poblaban como las playas de Benidorm en verano, y a la noche siguió la madrugada y a ésta el amanecer, en el inacabable y kafkiano karma de los servicios de urgencias. 












lunes, 2 de octubre de 2017

El médico enfermo

Si, chaval, ésta es la historia de mi vida. Ha sido un poco traicionero haber aprovechado esta guardia tan tranquila para habértela contado. Es fácil que se te haya cortado la digestión, que te acuestes dándole vueltas a tu joven cabeza pensando en encontrar la forma de ayudarme. No puedes evitar ese entusiasmo pardillo que te hace querer solucionar todos los problemas a tu alrededor. Al fin y al cabo te dices varias veces al día que para eso te hiciste médico. Me gusta percibir esa energía. Es como ver una foto de tu comunión con los colores desvaídos e irreales de las primeras máquinas fotográficas modernas. Te recuerdan que uno también fue niño, que corrió por la calle vestido de marinero. Y luego te miras al espejo y te devuelve una cara ajada, una barba gris y un porrón de años mirándote desde unos ojos casi vacíos.


Menuda historia. Me quedan solo tres años para jubilarme. Tengo que aguantar como sea. Hay que ayudar a los hijos con sus hipotecas, y sus arranques titubeantes o sus porrazos contra el muro de callejones sin salida. Solo tres años. Solo. No es para tanto, no pongas esa cara. Los pacientes ya han sobrevivido a otros como yo, a cientos. Ya. Me han sobrevivido en épocas peores. No pasará nada, ya verás. Ahora estoy bien. De verdad. 


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Nacer en el cincuenta y cinco, morir en el setenta y cinco. Esta fue la vida de la mayor parte de los chicos de mi barrio. La ciudad reventaba por sus descampados, convirtiéndose en un monstruo irreconocible. Y sin embargo, los chavales que crecíamos allí vivíamos en un estado que cualquier ignorante hubiera llamado de felicidad. Si todo el mundo tiene muy poco, hace falta muy poco para ser feliz. Cuando la droga llegó al barrio, ya no quedaban expectativas, porque ese poco ya no cabía en los bolsillos de los pantalones de campana y la realidad olía peor que las cloacas de nuestras calles. Los porros y la heroína te permitían comprar el engaño de que la felicidad seguía siendo posible. 


Yo era buen estudiante. Los profesores se volcaban en mi con esa desesperación que les daba saber que no tenían ninguna otra baza ganadora en su mano. Yo acompañaba a mis colegas al parque a pillar para fumarnos lo que no estaba escrito, pero seguía estudiando casi a escondidas, avergonzado, sintiéndome un traidor, como si los estuviera abandonando a su destino fatal, como si hubiera saltado del barco mucho antes que las mujeres y los niños. 


Cuando entré en la facultad de Medicina, el cementerio y la cárcel se repartían casi en partes iguales a los colegas de mi panda. Allí hice nuevos colegas, pero su rollo hippie, sus malas imitaciones de Dylan, toda su mierda de la paz  y del amor libre era una realidad paralela que me sonaba tan irreal como si estuviera viendo una peli de Disney. Pero bueno, seguíamos fumando petas y follábamos un montón, así que cualquiera se quejaba. Y luego estaba el rollo político: apuntarse al PCE, imprimir pasquines y tirarlos desde la parte de atrás de la moto que le había comprado el banquero a su niñito para ir al chalet de la sierra. En fin. No me acuerdo muy bie, pero creo que en algún momento debí de estudiar algo de Medicina, vamos digo yo. 


Aquello del MIR me sonaba a cuento chino, y a tardar en ganar dinero. No se, puede que tardará cuarenta segundos en conseguir mi primer curro, los que tardé en presentarme a la administrativa y en sacar mi flamante título de licenciado en Medicina y Cirugía firmado por un rey novato y joven. No he sido nunca un buen médico. He sido listo, he sabido escuchar y reconocer lo que querían de mi, y he sido hábil dándoselo. Creo que por eso me tienen en tanta estima mis pobres pacientes. Pero no he sido ni mucho menos un buen médico para ellos. Los padres que les dan a sus hijos lo que quieren no son tampoco buenos padres. Solo para que te hagas una idea de lo,que quiero decir. 

La vida me subió y me bajó de su elegante cochecito de paseo muchas veces. Mi mujer, mis hijos, me hacían sentirme como si me dejara montarme en el pescante. Y olvidaba la puta droga porque nadie de quienes quería se lo merecían. Pero después, la señora vida me daba una patada en el culo, y me apeaba del carro sin contemplaciones, caído de cara en un charco de barro: el divorcio, la muerte de mis padres, o el miedo insoportable que me daban, cada vez más terrible, las guardias. Volvía a convertirme en un guiñapo que se sostenía solo metiéndose mierda. 


He pasado años entrando y saliendo de relaciones sentimentales, abrazos y abandonos de mis hijos, bajas laborales y periodos de trabajo febril. He estado al menos dos veces, que yo recuerde, ingresado porque tenía los dos píes ya en el abismo, justo donde mis compañeros habíais puesto una red que evitó que me despeñara. Y me agarraba a la posibilidad de cambiar como una garrapata que le mete sus ganchos bien profundos a la vida. Y de nuevo mis pasos volvían a encaminarse al sendero que lleva a lo alto de las rocas, sin saber si ahí debajo sigue estando la red o ya os habéis hartado de pescar despojos. 

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No te voy a decir que esté curado, chaval, porque no me curaría las heridas ni viviendo tres vidas. Pero mi nueva pareja tiene una sonrisa que ilumina la casa y a mí me apetece que vuelva a entrar el sol en mi habitación. Así que estoy aquí otra vez para intentarlo. Son solo tres años. Ya no me queda ningún entierro de mis colegas del barrio al que ir. Solo el mío. Tengo un par de nietos que puede ver en el parque los domingos y quizás aún pueda ayudar a algún paciente, quién sabe. 

Cuando uno se ha dado a sí mismo tantas oportunidades, queda poco espacio para el engaño, aunque no hay que subestimar nunca la capacidad de éste para adelgazarse y meterse debajo de nuestra piel. Por experiencia. 

No te agobies, chaval. Soy una vieja gloria de los setenta que aún tiene que hacer guardias para ayudar a su gente, soy como el Jagger, decrépito y molesto a la vista, pero aún dispuesto a dar una última gira. Una gira de tres años. Tranquilo, ya veras como no pasa nada. 


(La imagen pertenece a la Guía del Plan de Atención Integral al Médico Enfermo, que la Fundación para la Protección Social de la Organización Médica Colegial española ofrece a sus médicos para ayudarles a recuperarse y reintegrarse su vida profesional. Una iniciativa extraordinaria y que podéis consultar en este enlace: Guia PAIME )