domingo, 31 de diciembre de 2017

La carta

1 de enero de 2028.

El médico echa alcohol sobre el parabrisas congelado, mientras deja el motor al ralentí para que se espabile de la helada con que ha llegado el año nuevo. Lleva el abrigo amarillo abrochado hasta arriba y entierra la nariz, la cara sin afeitar y las ojeras como puede en el cuello tieso y frío. Conduce despacio de vuelta a casa, volviendo a mirar los campos escarchados como si no llevara ya mas de veinte años viéndolos amanecer al salir de las guardias.

Hace ya cinco años que cumplió los mágicos cincuenta y cinco que prometían liberarle de la condena, justo cuando su hijo mayor iba a cumplir la veintena y los gastos de estudiar Medicina en la capital amenazaban con comerse los pobretones ahorros de un médico de pueblo, con otro hijo a punto de unirse al carro universitario y dos más creciendo a ritmo que imposibilita que los zapatos, las camisas y los pantalones lleguen a viejos. Así que los cincuenta y cinco pasaron sin pena ni gloria y él siguió admirando la simple belleza de esos campos de trigo helados a las ocho de la mañana.

Las guardias como las de la pasada noche son un pobre consuelo para el agujero negro que amenaza la cuenta corriente, pero son trescientos palos en las costillas de un médico sesentón. Además, le rondaba por la cabeza que aquella podría ser la última Nochevieja que pasaran los seis juntos en bastante tiempo: la plácida vida de su primogénito estudiante se esfumaría para siempre, transformándose en la áspera vida del residente, portador de todas las papeletas para pasar las fiestas navideñas en un servicio de urgencias. Y eso por no hablar de esa prórroga de inevitabilidad kármika llamada perra precariedad que le aseguraba algunos años oyendo las campanadas vestido con el pijama blanco, o con el uniforme amarillo chillón.

Así que aquella guardia le había jodido sobremanera. Aunque no había sido horrible y hasta había brindado con champán con una jovencísima enfermera y su novio que, gentilmente, les había acompañado en las celebraciones. La vida no había cambiado tanto, o las gentes seguían teniendo los mismos miedos, la misma confianza infantil en que les quitarían los mocos de sus catarros, los niños dejarían de vomitar antes de la cena de Nochevieja, y que a lo mejor el corazón cascado y agotado del abuelo aun era capaz de presumir de fracción de eyección sin tener que tomarse las uvas en la sala de espera de Urgencias mientras trabajaba la bomba de Seguril.

Es verdad que ahora atendía en cada guardia ocho o diez personas a los que sus relojes inteligentes les habían detectado cifras imposibles de tensión arterial, o niveles de azúcar incompatibles con la vida, o que las viejas llamadas de auricular y teléfono de ruleta eran de museo al lado de las videollamadas que contestaba ahora y que le permitían hacerse una idea de la situación, pero al final seguía saliendo al frío de las carreteras comarcales, aunque su fonendo registrara y analizara los latidos en una aplicación del móvil y las venas se rebelaran a la luz ultravioleta de la pantalla como se se tratara de los dibujos de un tratado de anatomía.

Es acojonante la capacidad que tiene la vida para parecer que nada cambia, incluso cuando hay tantas cosas que cambian.

Llegó a casa atravesando el silencio de las calles cuando han trasnochado. La luz se colaba por las rendijas de las persianas bajadas, tan impertinente y difícil de controlar como siempre. Al médico le bastaba esa mínima claridad. Procurando no hacer ruido, rebuscó en sus papeles hasta que encontró un sobre que llevaba escrito solamente una fecha: 1 de enero de 2018. Lo abrió y se sentó en un sillón. Se puso las gafas que guardaba en el bolsillo de la camisa.

Querido hijo:
No es fácil escribir una carta que entregarás diez años después. Corre un riesgo enorme de quedarse sin entregar, simplemente porque no sabemos de qué hilo tirará el destino. Quizás cuando leas esta carta ya seas médico. Puede que lo que ha sido mi gran sueño también se haya convertido en el tuyo. Desde niños os he hablado a ti y a tus hermanos de lo absolutamente afortunado que soy por haber sido médico. Me cuidé muy mucho de que me vierais deprimido, quemado, abrumado por el trabajo. Recuerdo mil y un día de una dureza extrema, física y psicológica, y sin embargo siempre encontraba la forma de contaros algo divertido, emocionante, entrañable de mi día. Y siempre había algo. Eso, que puede parecer falsear la realidad, era en cierta manera una fórmula mágica que me permitía descubrir tantas y tantas cosas maravillosas que en el fragor de la batalla me habrían pasado desapercibidas si no las hubiera buscado para vosotros.
Así que, en cierto modo, los cables que, poco a poco, os atraían a vosotros hacia la Medicina, eran los mismos que me permitían a mi seguir adelante sintiéndome, como te decía, absolutamente afortunado. Nunca sabremos si quería influiros o todas aquellas palabras iban dirigidas a mi mismo. Un interesante dilema.
La vida no cambiará tanto como crees en estos años, las personas seguirán viajando por sus vidas enfermando y sanando, y envejecerán y morirán al fin, aunque seguramente todo a su alrededor será mucho más moderno y tecnológico. Pero seguirán necesitando alguien que les escuche, les ayude a soportar toda esa enfermedad y también toda esa salud que les ofrecerá una sociedad  donde enfermar o envejecer estará cada vez peor visto. Y donde morirse será el gran pecado. 
La sociedad en la que serás médico será seguramente más asustadiza porque le habrán hecho promesas que antes solo correspondían a los dioses, y a las que se negaran a renunciar. Y hará falta gente valiente capaz de explicarles que no somos dioses, afortunadamente, solo simples y maravillosos seres humanos.
Así que  espero que, seas el médico que seas después de ese horrible MIR que lleva camino de volverse tan viejo como la Constitución de Cádiz, consigas ser un excelente ser humano.

El médico se levanta resoplando por el esfuerzo de mover el cuerpo apaleado. Dobla la carta y la guarda en el sobre. Sube las escaleras. Las habitaciones están más oscuras pero el silencio se siente a gusto en las respiraciones acompasadas de los chicos. Con cuidado quirúrgico, deja bajo la almohada del mayor el sobre, sin poder evitar recordarse escondiendo los pequeños regalos del ratoncito Pérez.

Han pasado mil años de aquello por encima de sus costillas.

A TODAS, A TODOS: FELIZ, FELIZ AÑO NUEVO

Resultado de imagen de las campanadas de nchevieja









7 comentarios:

Juan Quintana dijo...

La mejor entrada de año. Enhorabuena al padre, al hijo y al nieto, pues aunque fueran sólo ficción muestran la maravilla de la profesión a pesar de lo difícil que lo ponen algunas circunstancias.

VIC PALSANZ dijo...

Con el año nuevo no has cambiado nada.....¡me sigues emocionando y me sigo identificando con lo que escribes!. Gracias por dar voz a los rurales.

Juan F. Jimenez dijo...

Hermoso relato si cabe mas emotivo, como siempre expuesto con palabras hermosas y profundas a eso que otros muchos compañeros tambien vivimos y sentimos.
Gracias por el regalo y Feliz y fecundo año nuevo

Yasmin Córdova dijo...

:)

Laura dijo...

Buen relato para una residente todavía derrotada de su guardia del día 1, sobrepasada por tanto paciente, tanta exigencia e inseguridad por falta de supervisión. Gracias por las primeras lágrimas de alegría y motivación del año nuevo. Te leo desde hace tiempo y hoy me ha apetecido dejar constancia de ello. Saludos desde Gran Canaria

Raul Calvo Rico dijo...

Muchísimas gracias Laura y gracias por ser lectora fiel. Si es así, te harás percibido de la importancia que tiene para mi vuestra formación, la responsabilidad que me crea y el espacio tan enorme que ocupa en mi vida (y espero siga ocupando)
Ánimo y mucha suerte con tus tutores y tutoras.

josep brines dijo...

Laura: Apreciada compañera tu experiencia y vivencia son muy similares a muchos R1. Yo lo fuí en 1989. Sobrevivimos en un Hospital Comarcal. Te animo en estos tiempos épicos. Cuídate y que te cuiden. Un abrazo.