domingo, 13 de agosto de 2017

Pequeña y tierna historia de amor

Iba mirando taciturno por la ventanilla de la ambulancia. Sus compañeros hablaban de sus cosas, bromeaban sobre trivialidades, recordaban anécdotas estrafalarias como solo sabe hacerlo quien lleva muchos años en lucha continua contra la peor enemiga, la que siempre termina ganando. Se burlaban de los regates de chiquillos traviesos que habían conseguido darle. Pequeños reveses para la muerte que eran tremendas victorias para quienes, al final, tendrán que doblar la rodilla ante ella y su ley de hierro, inevitablemente.

El se mantenía al margen, no le hacían gracia esas bromas de chavales. No conseguía simpatizar con ninguno de sus compañeros, pero era un excelente profesional, llevaba más de veinticinco años enfundándose el amarillo fosforito y recorriendo las carreteras a horas intempestivas, siempre serio, sin escucharle una queja, pero haciendo su trabajo como el mejor. 

No necesitaba tener amigos, se veía demasiado viejo y demasiado raro. Cuando tenía tiempo libre leía, estudiaba, repasaba, daba cursos, o hacia turnos a compañeros que sí sabían lo que era tener una vida fuera de la carretera. 

No era amable, ni comprensivo. No recordaba que hubiera sido así siempre, pero cuando intentaba  encontrar una explicación se le venían a la memoria lo que llamaba, con cierto gusto por lo melodramático, los tiempos oscuros. Una juventud que debió vivir alguna vez, en un mundo donde los exámenes del MIR acumulaban multitudes, cientos de médicos por aula mordiendo por una plaza que aseguraba una vida mejor, y que dejaba a otros miles peleando en un submundo de trabajos basuras, sueldos esclavistas y horarios de burdel. 

Y allí se quedó él, haciendo donicilios solo por las calles nocturnas de la ciudad, de once a siete los martes y los jueves y un sábado de cada tres. Dos horas por la tarde de lunes a viernes viendo como le utilizaban dueños de residencias de ancianos sin escrúpulos para salvar la cara ante preocupadisimos hijos de teléfono y visita mensual mientras pagaban miserias a sus empleados y se llenaban los bolsillos al mismo ritmo, y sustituciones tapahuecos en centros de salud donde se sentía cada vez más arrinconado por las miradas condescendientes de los hijos de Martín Zurro, que lo toleraban como un mal menor que se extinguiría con el tiempo. 

Así que cuando vio la posibilidad  fue de los primeros en invertir lo que no gastaba la familia que nunca tuvo en un master que le hacía quemarse las pestañas como creía que era incapaz de hacerlo, y desembarcar en esa élite de las urgencias extrahospitalarias, esas superdotadas UVIs móviles que atravesaban la ciudad con gran despliegue de luces y sonidos y a las que todos se rendían dejándoles espacio, con caras de alivio y sonrisas de colonos cercados por los sioux que ven venir al séptimo de caballería. Y allí se sintió por fin alguien, allí le escuchaban, le obedecían, a veces hasta aplaudían su llegada. Pero nunca olvidó aquellos tiempos oscuros. 


Ella se preparaba para abandonar en menos de dos años la treintena. Se seguía viendo tan niña que apenas podía creérselo. Los años de facultad habían sido magníficos, pero efímeros. ¡Quién lo diría! Y la residencia, que parecía iba a ser eterna, fueron dos suspiros entrecortados. La vida. Y ahora estaba allí, en medio de la nada, ella sola, temblando para que todo lo que le despertara por la noche fueran sonrojantes dolores de garganta. Juraba a los cuatro vientos que jamás se quejaría del mal uso de las urgencias ni cosas similares, siempre que aquellas primeras guardias fuera capaz de resolver lo que le llegara. 


El hombre estaba pálido y sudando con esos sudores que no pueden traer nada bueno. El peso que sentía en el pecho se reflejaba en el electrocardiograma y en la tembladera que sentía ella en las piernas. Los minutos hasta que vio tras las ventanas las luces de colores en contraste con la noche de verano eran de seiscientos segundos. Sus encuentros con la UVI móvil habían estado siempre a la sombra de los adjuntos con los que había hecho guardia. Y había habido de todo, como siempre ocurría. Volvió a recurrir a las promesas a todo el santoral si le tocaba alguien amable y comprensivo. Torció un poco el gesto al ver al cincuenton que se bajó el primero, sin hablar a sus compañeros, que se daban instrucciones unos a otros. Había oído hablar de él: un hueso que no le caía bien ni al que le saco de pila. 

Tartamudeo ligeramente al entregarle su informe. Él tenía la voz mucho más dulce de lo que se esperaba y las preguntas que la hizo eran razonables y parecía que sus respuestas le satisfacían, porque asentía con la cabeza mientras recibía datos de enfermeros y técnicos. Luego le acercó el nuevo electro para que lo vieran juntos y por un momento advirtió que el resto de los presentes los miraban en silencio, no sabía si sorprendidos o curiosos.


Les despidió en la puerta del centro mientras cerraban las de la ambulancia. Hubo un segundo para mirarse lo suficiente para que ella percibiera la soledad en sus ojos. Y le parecieron unos ojos tristes y preciosos. 


Hizo el viaje hasta el hospital más chocado que el pobre paciente, y sin morfina que aliviara la presión que se le había puesto en el pecho. Vio a sus compañeros cuchichear cuando creían que no les veía pero no le importó. La guardia terminó sin poco más que añadir, pero él no durmió ni un segundo. Había copiado su nombre del informe de urgencias y lo doblaba y desdoblaba compulsivamente mientras decidía si se sentía demasiado viejo para hacer algo, o demasiado idiota para no hacerlo. 


Llamó dos días después al centro de salud temblándole la voz como si hablara con el padre de una novia adolescente. Le pasaron con ella, que hacía una sustitución veraniega. Su voz sonó sorprendida pero con un toque tan alegre que él se contagió y la llamada derivó del estado del paciente a una cita para tomar café entre compañeros.  

Fue una historia de amor breve e intensa, que, como al menos las más bellas, también acabó en tragedia. La tragedia de la vida que se lleva por delante en ocasiones hasta los más hermosos romances. Él volvió a sus taciturnidad que sus compañeros recordaban bien y no tardaron en aceptar como quien acepta la llegada del invierno. Ella discurrió por su treintena como pasa para todos el tiempo, a veces lento, a veces alocado, a veces enamorada y a veces sola, feliz a veces, triste en ocasiones, ni fu ni fa la mayoría del tiempo. En su plaza de la ciudad ya no hace guardias, aunque de cuando en vez aparece la UVI móvil. Y al menos en ese momento, ella se acuerda de él. Quizás a él le sea suficiente, quién sabe. 

Aquí os dejo otra pequeña y tierna historia de amor, del maestro Ismael Serrano







domingo, 6 de agosto de 2017

Persona(je)s

Ir a atender a un domicilio en una guardia es como empezar un buen libro y descubrir a los personajes. Y lo  sé porque estuve leyendo libros dos noches por semana durante cuatro años por las calles desiertas con olor a borracho de la ciudad. Y no se cuantas madrugadas me han dado por las carreteras de pueblo esquivando perdices. 

Entrar en un domicilio durante una guardia se parece a la vieja mili, esa de la que todos los jóvenes abominábamos pero que dejaba recuerdos repletos de sonrisas cuando el pelo empezaba a ralear y se entrecana. Así que, cuando suena el teléfono nos removemos en la silla como si fuera la de un fakir, torcemos el gesto y nos sale la voz de cascarrabias gruñón. 

Pero luego viene el espíritu redivivo del jodido Tudor a darnos una patada en plenas nalgas y apuntamos los datos del pobre hombre en un trozo de papel usado recordando que con toda probabilidad, ese pobre hombre nos necesitará más que las cuatro picaduras de avispa y los tres dolores de garganta de aire acondicionado que nos tienen atados a la mesa de la consulta. 


La guardia era una guardia, esa tediosa manera de tener un sueldo digno, ese pasar las horas entre el aburrimiento y el miedo, el desesperarse por la medicialización y la infantilidad de la sociedad al mismo tiempo que te alegras de no pasar de primero de parvulitos de emergencias. Contradictorios, como buenos seres humanos que somos, pero con recibos que pagar a fin de mes. 


El coche era un horno de los de los buenos tiempos de Sestao. La enfermera conocía a la familia, ventajas de la longitudinalidad aunque sea en un entorno hostil. Así que con los chorros tibios del aire acondicionado a todo meter, nos fuimos enterando de la vida y milagros del interfecto, que en este caso era conocer la angustia de una mujer anciana que se ve sola cuidando a un marido muy delicado porque su hija ha trasladado los cuidados del padre al marido y de la habitación de la casa del pueblo a la del hospital. 

La mujercica sonríe al ver a la enfermera como si se le hubiera aparecido la santísima Virgen. El cuarto de estar es tan pequeño que tengo que apartar la mesa camilla contra el mueble de la televisión para poder acercarme al caballero que está ladeado sobre el brazo de su sillón de orejas. De pronto nos hacinamos en el cuartucho buscando nuestro sitio médico, residente, enfermera, anciana y nieta, todos alrededor del pobre hombre intentando hacernos oír por encima de la presentadora de España a las ocho o alguno similar. 

La residente está hipnotizada por dos pequeñas bolitas de grasa que sobresalen de sus párpados superiores. El hombre resolla como la locomotora del Keaton y comienza su relato, que como todos es  escatológico y maloliente, repleto de gases que no salen y hacen retorcerse las tripas, de horarios, color y consistencia de las deposiciones, y del jodido peso que se le ha puesto en el pecho con solo cubrir los tres pasos escasos que hay hasta la letrina. 

Tensión, azúcar, saturaciones y pulsos. Pulmones encharcados y alguna broma que empieza a relajar un ambiente donde la enfermedad  se empeña en dejar poco espacio libre. 

- En el pueblo las hay más viejas que ustedes señoritas 

Les suelta entre resoplidos guasones. Su mujer le pregunta a la enfermera por su pequeña, que crece a toda marcha. 

- Si no fuerais tantos os invitaba a comer. 
- Ojalá pudiéramos quedarnos, pero a ver qué hacían el resto de los enfermos. 

Volvemos al horno con ruedas, amenazados con alcanzar nuestro punto justo de cocción cuando lleguemos al centro. Yo atesoro todos estos personajes como quien coloca ordenadamente en las estanterías de la biblioteca de su dormitorio los libros que va releyendo. 

A los libros hay que tenerlos a la vista porque nos han hecho ser lo que somos. A los pacientes hay que tenerlos en el recuerdo, y por idénticos motivos. 





lunes, 31 de julio de 2017

Orgullo y prejuicio

¡Ay, Jane Austen, Jane Austen! ¡Qué lejos estabas tú de saber que tu Inglaterra romántica de ricos venidos a menos y romances venidos a más se me vendría a la cabeza para describir estos mis primeros pasos en el mundo de la Medicina postespecialidad! Estoy seguro de que si alguien te lo hubiera insinuado le habrías puesto el té frío y los sándwiches de pepinillo con el pan duro.

En fin, aquí estoy, cumpliéndose todos y cada uno de los prejuicios que me había forjado en los últimos meses de residencia: kilómetros arriba y abajo, saludar a compañeros que se olvidarán de mi nombre antes de que lleguen a sus consultas, pacientes que me preguntan si no está hoy su médico, como si fuera a hacer su aparición detrás de las cortinas de la camilla, tipo prestidigitador de feria, y vuelta al coche, y encima agradeciendo que ahora tenga aire acondicionado, que mi tutor hace veinte años recorrió estos mismos caminos con las ventanillas bajadas con manivela y el motor recalentándose como dice el dicho, más que la moto de un hippy.  

Así que hoy nos tenemos que tener por afortunadas, somos la generación tecnológica: encontramos los centros de salud con el gps del coche que con su voz varonil encantadora nos dice que giremos a la derecha o que cojamos la comarcal doscientos once con la misma frialdad cortés, recibimos un guasap de la bolsa que nos pregunta si estamos libres para una guardia mañana en la gran muralla China, y consultamos el medimecum a pie de cama del paciente con los 4G rurales mientras nos traen amablemente un vaso de agua fría. Tenemos una aplicación descargada que nos dice donde trabajaremos mañana y nos llegan a nuestro correo electrónico entre sesenta y setenta nóminas algunas con vergonzantes saldos de unos céntimos que sonrojarían hasta al pobre de la puerta de la Iglesia parroquial. 

Además, desde nuestro móvil y antes de empezar la segunda consulta del día, el siempre atento instituto de la seguridad social nos remite el balance de nuestras altas y bajas, sorprendiéndonos con las veintitantas veces mensuales que esos seres anónimos del submundo de la burocracia han tenido que activar y desactivar todas las movidas que nos metían y nos sacaban de la población activa como el que entra y sale de la pista de baile. En fin, todo muy tecnológico, una maravilla de la ciencia. 

Todos aquellos prejuicios que mantenían bien ahogadas las esperanzas de contratos estables, aunque fuera con la irrisoria estabilidad de unos meses, cumpliéndose a rajatabla con la exactitud de un reloj suizo. De Suiza, vamos. 

Y en medio de toda esta vorágine de sensaciones y sentimientos, es decir, de ganas de ir al servicio de personal a dar cortes de mangas hasta que te escueza la flexura del codo, el oasis de suplir a tu tutor. De repente, tu consulta otra vez. Sí, porque allí asististe en primera fila de platea a esa representación tan realista de lo que debería ser tu vida que llegaste a sentirte una de los personajes de la trama. Y ahora que vuelve a abrirse el telón, ahora que el prota no aparece por ningún lado, descubres que te sabes el papel de memoria y que tu sueño de ser tu la prota se puede convertir en realidad. Y tardas apenas unos minutos, dos o tres pacientes nada más, en olvidarte de que en esa representación  hubo alguna vez otra primera figura que no fueras tú misma. 

Y entonces se te pinta una sonrisa boba en la cara que ya no se te quita ni aunque te llame por teléfono la buena mujer de bolsa y te pida con voz trémula y hasta lastimera que si la puedes cubrir una consulta por la tarde en un mega-ambulatorio. Y sin darte cuenta la has dicho que vale, que la vida es bella y que a las heroínas de Jane Austin los vestidos escotados y largos les quedaban que te cagas y que seguro que a ti te quedarían igual de bien. 

Y para remate, a esa luna de miel con la vida que te supone cada día volver a abrir tu puerta, sentarte en tu silla, encender tu ordenador y saludar sonriendo a todo quisqui, le pone el remate final que hay dos o tres pacientes que no eran mucho de venir por la consulta del tutor, pero que desde que ese elemento desapareció de la escena te han adoptado como su médica imprescindible de cabecera y hasta de los pies de la cama. Y te vas a tu casa con un orgullo todo trufadito de vanidad que está buenísimo, de repostería fina, y que te deja la misma mala conciencia haciéndote pensar que eres una bruja vanidosa que has quitado el puñal de la mano a Bruto y se lo has metido en el quinto intercostal al jodido Julio César. 

Y la vida sigue, y el verano pasa, y todo lo bueno se acaba, y el tutor vuelve de las vacaciones, y las consultas vuelven a sucederse, y las altas y bajas también, las consultas dobladas, los monzones, las guardias a capón y los kilómetros. Y tal día, hará un año, sin duda. 








lunes, 24 de julio de 2017

Porque yo lo pago

  Porque yo lo valgo. Porque yo lo pago. ¡Cuánto daño ha hecho a la civilización occidental la publicidad d L'Oreal! No se conoce nada igual desde las bermudas vaqueras para hombres. 

La consulta del médico había empezado con uno de esos funestos presagios que ponen a temblar al más pintado: había huecos disponibles a pesar de que no había habido consulta el día anterior. Eso solo puede tener dos significados: o un hotel de Marina D'Or se preparaba para recibir una invasión de manchegos o se avecinaba el fin del mundo y no se había enterado el Roberto Brasero. 

Pero el médico, reconfortado por su segunda dosis enteral de cafeína, se arremanga la vocación, le saca punta a la empatía y se lanza al ruedo como Manolete en Linares, con un ojo puesto en la altura de la barrera por si hubiera que saltarla a lo Fosbury. 

Y al asomar el ojo a la sala de espera se le erizan los pelillos de los antebrazos porque en el repaso rápido de la lista previa al cante de los agraciados no había caído en la cuenta de que el Miura quinqueño y que derrota por las dos astas está esperando a ver si hoy por fin sale a hombros el maestro. 

Aunque no le toca todavía, los dos que hay por delante no responden a sus nombres que el médico vocea en tono de pregonero con la esperanza de que estén en el water. Pero es como si se hubieran esfumado. Así que finalmente cede el paso al veterano indomable que antes de atravesar la puerta ya se ha desayunado los diez minutos que tenían reservados los dos desertores previos. 

La consulta se extiende, saltando de una rama a otra como aquella ardilla que recorría la Península Ibérica sin poner un pie en el suelo patrio, la muy anarca. Es como ir al cine por primera vez a ver Titanic: a nadie se le ocurre moverse hasta que se hunde el barco. 

Veintinueve minutos cronometrados. Los segundos los deja de propina. El médico ha cogido la fea costumbre de cronometrar sus visitas. Le acompaña a la puerta palpando la insatisfacción que le ha quedado tras la consulta. Se marcha cabeceando como si supiera que  a la vuelta de la esquina se acordará de otra cosa importantísima que llevaba toda la semana pensando en contarle al médico y al final ha olvidado explicarle. Será el Alzheimer, el azúcar, el corazón, la tensión, las pastillas, los mareos, la tristeza, el prostatismo, los acúfenos, o si viudedad, o todo junto o ninguna de esas cosas. Vaya usted a saber. 

En la sala de espera hay revuelo. Una mujer cuarentona se abalanza a la puerta enfadada. 

-Oiga perdone, ¿por qué hora va, que nosotros tenemos prisa?

El médico tiene no sólo una frase hecha, sino una expresión automatizada lista para aflorar en cuanto detecta esa pregunta. Es un encogimiento de hombros y una sonrisa bobalicona que quiere decir que en el pueblo a la vida en general se le ha olvidado ponerse el reloj de pulsera, y mucho menos a la Medicina rural. Aquí uno sabe cuando llega, pero nunca cuándo atravesará la puerta deseada. 


Pero la mujer se rebrinca. Si no es nueva en el pueblo, debe ser de las de residencia intermitente, porque el médico no es capa de reconocerla. 

-Es que le hemos llamado varias veces por teléfono para que nos active la medicación y no nos ha hecho caso. Y llevamos aquí esperando un montón de tiempo y nos tenemos que ir. 

La situación empieza a hacerse berlanguiana. Durante la soflama, una de las irreductibles, una anciana de las clasicas cuyo cerebro gestiona sus citas mil veces mejor que la App del servicio de salud, ya que parece haber asumido que el cupo de su médico es de una sola persona, es decir, ella misma, ha aprovechado la puerta abierta para entrar en la consulta y acomodar sus generosas dimensiones en una de las sillas junto a la mesa. 

El médico, incapaz de revertir la situación y con las dos piernas metidas en el fregado de la discusión previa y la media hora de retraso, busca rápidamente en el ordenador las demandas de receteo de la pareja de las prisas ante la cachaza de la otra buena señora que parece asistir a una comedia desde las butacas de la claque del teatro. 


Y cuando el médico termina de repasar el tedioso receteo informático de los interfectos, aunque podía haberlo solucionado por la vía rápida, el cuerpo le pide marcha, y ruega a marido y mujer que entren un momento en la consulta para explicarles "una cosita".

Entonces les cuenta que confundir unas facilidades que, aunque dificulten la vida del médico, aligeran la de los pacientes, con una obligación es un grave error, error que genera otro aún mayor, la demanda exigente, propia del cliente con tarjeta de El Corte Inglés, el que establece sus condiciones en la relación de pareja de hecho, porque "el
Cliente siempre tiene la razón", 

Y entonces ella se rebrinca y empieza a elaborar el argumento estrella, el tesoro de Golum de los pacientes impacientes, el Santo Grial de los políticos sanitarios:

- Usted tiene que hacer lo que yo le diga porque yo lo pago. 

El médico no da crédito a lo que ha escuchado. Los años de convivir con sus pacientes habían reservado el hueco a esa expresión a algún iluminado en una guardia, pero para ser sincero llevaba mucho sin oírla. Eso sí, es un viejo número uno de los cuarenta principales que nunca pasa de moda. 

La discusión suele cerrarse con amenazas veladas en la inconsistencia y una enorme tristeza que le amarga la boca al pobre médico como si se hubiera dejado el cepillo de dientes en casa y le hubiera sorprendido una vomitona. Sigue trabajando normalizando un pulso insólitamente disparado. 

Aquel día toda la comida le sabrá a estómago revuelto y vocación cortada. 





(Imagen del 40 aniversario de la famosa frasecita de la afamada marca de cosmética)


jueves, 20 de julio de 2017

El continuum

Yo no llegué a mis pueblos para quedarme siempre. No. Llevaba siete años en Madrid, atascado en mi turno de tarde, llegando a casa a las diez de la noche, después de conducir cuarenta y cinco minutos nunca demasiado rápido, con los reflejos abotargados por las siete horas de pestañas quemadas frente al ordenador. Entraba por la puerta sin hacer ruido para no despertar a mi hijo, que crecía sin que su padre pudiera llevarle al parque, o bañarle antes de acostarle, que se iba a la cama sin sentir los brazos ni los besos de su padre. Me dejaba caer en el sillón sin ánimo ni para sonreír aborreciendo lo que tanto amaba pero me obligaba a ser un padre ausente. 

Un buen día el mundo se volvió loco con la "consolidación", la gran farsa que toleramos todos sumisos, o quizás con la secreta esperanza de que nos tocase la lotería, e inundamos los departamentos de personal de papeles compulsados y compulsivos. 

Y de aquellos polvos vino una chica de Valladolid con apego por mi plaza construida sobre siete años de mis costillas, y en ese intercambio caótico de cromos me vi alrededor de una mesa con otros ocho nerviosos candidatos a algo de paz, y un director médico recitando una lista de plazas y dejándonos quince minutos de cortesía antes de que eligiéramos donde ganarnos las habichuelas. 

Yo había echado el ojo a esos dos pequeños pueblos que, por los comentarios que oía alrededor, no eran demasiado apetecibles. Estar sólo no suele ser plato de buen gusto: no tener alguien que te eche una mano, con quien consultar una duda, o que te cubra si tienes que irte de repente  no es algo que se acepte con agrado. Y el remate final era tener que cambiar de pueblo a media mañana. En resumen, había presas más codiciadas. 

Ya no recuerdo si era el tercero o el cuarto en elegir, pero a pesar de la intranquilidad lógica no se me quitaba la sonrisa de la cara: yo manejaba información privilegiada. Mi mejor amigo había pasado varios años en otro pueblo del mismo centro de salud, y conocía por  él los intríngulis de la plaza, las características de los pueblos, de sus gentes, hasta sabía cómo era el ambiente en el centro, cómo eran las guardias. 

De qué absurda manera te cambia a veces la vida. Era octubre, otoño. Recuerdo cómo le dije a mi mujer que nuestra suerte había cambiado para siempre. 

En menos de un año era el coordinador del centro. Mis compañeros llevaban años en sus plazas, muchos años. Yo les veía como diplodocus: simpáticos y bonachones, pero lentos y anticuados, demodés. Era un gilipollas. 

Los dos más antiguos estaban en los últimos seis o siete años de su vida profesional. Me soportaban con la condescendencia de los que han soportado jovencitos gilipollas en muchas ocasiones anteriores, con la media sonrisa de quien quemó hace tiempo esas pasiones. 

Mientras organizaba las consultas a mi gusto, se tejían lazos invisibles a mi alrededor, pero aún existía en mi interior una resistencia a abandonarme. Al fin y al cabo sólo estaba ahí temporalmente y ya me había desgastado demasiado los siete años anteriores. 

Había tenido conversaciones con compañeros sobre cuándo era conveniente cambiar de cupo. Diez años quizás, antes de que la desidia te invadiera como una lepra, antes de que el culo nos engordara de no moverlo de la misma silla, de que ni siquiera les oyéramos sentados ante nuestras mesas. 

Aquellos dos médicos de cabecera de toda la vida tenían serios problemas con sus consultas: sus cupos se habían desbordado, los pacientes, alegremente medicalizados, acudían una y otra vez, hoy por una receta, ya que estoy aquí, por este dolor en el hombro de hace un año, y mi hijo que ha perdido el trabajo y no duermo por la noche, preocupada. Sus consultas se eternizaban, sus listas se llenaban con tres, cuatro días de antelación, algunos pacientes rebosaban a las urgencias de la tarde y yo les sugería la posibilidad de cambiar sus cupos, de terminar sus años afrontando nuevos retos. Ellos volvían a sonreír porque encima eran buena gente y soportaban estoicos mis broncas, mis cambios en sus agendas, mis estupideces, porque yo tenía claro que era un problema de acomodarse en sus puestos, y no me daba cuenta de que en realidad simplemente hacían lo mejor que sabían, desbordados por una sociedad que al mismo tiempo que había provocado un gigantismo infame de sus pueblos, se había entregado a la tarea de convertir en atemorizados enfermos crónicos a sus integrantes. 

Y el tiempo pasaba como suele hacerlo, como la famosa tortura de la gota china. Y esa maraña de sentimientos que se generan cada día en las consultas me iban poco a poco envolviendo, y en esas llega una oposición, que tenía que ser la mía, porque me pillaba viejo y harto y hasta aquí podíamos llegar. 

Y tras dejarme los sesos estampados en los libros como mosquitos de verano, y derrochar horas de insomnio como un Pocholo ibicenco, pero sin más química que la cafeína, no sólo apruebo, sino que  brillo en una posición inmejorable para elegir. Había dos plazas en la ciudad donde vivo y yo era el tercero. Pero durante una semana, por azares del destino me revolví incómodo en la cama porque existía la posibilidad de dejar mis pueblitos y venirme a quince minutos andando de mi casa. 

Y las ataduras de la longitudinalidad en mi eran ya tan fuertes que esas noches fui un traidor a esas mil quinientas personas que ya me habían osmolarizado. Y sus caras escupiéndome la traición se me presentaban hasta que caía rendido. Y para poderme mirar al espejo por la mañana y así ser capaz de afeitarme y no transformarme en un hipster involuntario, me decía que algún día no aguantaría tanta carretera, que quizás no tendría otra oportunidad de acercarme a casa, que tengo muchos niños que necesitan a un padre que los recoja en el cole. 

Bueno, seré un gilipollas, pero soy un ser humano como el que más, y no es tan fácil no pensar en uno mismo. 

Finalmente la propia vida, en uno de sus giros de cachonda irredenta, eliminó para mi esa posibilidad y me ofreció en bandeja la de convertirme en un héroe para mis pacientes, alguien que decide quedarse con ellos pudiendo irse a cualquiera de los pueblos más cercanos a la capital. 

Y mientras esa famosa gota seguía horadando el contador de nuestros días, yo me abandonaba definitivamente, eliminaba los diques que creía me protegían y por fin entendía a mis viejos compañeros, a todos aquellos que desprecié por conformistas y a los que sólo puedo pedir el más humilde y arrastrado perdón, que encima estoy seguro que me concederán porque son tan buena gente como siempre se mostraron conmigo y con sus pacientes. 

Hoy ya no contemplo ninguna opción que no sea la de jubilarme en esta misma plaza, como finalmente hicieron mis dos compañeros, dejando una pena inmensa en sus pueblos y un hueco difícil de llenar, y que, sin embargo, se acabará llenando, porque la vida es un continuum que termina llenando cualquier hueco, aunque sea más grande que un océano desecado. Algún día aparecerá un jovencito gilipollas que me mire con ojos modernos, con ideas tan nuevas que ya eran antiguas antes de Alma Ata, y cuchicheará a mis espaldas teniéndome por viejo acomodado, al que le gusta tomarse un café con sus parroquianos antes de empezar la consulta y visitar a sus viejitas a la cabecera de su cama, solo para sacarlas una sonrisa. Y espero reírme condescendiente recordando en mi interior que el que fue una vez gilipollas, en el fondo no deja de serlo nunca. 

Este es el antepenúltimo post del año. Como el anterior, quizás se están haciendo más personales, quizás me estoy quedando demasiado en pelotas, a mis años y con este tiempo. Pero hoy quería explicaros como fui parido a la longitudinalidad, a raíz del debate generado tras los excelentes post de mis amigos Sergio Minué y Maxi Gutiérrez

Y además, quién sabe, el año se acaba...








lunes, 17 de julio de 2017

Lágrimas

Tengo veinticinco años. No soy ninguna niña, mucho menos una niña de papá o de mamá. Hace seis años que me tuve que buscar la vida en la gran ciudad en un apartamento con otras tres tías con las que lo único que tenía en común era que entrábamos al piso por la misma puerta. Y poco más. La Facultad, la biblioteca, las horas interminables de prácticas y las pestañas quemadas en los libros no han sido solo cosas mías, faltaría mas, pero yo me las he tatuado en mis costillas y no me da la real gana que nadie me considere una niña mimada.

He luchado como una cabrona por estar aquí. Desde bachiller. Solo porque no concebía ninguna otra posibilidad que no fuese ser médica. Después la paliza del MIR. El estrés de jugarte el futuro a una carta, una especie de última apuesta en Las Vegas que puede hacerte rica o dejarte en pelotas en la puerta del casino. 

Y no sabía muy bien si apostar a par o a impar, a rojo o a negro. Sí, quería ser generalista, alguna especialidad con variantes, que me hiciera saborear la Medicina con la que soñaba de toda La vida, la larga, la ancha, la profunda. Medicina en tres D. 

La bola de la ruleta se paró en la casilla de Familia después de que el croupier dijera por los altavoces del Ministerio aquello de rien ne va plus y me pareció que la banca amontonaba delante de mí una pila de fichas de mil dólares. 

En mi primer mes en la consulta con mi tutor debía parecer un dibujo manga, incapaz de cerrar unos ojos como platos. Todo me gustaba, que digo me gustaba, me enamoraba como una adolescente que no ve ni los granos de su novio quinceañero. 

Llegaba cada día a mi piso, otra vez compartido, aunque esta vez todas teníamos en común ponernos la bata y colgarnos un fonendo al cuello (es un decir: con mi tutor no había bata que valiera y el fonendo colgaba de la pared) y repasaba mentalmente cada una de las delicias que había ganado en esa partida de blackjack jugado contra el destino. 

No, no soy ninguna niña de papá, ni de mamá. Y ahora estoy en este pasillo verde limón llorando como una imbécil y lo que es peor, sintiéndome como una llorona imbécil. 

Sí, los días eran largos, los pacientes se sucedían en cascadas como los rápidos de un río en el deshielo, pero ese escuchar las historias, esos domicilios, esa confianza, esas bromas, esas penas, eran el terciopelo de la Medicina. No me podía creer que hubiera sido tan afortunada. 

No, no soy ninguna mema veinteañera. En las urgencias la vida marchaba a otro ritmo. Alguien había apretado el botón del fast forward y se había olvidado de devolverlo a su velocidad normal. Pero me adaptaba. Me colocaba en modo esponja, absorbiendo lo enseñado y lo ocultado, y aunque el ritmo puede desorientar, ya he dicho que no soy ninguna cría, tiraba para delante con las ganas y la fe intactas. 

Y aquella mujer de treinta y tantos que podía servir como modelo para estudiar la anatomía ósea dejo de respirar porque no había fuerzas en ninguno de sus pellejos para luchar contra una nueva bacteria, y yo me coloqué a la derecha del adjunto frente su marido y su hija preadolescente y cuando sus ojos empezaron a desaguar, los míos volvieron toda la habitación turbia y las lagrimas me cerraron la glotis como un cóctel de gambas a un alérgico al marisco, y pedí perdón con voz de gallo flauta y me salí de aquella habitación de la pena como alma que lleva el diablo, pero sin que se la llevara, sino dejándome a mí cargar con ella como si fuera acero para los barcos durante días. 

¡Que no soy ninguna niña mimada! Pero la guardia amenazaba con hacerme doblar la cerviz como sólo las urgencias de un fin de semana de verano saben hacerlo, a base de no comer, no beber, no mear y apenas pensar. Y cuando los tóxicos se acumulan en un organismo que agota los depósitos de glucógeno y estira al máximo la vejiga, llega un pobre hombre utilizando hasta los músculos de las pestañas para respirar, y mirándote con los mismos ojos del padre de Nemo buscándole fuera del agua, y entonces te lanzas a automatismos que acabas de aprender y que por tanto están en unos pañales que, por cierto, en esos momentos te vendrían estupendamente. 

Y aunque sean las cuatro de la mañana llamas al adjunto porque no te fías de aquellas treinta y tantas respiraciones por minuto. Y entonces el pitufo furioso se convierte en un juez que te interroga, te ridiculiza y te reprocha una bisoñez que el mismo ostenta como adjunto veraniego. 

Y aunque no eres una mema en el pasillo de los baños, donde esperas por todo el santoral que lo de tu compañera sea un desahogo rápido, se te empieza a caer una lágrima sin comerlo ni beberlo y antes de que te des cuenta no ves una mierda con las gafas empañadas ni consigues enhebrar dos respiraciones normales sin un jipido vergonzante. 

¡Que no, que no soy una mema, que no soy una llorona, que no soy una niña mimada, joder! Que soy solo una persona, y encima una médica. 





lunes, 10 de julio de 2017

Cuidadoras

La casa parecía amenazar ruina desde fuera: escombros, malas hierbas comiéndose lo que debió ser un jardín alguna vez, suciedad y pobreza. Al entrar la ruina ya no era una amenaza, era la pura realidad. Subimos unas escaleras detrás de una mujer en chandal negro, que nos había recibido con un escueto pasen.

En la habitación se distinguía el olor inconfundible de la muerte. No hay un olor igual y no se le escapa a un perro viejo acostumbrado a olerlo desde hace años. Costaba advertir que aún había una persona jadeando en medio de aquella cama. Se había encogido hasta el infinito. Las costillas se clavaban en los costados agotándose en cada estertor. 

La enfermera empezó a prepar una palomilla y a sacar las jeringuillas con morfina que llevábamos cargadas, listas para usarse. Yo pedí a la mujer del chandal que me acompañara fuera de la habitación mientras tanto. Tenía un folio en la mano cuadriculado un tanto burdamente con rotuladores azules y rojos, nombres y números, instrucciones sencillas para horas muy complicadas. 

-¿Es usted su mujer, supongo?
- En realidad ya no. Lo fui. Su mujer lo abandonó cuando empeoró. Tenían un hijo que no quiso saber nada de su padre, así que me llamó a mi. Estuvimos casados durante quince años, hasta que se largó un buen día sin avisar y sin decir esta boca es mía. No teníamos hijos y la casa estaba a mi nombre, así que hice borrón y cuenta nueva, hasta que me llamó hace un par de meses. Yo soy viuda. Tengo una hija y dos nietos. Mi hija me dijo que estaba loca viniéndome a cuidarle, pero no podía dejarle morir como un perro. 

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El pesa el doble que ella y le saca por lo menos dos cabezas. No me hago una idea de cómo podrá manejarle para meterle en el baño, para acostarle. La veo muchas mañanas andando por la cuneta de la carretera para llegar al pueblo donde limpia durante media mañana por cuatro perras en dinero negro. Le deja desayunado sentado en el sillón frente a la tele con las ventanas bien cerradas y cruza los dedos para que pase la mañana dormitando. 

Pero algún día ha llegado y le ha encontrado caído junto al sillón, con el pantalón del pijama apestando a orina. Entonces se remanga y como si fuera una hormiga capaz de levantar mil veces su peso, consigue incorporarle, se le cuelga al cuello y deja caer a ese oso de cerebro de niño en la cama. Le quita los pantalones, le lava con una esponja y una palangana e intenta ponerle un pañal. El se lo arranca con sus manazas enormes y ella cabecea impotente y resignada. Le pone otro pantalón de pijama y le deja adormilado sobre las sabanas deshechas, mientras ella va a recolocar el salón y pasarle la fregona al suelo. 


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El se marchó una mañana. Le dijo que no se veía toda la vida cuidando de niños, que no era así como se había imaginado, que se ahogaba. Ella le escuchaba estupefacta, sin poder creer lo que escuchaba. Era demasiado parecido al argumento de una mala serie de televisión. Esas cosas no pasan en la realidad. Pero vaya si pasaban. No solo pasaban sino que antes de que fuera capaz de componer una frase, el tipo salía por la puerta con una maleta y la bolsa de raquetas de paddle. Ella se quedó sentada en el sofá del salón. Pensaba que tendría que ponerse a llorar, o gritar, pero se levantó y se fue a la
cocina a rebozar unas pechugas de pollo para que comieran esa mañana las niñas cuando las recogiera del colegio. 

Cuando terminó, planchó los chandals del uniforme para mañana y preparó la mochila con los patines para las clases de la tarde.

Luego se sentó otra vez en el sofá del salón con la vista fija en la televisión apagada. Podía verse reflejada, aún despeinada con la chaqueta que se ponía por las mañanas para hacer las cosas de la casa. Cogió el teléfono y marcó el número de su antigua oficina. Hacía unos meses se había encontrado a su jefa en el Mercadona y había estado charlando casi media hora con ella, sobre cuánto la echaban de menos, lo brillante que había sido siempre y cómo sintieron en la empresa que les dejara de lado para criar a sus hijas. Se había sentido halagada pero la familia era lo primero para ella, le había dicho sin poder evitar una pequeña sonrisa de suficiencia de la que se arrepintió en el ascensor del supermercado al recordar que su jefa estaba divorciada y apenas veía a su hijo de cinco años. 


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Ella estaba sentada en un sillón de orejas en el salón. El médico rellenaba sobre la mesa camilla el certificado de defunción que habían llevado los de la funeraria. Llevaban días esperando y al final había ocurrido poco antes de que el médico se marchara para su casa. Noventa y tantos años son una larga vida. Los últimos dos habían sido mucho más complicados, con infecciones de orina que le ponían el azúcar por las nubes, bajones que la dejaban groggy como si se hubiera metido en el ring a pelear con    Mike Tyson, y dos ictus que habían terminado por hacerle doblar la rodilla, convirtiéndola en la sombra de la mujer luchadora que había sido. 

Y a su lado en los últimos años siempre había estado ella. Ella, que estaba sentada inmóvil en el sillón de orejas junto al médico, con la vista perdida, mientras él se afanaba en hacer buena letra aunque no se había llevado sus gafas de cerca y no veía una mierda. 

-¿Sabe usted que llevo los últimos veinte años cuidando a unos y a otros? Primero mi suegro, que cayó malo con un cáncer de pulmón y estuvo cinco años bien malito. Mi marido era el único que vivía en el pueblo. Sus hermanas venían a verle los fines de semana pero la que le atendía a todas horas era una servidora. Casi al mismo tiempo que él empezó mi suegra con el Alzheimer y mi marido se trajo a los dos a casa. Mis cuñadas estaban encantadas y ni se las ocurría mentar una residencia, así que a mí mucho menos. La mujer vivió diez años más que su marido aunque los últimos dos años fueron un infierno. Yo la cuidé como si fuera mi madre, por mi marido, que es tan bueno. Y luego mis padres. Se acuerda que mi padre murió al poco de llegar usted al pueblo. Y ahora mi madre. Lo que habré peleado con ella. ¡Veinte años cuidando viejos! Y ahora soy yo la vieja. ¡Veinte años!






lunes, 3 de julio de 2017

Dr Jeckyll y Mr Hyde

El Dr. Jekyll sale de la casa baja con dos bandejas de pasteles haciendo equilibrios sobre una mano, mientras intenta abrir con la otra la puerta del coche. Son las dos ultimas visitas de la semana, las dos pacientes más delicadas, apuñaladas en sus espaldas por un par de vértebras que no han soportado sus kilos ni la carcoma y se vinieron abajo hace ya años dejándolas con una letanía de quejas y suspiros a cada intento de levantarse del sillón o de removerse en la cama. A ambas las ha dado la mano, las ha besado en las mejillas y les ha contado sus planes para un fin de semana que tendrá que esperar a que termine la prórroga inevitable de otra guardia.

Las ha visto suspirar aliviadas sabiéndose protegidas en la distancia corta por él. Al salir le promete a la que le encargó los pasteles que los guardará en la nevera y se los llevara a sus hijos al día siguiente, cuando acaben esas horas añadidas a la semana. 

Ha sido otro buen día, como lo son casi todos para quien siente que le ha tocado la lotería con su trabajo. De vuelta para la consulta comenta un par de casos con su residente y al final se lanza a la deriva filosófica con esa mala costumbre de la que ya advirtió en su momento a la paciente R1 que le escucha con el ansia entusiasta de quién acaba de conocer el que será su mundo. Cuando se da cuenta, sonríe y pide perdón con la boca pequeña, porque sabe que los cimientos hay que construirlos con utopías para que más tarde, los habitantes de esas vidas no dejen nunca de soñar. 


El Dr Jeckyll tararea mientras conduce hacia el Centro de Salud. Vuelve a proponerse mantener a Mr. Hyde escondido donde no sea capaz de avergonzarle. El verano ha permitido una tregua para que los seres vivos puedan respirar sin que les quemen los bronquios y hace un día de sol espectacular. En la zona de urgencias el aire acondicionado está demasiado fuerte. Siente todavía el chute de buen rollo en sus venas mientras se abotona la camisa blanca del pijama y rebusca en la nevera un par de bandejas preparadas para recalentarlas en el microondas. 


El cerebro ha puesto en marcha todas sus movidas prandriales y las glándulas exocrinas y endocrinas están a tope esperando los primeros bocados cuando suena la chicharra. El Dr Jeckyll y la enfermera se miran mientras dejan los tenedores cargados en los platos y consiguen alcanzar el interruptor de apertura de la puerta casi simultáneamente al segundo y más insistente timbrazo.  La comida llegará cuando llegue. A la tercera interrupción prefieres comértela fría, porque al menos te la comes y el tiempo es oro. 


Los días son largos. El verano ha traído a los pueblos a los emigrantes de ciudad, y a las abuelas, a los nietos de navidades y Semana Santa. El verano es cansino como las gastroenteritis, las otitis de las piscinas y las picaduras de los insectos. El Dr Jeckyll conserva aún sus buenos miligramos por decilitro de buen rollo en las venas y mantiene la sonrisa mientras pasa consulta al viejo estilo de su juventud, el del suplente de un día que no conocía a los pacientes pero intentaba hacerlo lo mejor posible. 


La hora punta se atrasa en verano al prime time de la tele y el repunte de casos coincide con el inicio de sus programas estrellas. La cena se convierte en una receta fría y las piernas pesan aproximadamente a dos G. Hay una discoteca al aire libre en frente que les deleita con los últimos éxitos del regetón a volumen de perforación timpánica. Cuando parece detenerse el goteo, al Dr Jekyll el cansancio le ha consumido hasta el recuerdo del buen rollo y se deja caer en la cama a pesar de que Enrique Iglesias se empeña en cantarle gritando dentro de sus oídos. 


Cuando suena el timbre no sabe si ha dormido cien años o treinta segundos. Enrique aún grita. La mamá se sienta frente a él explicándole que a su doceañera le duele el pecho desde hace seis días y que ella le ha llevado a un cardiólogo que ya le ha pedido un electrocardiograma y una analítica con colesterol y todas esas cosas pero que esa noche a la niña le dolía más y por eso están allí sentadas contándole al Dr Jekyll sus movidas. Mira el reloj del ordenador intentando procesar el flujo informativo en él área más racional del cerebro, pero no puede, algo chirría: 

- ¿El dolor le ha empezado hace seis días y ya la ha visto un cardiólogo? ¿Y además le ha pedido pruebas, a su hija de doce años?

La madre asiente. Se da cuenta de que el médico, a pesar de la terrible cara de sueño, ha sido capaz de captar lo esencial de su mensaje. Buen trabajo de síntesis por su parte. 

Un poco más tarde, Hyde está tumbado boca arriba en la cama escuchando a Luis Fonsi competir en ritmo y gritos con Iglesias. Está soltando por su boca todas las ordinarieces de que es capaz. No deja títere con cabeza. Repasa a la sociedad, a los políticos, a los ciudadanos, a los profesionales sanitarios, estamento por estamento, con un cuidado exquisito en el insulto y la borriquería. Se queda dormido ideando estrategias que hacen removerse en su tumba a Ceacuscu y en su cama a Donald Trump, 

Cuando vuelve a sonar el timbre es de día. Jeckyll está avergonzado de la visita de Hyde, y solo le consuela el que al menos no haya conseguido salir de la habitación. Se sienta delante de un hombretón que se levanta la camiseta para enseñarle cuatro picaduras de mosquito en la tripa. 

- A punto he estado de venir a las cuatro de la madrugada del picor que tenía 

Hyde sonríe enseñando los colmillos. 


lunes, 26 de junio de 2017

Redes

La oncóloga lleva al menos media hora ante la pantalla del ordenador. Relee una y otra vez los tres párrafos. Destilan odio del puro, del que se ha ido mezclando con la bilis y ha salido amargo por los dedos buscando hacer daño, mucho daño. Y lo ha conseguido. Desliza hacia abajo el ratón repasando cada uno de los comentarios, viendo como poco a poco la bola de nieve va tomando vida propia, como la ráfaga de viento va convirtiéndose en un huracán con ella en el centro. Pero en este caso no hay paz y tranquilidad en el ojo del huracán: hay pena, rabia y muchas lágrimas.


No era fácil ser oncóloga. Los fracasos pesan en el alma mucho más que los éxitos, porque nadie te prepara para los fracasos, porque olvidamos que al fin y al cabo, la vida es el eterno fracaso ante la muerte. Pero a ellos se les exige la lucha continua, ser paladines de una causa que amenaza siempre con arrollarles, como si fueran seres mitológicos capaces de vencer al dragón más fiero. Pero no son más que médicos enfrentándose a enfermedades terribles que se enseñorean de las personas, maltratándolas como a galeotes sin futuro. 


Había tratado a aquella mujer durante tres años. La había visto venir a su consulta con su marido y esa joven a quien miraba con orgullo de denominación de origen maternal. Habían digerido como buenamente habían podido la incertidumbre, agarrándose al estereotipo de la lucha, tópicos en la que todo el mundo se siente cómodo al principio porque parecen marcarte un camino, y un camino es lo que te hace falta cuando no sabes siquiera si merece la pena empezar a caminar. 

Y también había visto como el estereotipo la dejaba agotada, arrinconada contra las cuerdas de los venenos que la metían por las venas y que desafiaban los límites de la ciencia y de la resistencia humana. Y como sonreía cuando su marido y su hija insistían en transformarla en una soldado firme en su trinchera peleando contra todo un batallón de caballería. Y ella intentaba sonreír con los labios resecos porque su sonrisa frágil y dolorida proporcionaba algo de calma a los ojos inquietos y violentos de aquella joven a quien quería con toda su alma. 

Había visto esas escenas cientos de veces en su vida. Sabía que conviviría con ellas desde el momento en que decidió que aquel sería su camino, no recuerda muy bien cuándo. Sí podía reconocerse en la joven médica que ansiaba conseguir un éxito tras otros, arrancar de las fauces del gigante a quienes daban ya todo por perdido. Quién no se ha visto a sí mismo alguna vez como un héroe romántico. Y ahora estaba sentada frente al ordenador, notando que las letras se iban volviendo borrosas a medida que los ojos y las mejillas se humedecían. 

Escuchaba en la lejanía a su marido hablar de querellas, de denuncias, y llamadas a la policía, mientras secaba su cara con la manga del pijama y releía una y otra vez. Recordaba cada minuto de aquella noche. La habitación en penumbra, con solo una pequeña luz sobre la cabecera. La mujer harta de ser soldado, con los ojos cerrados, los pómulos sobresalientes hundiendo apenas la almohada, una respiración casi imperceptible anunciando su retirada. La joven sentada junto a la cama cogiendola la mano sin un atisbo de la arrogancia juvenil en su mirada, sino con los ojos transformados en los de la niña aterrorizada que la pedía que no le dejara sola por la noche. Un paso por detrás de ella, el marido, incapaz de soportar el dolor. 

Había asistido visto toda esa pena demasiadas veces. Siempre se sentía como una nota discordante. Despacio, se dirigió a la puerta. Abrió con cuidado y antes de salir, sus ojos se cruzaron con la mirada desconsolada de aquella joven-niña, absolutamente perdida. Le sonrió con toda la calidez de que fue capaz. Fue como una caricia en la distancia. Y ahora leía que se había reído de aquella mujer moribunda. Y la gente lo comentaba y la juzgaba con la dureza de Nuremberg, como a una criminal de la Gestapo. 

Y sabía que no podría hacer nada. Que ninguna de aquellas personas que conformaban su jurado popular la conocían ni la conocerían nunca, que nunca sabrían con qué dolor cerró aquella puerta, con cuánta tristeza compuso esa sonrisa, con cuantas imágenes de aquellos tres años se iría aquella noche a la cama. Ninguna de aquellas personas que sostenían en sus manos las piedras con las que la apedrearían sabia con cuánta pena leerían aquellas frases sus padres, sus hermanos, sus amigos, ninguna sabrían nunca lo cerca que estaría de abandonar su vocación, de dejar abandonada la terrible mochila que cada día le iba pesando más, hasta sentirse incapaz de soportarla a su espalda. 







domingo, 18 de junio de 2017

La medicina

 La medicina no es una profesión como cualquier otra. 

1/ Se está cerca de la muerte (y se certifica).

La habitación estaba oscura. Los encajes de la cortina apenas dejaban pasar dos o tres rayos de sol que convertían el escenario en fantasmagórico. La cama era alta y bajo las colchas ella apenas movía delicadamente el pecho, con los ojos cerrados y los rasgos afilados que el médico ha visto en tantas ocasiones. 

Huele a colonia Lavanda derramada a mares intentando disimular el olor nauseabundo que se ha empeñado en amargarle sus últimos días desde un abdomen podrido. 

En el aparador reposan ordenadas tres o cuatro jeringuillas sobre una hoja escrita en trazos gruesos de rotulador. 

La vida se lo está tomando con calma pero la muerte no tiene prisa. Ya se enseñorea de todo como la auténtica dueña. 

El médico acerca su oído a la boca de la mujer y percibe aún con mayor claridad la descomposición. Luego acaricia delicadamente la piel de porcelana china. 

Volverá al terminar la consulta. Seguramente ya se habrá ido. 


2/ Se entra dentro del cuerpo

La residente está un tanto incómoda sentada en un taburete que la hace sobrepasar al tutor y a su paciente en una cabeza. No hay mesas entre ellos, están sentados unos junto a otros como si fueran unos amigos en una cafetería. Fue de las cosas que más le sorprendió desde el primer día. 

- Hoy no vengo preparado. 
- No te preocupes. Quedamos en unos días. Pero tendré que mirarte la próstata. 
- Buff, no quisiera. Ya sabes que no me lo han hecho nunca, y es una cochinada. 
- Te prometo que seré muy delicado. Si quieres te canto algo. 

El paciente sonríe con la broma y la residente se pregunta cuántos años tardará en poder hacer esa Medicina. 


3/ Se toca la piel, incluso lugares íntimos

Está tumbada en su cama articulada. Le cuesta mover los kilos, mucho más desde que lleva esos clavos de acero en las piernas. Cuando el médico y su residente llegan a verla, intercambian las bromas de rigor que se han convertido en válvulas de escape del dolor de la vida. Y ambos lo aceptan tal cual. 

Pero ahora, al intentar colocarse, la cara escupe un rictus que no puede pasar inadvertido para nadie. Con cuidado, se remanga el camisón y separa las piernas.  Una úlcera tremenda enmarca sus genitales. El médico se coloca un guante azul y con delicadeza palpa la úlcera. El grito de dolor le pilla desprevenido y retira el dedo. 


4/ Se penetran todos los orificios

- ¿Qué, vienes ya preparado?
- Joder

El paciente se levanta cabeceando y se coloca junto a la camilla. Empieza a desabrocharse torpemente el cinturón. El médico le pone una mano en el hombro y le explica despacio como colocarse. Él se baja los calzoncillos sin apartar la mirada de la pared. 



5/ Se indaga en la mente, lo íntimo y lo oculto

El paciente entrecorta sus frases con nudos en la garganta que parecen avergonzarle y le hacen bajar la vista. Se quita las gafas y saca un pañuelo de tela de los de toda la vida. 

Acaba de explicar al médico por qué quiere quitarse la vida cada lunes por la mañana, cuando regresa a su casa junto a su mujer y su hija tras haber estado trabajando todo el fin de semana en un restaurante en la capital. Le ha contado por fin que está profundamente enamorado del jefe de cocina, un mocetón moreno de rizos agitanados que le quitan la respiración. Y que no soporta volver a una vida que le pesa como un muerto. 

Dice que no lo volverá a hacer, pero no es eso lo que el médico lee en sus ojos. 


6/ Se cambian causas de muerte

- Lo siento, no tengo ni idea de por qué ha muerto su madre. Según me dicen en la residencia esta mañana están bien, hablando y comiendo con normalidad. Y esta madrugada, cuando han hecho la ronda los auxiliares de noche, se han asombrado de encontrarla fallecida y me han llamado. 

- Ya, ya sé que ustedes no quieren líos, que no quieren ni oír hable de autopsias o de retrasar el entierro

El médico cuelga el teléfono, y mientras rellena el certificado de defunción, alejándolo un poco para que las letras no se emborronen, piensa en lo triste que debe ser morirse a cien kilómetros de tus seres queridos, en una habitación con olor a orina y a sudor. 

Causa inmediata de la muerte: Infarto de miocardio.  


 7/ Se elimina/alivia el dolor patológico

El anciano necesita sus rodillas para pasear por la playa de Gandía, para mirar a las alemanas ponerse del color de los cangrejos mientras se come un helado de cucurucho de esos que le tienen prohibido todos los médicos menos el suyo de cabecera. 

Se tumba en la camilla esperando, aunque sin miedo. No es la primera vez que ve al médico trastear con las agujas y las jeringuillas. Bromea con la vidorra que le espera en la playa mientras siente entrar la aguja y una quemazón intensa. Ya se ve con las olas golpeándole en los tobillos. Sonríe. 


 8/ Se contribuye a la paz/bienestar social

Ella viene a última hora, sin cita, como casi siempre. Llega contenta, con una carpeta de papeles bajo el brazo. Por fin le han concedido esa pequeña pensión que había solicitado. Viene a darle las gracias por haberle rellenado los papeles y haber hablado con la trabajadora social. El médico le quita importancia pero ella intenta darle un beso en la mano. El siente que apenas ha hecho nada, piensa en todo el tiempo que no puede dedicar a ese hombretón que siempre que le ve en el sillón de su casa, sonríe bobaliconamente desde su cerebro medio deshecho. 


Historias basadas en la primera parte de un texto de Juan Gérvas publicado en una serie de tweets en Twitter el 24 de mayo de 2017. 




domingo, 11 de junio de 2017

Pasaba por aquí

Son las dos de la mañana y estoy agotado. Arrastro una semana de trabajo y ese pequeño festín de los sentidos que es despertarse por el canto de los pájaros en lugar de por el arpa del iPhone el sábado tendrá que esperar a mejor oportunidad.

No está siendo una guardia excesivamente dura. Todos los bichos del mundo parecen empeñados en picotear las extremidades de los lugareños, que han olvidado las enseñanzas de sus abuelos porque quedan antiguas en la moderna era tecnológica del pinchazo de Urbason y hoja de urgencias. Las fiebres se ceban en los infantes sintiéndose en su salsa en los cuarenta grados a la sombra de la estepa castellana y se ríen juntas de Apiretales y Dalsys rojos y naranjas. 

La vida sigue igual. El termómetro se lleva por delante a los antihipertensivos que provocan más borracheras que el anís de El Mono, y a los ancianos demenciados a los que se les secan las faringes y se olvidan de tragar, o si lo hacen están abocados al terrible castigo de la aspiración bronquial.  

Pasan las horas como si tuvieran ciento veinte minutos. Ya ni se respeta la canicula de las cinco de la tarde, reposar la cabeza y cerrar los ojos es una utopía que la chicharra del timbre se encarga de asesinar antes de que nazca. 

Casi todos los compañeros que conozco en similares circunstancias alargan las últimas horas de la madrugada esperando el timbrazo final como quien espera el "podéis ir en paz" de la Misa. Y suele llegar inevitablemente, como la lluvia que se hace de rogar en otoño. 

Luego arrastrando los pies nos metemos en la cama con un cansancio extremo que no quiere dejarse sin repasar ni un solo músculo, y que, tarde o temprano, nos arrastra a una inconsciencia superficial y miedosa. 

A las dos vuelve a sonar el timbre. Hay malos sueños tan reales que son la realidad. Los zuecos están en algún lugar de las profundidades oscuras de la habitación y los pies pesan como si por error nos hubiéramos puesto las botas de plomo de un buzo. 

Cuesta enfocar, pero en la puerta esperan padre, madre y preadolescente, bien vestidos y peinados, en contraste rabioso y vergonzante con el pijama arrugado y el pelo desordenado de enfermera y médico. 

-Al niño le duele mucho la garganta desde esta tarde. Estuvo tomando antibiótico hasta hace tres días pero hoy le ha vuelto a doler y como no se le pasaba con el Espidifen que le hemos dado, le hemos traído por si el antibiótico no ha sido efectivo. 

-¿Te dolía tanto que te ha despertado y te has levantado de la cama para venir?

Me gusta hacer esta pregunta en verano, porque aunque se la respuesta, no puedo evitar el placer malsano que me da escucharla. Masoquismo será.
El padre sonríe con sonrisa franca, como si estuviera a punto de invitarme a un cubata. 

-No, -responde. - Estábamos cerca en una terraza y como pasábamos por aquí...

Entonces me vuelve todo el cansancio de golpe, como si me hubiera puesto un abrigo de tedio, y recuerdo una guardia hace dos mil años, las fiestas de un pueblo, un descanso brevísimo estirando las piernas y el cerebro sobre el camastro, interrumpido aún en el limbo de la consciencia por un sujeto sonriente que sujetaba en la mano un vaso de tubo con los hielos medio desechos tintineando al moverse, y que me cuenta arrastrando un poco las palabras cómo lleva más de dos semanas con un terrible picor en el comprometido orificio de desagüe posterior, y que, aprovechando las horas y puesto que pasaba por la puerta, le había parecido la gran idea del siglo venir a mostrármelo a mi. 

Solvento la papeleta actual con la profesionalidad que me faltó en aquella ocasión más juvenil y sanguínea, y despacho a los paseantes con la muletilla del paracetamol y el agua después de haber gastado un depresor y media neurona, cuando suena el teléfono y nos marchamos a tratar de remediar lo que pocas veces tiene remedio. 

¡Qué cansadas se hacen a veces (siempre) las guardias!





lunes, 5 de junio de 2017

Diagnostiquitis

Las primeras veces tienen siempre un deje de ternura que les da la distancia, ese toque ligeramente triste del paso del tiempo, de la juventud perdida, ese reconocer el corazón aún maleable, capaz de recibir improntas perdurables. Eso cuando las recuerdas con el tiempo, claro. Porque en el momento de recibir la impronta a veces te sienta como una patada en las entretelas, de esas que te dejan tocado y durmiendo poco, como si todas las noches fueran de verano tórrido y sabanas sudorosas.


Yo andaba intentando mantener la cabeza fuera del agua, o al menos las coanas, porque mi primera experiencia como capitán de navío de mi propia consulta tenía en la proa un agujero por el que cabía el Titanic de lado y la orquesta se empeñaba en tocar mientras yo rellenaba mil y un papeles, repetía consulta tras consulta insustancial sin el más mínimo valor, me enfangaba en medicalizaciones de todos los colores y protocolizaba lo protocolizable en una orgía de horas frustrantes sin fin sentado detrás de una mesa medio escondido detrás de la pantalla del ordenador, en el que, por cierto, había cargado ciento una canción para poner una melodía de fondo a tantísimo desastre. 

En semejante panorama, las visitas a domicilio descuadraban la fantasía de orden, empujando mi vida hacia un caos que me sentaba como un tiro. Salía en el coche inquieto por el retraso que acumularía, las malas caras que soportaría y convencido de que ese día casi me daría tiempo a escuchar El Larguero en la carretera de vuelta a casa. Pero el malestar me duraba lo que tardaba en llegar al domicilio, y quedaba, de forma asombrosa para mí, enterrado en una extraña sensación de alegría, un sentirse a gusto uno dentro de su piel que, sin yo saberlo en aquel entonces, eran todos los sentidos de mi cuerpo gritándome que esa era realmente mi Medicina. 

La casa era una de esas construcciones de pueblo hecha a golpe de capricho de albañil, con recovecos y poca luz. Olía a agrio desde la puerta de entrada, un olor a pobreza que impregnaba las paredes y que no quitaría ni una inundación de KH-7. Era la primera vez que iba. Ella había sido una de mis mejores clientes desde que aterricé en el pueblo; acumulaba entre sesenta y setenta capítulos del Harrison ella solita. Tenía bien asimilado el concepto tan político de usuaria, y desde luego, le daba uso y disfrute a todo lo que la sanidad podía ofrecerla. Yo, joven y pagado de mí mismo, había intentado reconducirla asegurándola que tenía entre mis manos la respuesta a casi todos sus males, pero sí a Hércules le hubieran encargado ese trabajo, hubiera acabado repartiendo en Telepizza y no en el Olimpo. 


Resumidas cuentas: una lucha sin cuartel sostenida a lo largo de los años en batallas semanales, a veces dos o tres por semana, con armisticios ocasionales firmados en partes de interconsultas y en más de una ocasión, un deseo irrefrenable de romper mi espada y rendirme incondicionalmente. Ahora que golpeaba en el cristal de la puerta de su casa, caía en la cuenta de que llevaba un tiempo sin verla, y toda la extrañeza que mi subconsciente debía llevar acumulada explotó de pronto. 

Ella estaba tumbada en un camastro colocado en el cuarto de estar. Se tapaba con dos o tres mantas de las que Napoleón dio a sus muchachos cuando vinieron por aquí. En el suelo había unas bragas abandonadas junto a un orinal. Estaba despeinada, vestida con una bata, con la mirada perdida. 


Su marido me entregó unos papeles del hospital que empecé a leer mientras la saludaba. Me contestó con una retahíla ininteligible. Tampoco la preste mucha atención, porque lo que leía me iba absorbiendo. Había pasado más de un mes ingresada, un mes de pruebas y más pruebas que habían sacado a la luz unas manchas en el hígado y en un par de vértebras que no presagiaban nada bueno. Aquella fue la primera de muchas visitas, aunque, curiosamente, prácticamente desaparecieron esas nimiedades que le hacían buscar antes mis diagnósticos, y fueron sustituidas por apariciones esporádicas en la consulta en las que me hablaba de sus visitas a los médicos del hospital y en las que entre ambos repensábamos los tratamientos y las pruebas que una y otra vez le solicitaban, aunque después su hijo, el que aún le quedaba soltero y transitaba por el mundo con una maleta repleta de hipocondria, deshacía nuestras conciábulos imponiendo la lógica racionalidad del peso de la ciencia hospitalaria. 


Fui una y mil veces al pie de aquel camastro de la guerra de la independencia. Siempre que su marido venía a la consulta a contarme que tosía, o le dolía la tropa o cualquier cosa, buscaba el hueco para ir a verla. Allí me encontraba el papel que dejaba la gente de paliativos, que cada cierto tiempo me enviaba un fax para contarme lo que ya sabía. Yo me limitaba a ajustar los calmantes porque ella no soportaba que se le fuera la cabeza. Pasaba cada vez más tiempo en la cama. Se quejaba de dolores en los brazos y las piernas, que tratábamos lo mejor que podíamos aún a costa de que algunas veces dijera alguna tontería y confundiera a su marido con su hijo. Yo sabía que detrás de esos dolores podía  haber células creciendo salvajemente y devorando sus huesos, pero no veía necesario añadir más etiquetas que las que ya nos acompañaban. 

Un día se presentó su hijo en la consulta. No tenía cita, pero le deje pasar temiéndome cualquier cosa. Se sentó frente a mí y me lanzó un sobre grande marrón sobre la mesa. Contenía unas radiografías de una columna lumbar con dos vértebras hechas puré. Mientras las miraba, soporté estoicamente un discurso muy bien elaborado sobre mi incompetencia. Cuando terminó le pregunté cual había sido la decisión tomada a la luz de ese diagnóstico. Me contestó que por supuesto reposo y calmantes, pero que al menos ahora sabían lo que tenía su madre. De postre, me pidió una radiografía del hombro para valorar el dolor que arrastraba en los últimos meses, no fuera a ser otra fractura sin diagnosticar. 


Se marchó con el volante para hacer a su madre otra radiografía, sin querer escuchar los torpes intentos de explicarle mis por qués. Cuando terminé la consulta, ya de noche cerrada, volví a su casa. Asomaba apenas la cara bajo sus mantas de campaña. Hablamos de los calmantes que le habían mandado, pero me explicó que tampoco tenía tanto dolor y que se apañaba con los míos, para que así no se le trastocaran las ideas. Su hijo ya le había contado que tendría que hacerse otra radiografía del hombro, y ella estaba tan contenta, no fuera a ser que lo tuviera roto. Me fui a mi casa jodido, porque, como ya he dicho, las primeras veces ganan mucho con el tiempo. 










domingo, 28 de mayo de 2017

La decisión de Sophie

Sophie mordisquea la capucha de su boli BIC en un gesto inconsciente que arrastra desde el colegio de monjas y que le ha costado una auténtica fortuna en bolígrafos. Se ha convertido en una válvula de escape anti-estrés que ríete tú de las pelotitas de gomaespuma. Esta sentada en la segunda fila del aula y le tocará hablar y presentarse después de solo dos compañeras.

Desea de todo corazón un cataclismo que abra el suelo como las aguas del Mar Rojo y se trague los cuarenta o cincuenta pupitres que llenan esa habitación de techo bajo y sin luz exterior que parece querer aplastarla como si tuviera unas paredes móviles acercándose poco a poco, como en la trituradora de basura espacial de La Guerra de las Galaxias. Pero sin Han Solo, para su desgracia. 

La capucha empieza a dar los primeros signos de desintegración coincidiendo en el tiempo con las últimas frases de la chica que se sienta dos mesas a su izquierda. Tranquila, se dice, si solo tienes que decir tu nombre y de dónde eres, no es tan difícil. Pero adivina en la mirada del médico que se sienta en una de las esquinas que quiere más, que esas banalidades no serán suficientes para calmar el ansia de descubrir en su interior qué la llevó hasta allí, hasta este aula de esta pequeña ciudad, junto a esos otros doce compañeros sentados ante una carpeta repleta de hojas, frente a siete pares de ojos escrutadores. 


El día estaba siendo una locura, una locura maravillosa y agotadora. Había ciertas afinidades en el grupo que se había reunido a primera hora de la mañana, se distinguían a distancia porque unos gravitaban en torno a otros como cuerpos celestes perfectamente sincronizados. Y los versos libres destacaban en ese universo como cometas, a pesar de que ella hubiera preferido ser un planeta pequeño e insignificante. Pero ser conducidos de un lado a otro en rebaño termina por crear conciencia de grupo y en definitiva, los miedos y las inquietudes son las mismas. 


Se habían sucedido las charlas, las presentaciones, la firma de unos papeles, la entrega de otros, en un frenesí burocrático digno de un paraíso soviético. Y la transumancia borregueril por fin terminaba en ese agobiante aula. Les habían explicado que iban a conocer a algunos de las tutoras y tutores que podrían escoger para convertirse en médicos de familia. Ahí es nada la decisión. A Sophie le temblaban las piernas como si la elección fuera a celebrarse en el círculo polar ártico. Repasaba el dossier que tenía frente a ella, con las fotos de los centros de salud, su localización, la población, las guardias... Por información no iba a quedar, desde luego. Intentaba filtrarla, ponderarla, separar el trigo se paja, y cuando le parecía que la cosa estaba decidida entre dos o tres opciones, descubría un nuevo ángulo que le obligaba a replantearse la decisión, y el orden se trastocaba, y el primero parecía un infierno el último era el paraíso perdido. Total, un lío del carajo. 


Pasaba las páginas para delante y para atrás cuando entraron. Se sentaron en unas sillas frente a ellos, como si fuera el jurado de "Tu cara me suena". Dos hombres y tres mujeres que empezaron a contarles cómo eran sus centros de salud, sus consultas, las cosas que hacían, las que no hacían, las que les dejaban hacer y las muchísimas que les gustaría hacer pero no les dejaban. A veces se atropellaban al hablar, cuando una descripción de uno le traía a la memoria algo a otro, o cuando caían en un infantil "pues yo más" que a ella le hacía esbozar una sonrisa. Se notaba a la legua quien ansiaba venderse y quien caminaba sobre seguro, sabiendo que su oferta nunca en la vida había sido rechazada. 

Entonces entró él, disculpándose, sentándose en una esquina después de intercambiar unas sonrisas y algun chascarrillo con sus compañeros, mirándoles fijamente con esa mirada que empezaba a poner nerviosa a Sophie. Y cuando  al final le propusieron hablar sobre él, su centro y su consulta, solo les contó que era un simple médico de pueblo al que nunca eligen o lo hacen solo por eliminación. No se veía capaz de competir con los centros urbanos y su cercanía al hospital, a la propia unidad docente, con la propia ciudad.  Tampoco con los más cercanos, los que muchos años atrás habían sido rurales y ahora sufrían la invasión de las urbanizaciones dormitorio. Así que propuso al grupo que contarán algo sobre sí mismos, por qué estaban allí sentados frente a ellos, que buscaban o habían buscado aquel día en el Ministerio o donde fuera que eligieran. 

Y ahí habían llegado, a su compañera de la derecha que había terminado su presentación preguntando si se podía llegar en autobús a todos los centros y consultorios. Y ahora tenía que hablar ella. El BIC era el recuerdo informe de lo que había sido y la mano se pegaba a la mesa por efecto hiperhidrótico incontrolable. La primera parte parecía sencilla y automática, pero él preguntó cómo se llamaba el pueblo en el que había nacido y si era grande o pequeño, y la lengua empezaba a secarse en proporcionalidad inversa a la humedad de las manos. 


Y de pronto, sin saber cómo, se vio a sí misma contando aquel año de primero de estudiante aplicada de Medicina en que pidió permiso al médico de su pueblo de toda la vida para acompañarle unos días durante el verano, y cómo, lo que iba a ser solo una semana, se convirtió en una droga que la hacía volver cada lunes, cada vacaciones que le permitía la biología o la patología médica uno.  Cuando retomó el control de su voluntad, se obligó a callar, convencida de haber resultado pesada y hasta cursi. Pero el la miraba asintiendo ligeramente, con el aire de quién ha descubierto un diamante entre un puñado de cristales. 

La ronda de presentaciones terminó al mismo tiempo que la capucha del boli. Después de un silencio algo incómodo, los tutores se levantaron y se marcharon charlando entre ellos, como viejos conocidos. Pero él se detuvo un momento y la sacó de sus meditaciones con un suave golpe sobre los papeles abiertos frente a ella. 

- Sophie, piensa bien en la médico que quieres ser y tomaras la decisión correcta. Mucha suerte. 

Ella sonrió sin contestar nada mientras él se marchaba a toda prisa reclamado por otro compañero. Y Sophie con mucha calma, volvió a sacar otro bolígrafo BIC de su mochila y reinició su tarea destructora.